Hemos subestimado el comportamiento de las plantas. Encerrados en nuestras conductas animales es difícil para nosotros reconocer su forma de moverse, de ser conscientes de su entorno, de su capacidad de sentir y pensar, de asociarse y crear estrategias para resistir, sobrevivir y reproducirse. Aunque somos nosotros los que dependemos de la flora. Inclusive tenemos una expresión: decimos estado vegetativo para referirnos a la ausencia de consciencia y reactividad de un ser vivo. Sin embargo, a través de la hibridación y la seducción, la flora es capaz de atravesar continentes. Sin embargo llamamos especie invasora a una planta que viene de lejos y se instala en un nuevo lugar y crece con efectos difíciles de controlar para nosotros, difíciles de predecir. En el Oriente antioqueño tenemos al ojo de poeta (Thunbergia alata). Una planta traída de África a Europa y de ahí a América por su atractivo ornamental, que ahora produce daños incalculables en el ecosistema a causa de su acelerado crecimiento, y nos sorprende en esa inesperada «Invasión de la belleza», porque estamos acostumbrados a relacionarnos con las plantas a través de su utilidad o su estética, y no a verlas como el organismo inteligente que son.
Tan móviles, tan profundas son las plantas que echan también raíz en la ficción, y cultivan a los jardineros que creen alimentar la flor. Así sucede en estos dos ejemplos: en el herbario de Emily Dickinson, quien se dedicó desde los nueve años a secar entre las hojas de sus libros centenares de flores nativas y aclimatadas, y después a pegarlas en patrones dictados por su intuición. Ese ejercicio de análisis y observación fue la semilla de muchos de los poemas que brotarían después. También en «La mata», un cuento de Tomás Carrasquilla, un mujer llamada María Engracia lo pierde todo, y abandonada hasta de las ganas de vivir recoge una planta medio muerta que cae de un carro de mudanzas, María Engracia se dedica a cuidar esa planta que crece hasta llenar su entorno y vida de esplendor. Cuando a la mujer le ofrecen venderla, ella se rehúsa, porque eso es lo que le ha devuelto a su vida una segunda oportunidad: no es ella la que posee a la planta, es la jardinera la que cultiva con cariño a la mujer.
Y esa flora que nos cultiva este ensayo se multiplica a su vez de manera fantástica: para la muestra el autor señala el Voynich (un manuscrito ilustrado, anónimo, de alrededor del siglo XV, en el que las representaciones son sobre todo de plantas y hierbas sin registro real), y el Codex Seraphinianus (una enciclopedia ilustrada de un mundo imaginario creado por el arquitecto, industrial y diseñador italiano Luigi Serafini entre 1976 y 1978, del cual el primer capítulo es todo sobre flora extraña). Dentro de esa fantasía se dan varios ejemplos más, entre ellos el de Harry Potter y la relevancia de la Herbología para el saber de los magos, y creo que pasa por alto el mundo de los Ents (esas criaturas con forma arbórea, pastores de árboles, lentos conversadores, capaces de hacer ejércitos y marchar hasta la guerra) en El señor de los anillos. También en la nota de Coleridge la prueba de la existencia de otra realidad que confundimos con los sueños es un flor [«si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?»].
El árbol que abre y cierra el ensayo es un sobreviviente de Hiroshima, un alcanforero donado a la universidad EAFIT como símbolo de la paz y la reconciliación, que pasa desapercibido en el campus. Pero adentro del bosque que es este libro hay también un recorrido por la Real Expedición Botánica, la Comisión Corográfica, la orquideomanía europea, la lucha contra las drogas, por una botánica literaria a través de plantas narradas y ensayadas, entre una gran cantidad de anécdotas, recuerdos y datos más. Este ensayo es un gran bosque lleno de hojas con información frondosa que constituyen un diario alrededor de la flora para el autor; y que (con el fin de proponernos una relación más ética, amable e inteligente con las plantas) termina por sembrar y cultivar una vegetación espesa en cada lector.