«No escucha la cuenta de las enfermedades que llevan los ancianos, no repite que la vida se debe tomar al pie de la letra; se atrinchera en la cabina del conductor, enfrascada en la lectura de una escueta hoja de papel. Lee sin creer en lo que lee. Agotada por el intento, muestra las palabras al conductor y ambos reprueban con la cabeza. El conductor va más allá y, con otro movimiento de cabeza, da a entender que él continuará haciendo lo de siempre y que las palabras se jodan. La cobradora sabe que la actitud del conductor es ilegible. En la Estación del Poeta enseña las palabras al jefe de estación y al conductor del otro tren; estando en desacuerdo, ambos opinan que de todas maneras las palabras van a pasarles por encima. Al sonido del pito, el jefe de estación vuelve a la oficina y los conductores».
Me ha gustado mucho cómo él lenguaje se va desplegando de a pocos en este libro, con una lentitud serena, que contraviene el ritmo de las ciudades. Personajes que pululan cual fantasmas y deambulan por el imaginario del “de afuera” y también en el de nosotros tras cerrar el libro.
La parte del “hijo” es buenísima. Sigo.