País mío, quisiera
llevarte
una flor sorprendente.
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La luz golpea mendigos,
divide el mundo en dos memorias.
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Tú y yo solos e inmensos levantamos nuestra rosa
a las tinieblas
arqueadas sobre un cigarrillo.
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Quiero exactitudes aterradoras.
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Entra mi sombra.
Trae una serpiente, un búfalo, una mujer,
una casa, un muelle.
Intoxicación de cobres salvajes.
Avanza, avanza.
Droga.
Se apodera de lo que miro.
Va marcando aquí y allá, todo.
Luego huye para unirse a un animal.
Se pierde entre las hojas como un ave.
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Me consta este alrededor.
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El reino: lo más presente, lo más oculto.
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Concédeme / la humildad de extraviarme / sin que el ceño se endurezca.
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No me lavaste,
no me reuniste,
no me limpiaste del escrúpulo,
no me quitaste el estigma,
no me recibiste en tu templo.
Me dejaste afuera
con la guirnalda hecha para ti
en la mano
que las tinieblas sostienen.
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Yo quería escribir
un poema,
luego tuve la intención
de no tener intención
y el poema se quedó allí
detenido,
atrapado,
carbonizado entre la chispa
de las dos intenciones
y aquí
lo dejo.