Me parece increíble, como un hombre que está convencido de que va a morir pueda mantenerse tan tranquilo, defendiéndose con argumentos irrefutables, a su vez que reales. Increíble, que a pesar de tener encima dicha presión, mantuviera con un peso titánico sus ideales, en un juicio que ponía en peligro su vida.
Es estremecedor cómo, teniendo en cuenta esto, se mantiene sereno, poniendo en sus últimas palabras sus ideales, siempre con la intención de ayudar, no creyéndose más que nadie que estuviese sentado allí, sino, al contrario, exponiendo su propia pobreza ante la gente a la que había escuchado y aconsejado, demostrándoles con este acto que, de hecho, se encontraba de esta forma por elección de un bien mayor que no se le atribuía a él, siquiera, sino a una fuerza más grande, a un Dios, que lo hacía ponerse a él por debajo del bienestar popular.
Su Defenza es alucinante, y no hay una cosa que haya dicho que no fuera real y verdadera. Un orador excelente, que supo exponer ante un jurado de más de quinientos participantes las contradicciones de su acusador. Sabiendo, a su vez, que no sería por quien lo había llevado al tribunal por quien fuera a fallecer, sino por las creencias podridas que habían crecido alrededor de las personas por la envidia hacia un hombre que sólo intentaba ayudar, sin discriminar a nadie, en lo que necesitara.
Una lectura impresionante y dolorosa; rica para la expansión de un conocimiento tan simple, como es el de la mirada múltiple de las cosas que, de seguro, Sócrates hubiera estado orgulloso de haber pasado con sus palabras, incluso generaciones después de su muerte.