Me ha gustado bastante poco este libro. Considero que el autor se plantea principalmente tres objetivos, siendo el tercero el más importante para él: 1) entretener, 2) divulgar teorías físicas, matemáticas y de ciencia de la computación y 3) exponer nuevas teorías especulativas o intuiciones sobre las mismas. En mi opinión, no consigue ninguno de los tres, ya que los materiales para entretener son simple formalismo que además el lector de un libro así no desea; la divulgación no es tal, ya que expone las teorías de manera bastante técnica, aunque, eso sí, renombrando algunas palabras atemorizantes y aliñando con admiraciones, y, en cuanto a la parte exploratoria, tiene bastante poco rigor.
El capitulo en el que muestra sus teorías y en el que supuestamente converge todo el libro (aunque tres cuartos del equipaje que recogemos por el camino sobra) es el último. En el Penrose defiende que para entender el fenómeno de la conciencia hacen falta nuevas teorías físicas, en concreto de la gravedad cuántica. Los capítulos anteriores han supuestamente mostrado las piezas teóricas que apuntan en esta dirección.
En los primeros capítulos (1-4) se presentan la teoría de la computabilidad y se hace un repaso —bastante bueno en mi opinión— por las máquinas de Turing, los teoremas de la incompletitud de Gödel, y las consecuencias teóricas de ambos. La principal moraleja que hay que obtener de ellos es que no todo lo cierto es computable; ya que nuestra mente nos permite «ver la verdad matemática» (el autor habla en estos términos, poniendo comillas en «ver» y ahorrádose definiciones precisas) en situaciones en los que es demostrable que esa verdad no es computable dentro del sistema en el que tiene sentido. Básicamente, intenta apuntar hacia las consecuencias psicológicas de los teoremas de Gödel. Recuperará este hilo para proponer que sistema algorítmico no puede alcanzar toda verdad matemática por principio, mientras que la conciencia humana por principio sí. También menciona su convicción de que los objetos matemáticos tienen existencia propia en un mundo platónico (y los matemáticos no los inventan, sino que los descubren), sin embargo, ejemplificando el tono de pensamiento especulativo del libro, añade que «un decidido platonista como [él] mismo puede honestamente empezar a dudar» [p. 182] de su existencia.
En los siguientes capítulos (5-8) se resumen los distintos marcos teóricos de la física: la física clásica, incluyendo la relatividad general de Einstein, y la física cuántica. Uno de los principales resultados indicados en estos es que, en física clásica, no todo proceso determinista es un proceso computable. Recuperará este hilo para plantear que la mente puede ser determinista (Penrose tiene una visión fisicalista —si obviamos su insistencia en el mundo platónico matemático— del mundo y la mente) pero seguir procesos no computables. Respecto a la mecánica cuántica, expone que en la teoría actual hay dos procesos de evolución distintos (la evolución unitaria determinista y la medición probabilista no lineal ni unitaria). Esto solo es así en las interpretaciones más clásicas de la teoría, pero él lo da por sentado. Su propuesta es que ambos procesos son aproximaciones a un proceso más fundamental que los englobaría. Da dos tipos de indicios de que esta teoría más fundamental esté relacionada con el problema de la gravedad cuántica: que, según él, el colapso de la función de onda ocurre a escalas en las que entra en juego al menos un gravitón (opinión que no es para nada mayoritaria en la comunidad) y la paradoja de la pérdida de información en los agujeros negros. Parece no tener graves problemas con que su teoría implique la acción instantánea a distancia (ninguna teoría que reproduzca los resultados medibles de la mecánica cuántica puede ser determinista y con causalidad local), según él esto será posiblemente consecuencia de el gran cambio que dará nuestro concepto de «tiempo». Su nueva teoría, por cierto, no sería simétrica respecto a inversión temporal.
En el capítulo 9 habla de neurociencia.
En el último capítulo (10) define (sorprendentemente) la conciencia como la capacidad de tener intuición directa de las verdades matemáticas. Quizá por esta razón considera que algunos objetos matemáticos tienen más existencia propia que otros: algunos son más fácilmente alcanzables por la conciencia. (Esto ontológicamente parece contradictorio.) Considera que gatos o perros tienen conciencia (dice que es evidente) pero que una máquina no puede tenerla (algo que, según él, es evidente para un niño, pero sobre lo cual algunos expertos, de tanto pensar en ello, acaban confundidos). Parece que es consciente de la estrechez de su definición de conciencia e intenta ampliarla dando indicios de que los juicios de verdad matemática están relacionados con los juicios estéticos, aunque no expone ninguna teoría al respecto.
Podemos trenzar ahora los hilos. Su propuesta es que la misma física, todavía desconocida, que consigue paliar lo que él considera la principal carencia de la mecánica cuántica, será también la física que solucione el problema de la gravedad cuántica y, más aún, sea la física necesaria para entender por qué un cerebro tiene conciencia y un ordenador nunca puede tenerla. Propone que sea física determinista (no como la mecánica cuántica actual) pero no computable (y por tanto no reproducible con un ordenador). Los aspectos no computables de esta teoría que entren en juego en el cerebro serían, de alguna manera, los que nos permiten tener acceso directo a las verdades matemáticas.
Algunas cuestiones más:
Muchos de sus argumentos sobre la conciencia se asientan en las «intuiciones» y el «sentido común», llegando a defender que debe haber «algún modo de comportamiento que es característico de la conciencia (incluso aunque no sea _siempre_ manifestado por la conciencia) y al que somos sensibles a través de nuestras "intuiciones del sentido común"» (p. 582).
Hay que perdonar que en el momento de publicación del libro no había tenido lugar la revolción de las redes neuronales artificiales y su uso en machine learning como estamos viviendo ahora. Tenemos intuiciones mucho más claras hoy día sobre procesos emergentes de aprendizaje y elaboración de juicios gracias a ellas. En mi opinión, esto da la clave para desmontar el principal argumento del libro: un sistema puede ser algorítmico en un nivel inferior de emergencia («substrato») pero establecer con bastante seguridad juicios no algorítmicos en un nivel superior («epifenómeno»).
Llega a plantear que el cerebro puede tener trabajar en algún tipo de sperposición cuántica, al modo de los ordenadores cuánticos (ya teorizados cuando se escribió el libro).
Los matemáticos pueden comunicarse sus descubrimientos porque cada uno tiene un acceso directo a la «verdad» (p. 610).
Se atreve a sugerir que esta nueva física pueda tener alguna influencia en la evolución natural, pudiendo quizá así explicar las sospechas teleológicas que nos suscita (p. 593). Creo que añadiendo esto al problema de la conciencia y el origen del universo (que, por ser una singularidad, necesita de una teoría de la gravedad cuántica como la que él plantea) alcanza en pretensiones respecto a lo que quiere solventar con su teoría a lo que un teólogo pretendería con la idea de Dios.
Plantea (p. 613-4) que el mundo físico pueda en realidad ser el mismo que el mundo platónico matemático.
Es interesante la idea de _determinismo fuerte_ (p. 616). Una teoría sobre nuestro universo sería de este tipo si además de determinista no tiene varibles sin fijar, esto es, no hay condiciones de contorno. Toda la historia del universo de principio a fin estaría fijada completamente por la teoría.
Por último, en (p. 616-7) plantea como contraargumento al determinismo fuerte que uno podría calcular su propio estado futuro y actuar contra la predicción (como el libre albedrío dictamina que podemos hacer), dando lugar a una paradoja. Este tipo de paradojas, aunque para él sea definitiva, se pueden resolver de distintas maneras, como considerando las condiciones de contorno de nuestro propio cuerpo (que han de incluir la llegada de información sobre su propio futuro) o, como hizo ya Gödel en su día, tomándose en serio la hipótesis que la supuesta paradoja ataca: que el mismo libre albedrío emerge del sustrato físico.