"En el año 1808, el amor debía atenerse a ciertas normas y razones. Si eres así, así debes casarte… Si te apellidas de este modo, únete a un apellido semejante… Si pones cubiertos en tu mesa, busca a quien ponga candelabros.
Si él es un mulato, no camines a su lado ni comas con él limas dulces.
Si ella pertenece a la familia del amo, no le quites el jugo que le moja los labios.
Pero en el año 1808, como antes, como siempre, el amor solía comportarse igual que una jauría avanzando sobre la mesa de un banquete. Lobos bebiendo el agua de miel, alimentándose con gajos de frutas, descubriendo la sal y el almíbar. Consagrados a una asombrosa felicidad sin pensar en el castigo."
Cuando terminé de leer El rastro de la canela (2010) me quedé pensando en Amanda, la niña que miraba el cielo y buscaba respuestas en las nubes. Para mí, este personaje representa exactamente el subtítulo del libro: Amor y libertad en 1810.
Ambientada en el Virreinato del Río de la Plata, precisamente a principios del siglo XIX, El rastro de la canela es una novela corta que retrata, entre fuegos y tambores, el anhelo de libertad en los corazones patriotas, ese anhelo de lucha que comenzó a gestarse una día lluvioso frente al Cabildo de Buenos Aires.
La historia narra el clima de la Revolución de Mayo a través de distintos personajes importantes. Cada uno tiene un papel fundamental en el desarrollo de la novela, ya sea por sus acciones, sus ideas políticas o por sus formas de ver la vida. Fausto, por ejemplo, es el hijo enfermo de Eladio Torrealba, una persona con poder político y económico dentro del Virreinato.
Fausto representa el odio hacia los esclavos y el temor a la revolución. Su enfermedad lo ha vuelto una persona rencorosa, un cobarde que conspira en las sombras para mantener el orden en la ciudad. Por otra parte, el mulato Tobías Tatamuez encarna la valentía y el sentimiento de lucha en una época de esclavos y persecuciones que terminan en fusilamientos. Su personalidad es la de un guerrero nato, la de un luchador incansable. En pocas palabras, Fausto es el Virreinato y Tobías la Revolución.
“A Fausto, la política se le mezcla con los sentimientos. Para él, un gobierno criollo es idéntico a la lujuria de una esclava revolcándose con su amo; y el partido patriota es un mulato ilegítimo. Mientras que el orden virreinal, en cambio, es su madre bordando, por siempre, en la quietud del atardecer.
Las viejas heridas de Fausto hablan por él.”
Al comienzo de la reseña hablé de Amanda, un personaje rebelde que hace frente al maltrato y al machismo de la época. Su único refugio es la compañía de la esclava María, una mujer mística, bondadosa y con un corazón enorme. Tanto Amanda como María brindan frescura y esperanza en la narración, con diálogos interesantes y cosmovisiones particulares.
"María aprendió sobre Oxum de boca de una mamá vieja, que le enseñó cómo y cuándo solicitar a sus dioses. Las advertencias de aquellos labios gruesos quedaron selladas en su memoria.
—¡Asísteme, dulce Oxum! Mi Amanda está amarrada, y su camino se ha llenado de piedras. María se toca el pecho y la frente con ambas manos. Luego continúa:
—Tú bien sabes que un corazón herido se pone agrio como la leche cortada. Temo que el odio que vive adentro de Fausto se haga como cien serpientes en el vientre de mi niña, y la seque, la consuma y la deje sola en este mundo."
“Dicen los negros viejos que el dueño del monte guardaba todos los secretos de las plantas en un coco. Pero, un día, se le escaparon y cada uno de los dioses tomó el suyo. Oxum guardó para sí el secreto de la canela. Con él, tiene el poder de unir o separar a los que se aman.”
Liliana Bodoc introduce a la narrativa histórica la cosmovisión de María para infundir cierto aire de misterio en la novela. Es aquí donde la autora no sólo logra cautivar al lector, también lo transporta por visiones y caminos desconocidos, como si se tratara de un mundo nuevo por descubrir. De esta manera, Bodoc logra esculpir frases que irradian una especie de magia y de sabiduría ancestral.
“La pasión no se ordena en minutos ni en siglos. Establece un tiempo propio para el que son inútiles las calificaciones convencionales, porque no se trata de un tiempo largo o breve sino de un tiempo acariciado o insistente; no se trata de un tiempo bien o mal aprovechado sino de un tiempo murmurado o lacerante.”
"—Vuelvo a mi tierra, niña. Y a mis amores. Es allí donde quiero acabar de
hacerme viejo. ¡Y lo haré satisfecho por esta última proeza!
—Su tierra lo estará esperando —dice Amanda para no llorar.
—Las tierras no esperan a nadie. Somos nosotros los que esperamos llegar.
Amanda, María y Tobías lo ven partir, erguido y digno marinero de alta mar. De
aquellos que aprendieron, navegando, que la vida no tiene orillas."
Al fin y al cabo, El rastro de la canela es una historia de aventura en tiempos donde las tormentas empezaban en el corazón, y se manifestaban como una revolución.
Terminé de leer este libro en una tarde lluviosa de verano. Miré la calzada mojada, la gente que caminaba con paraguas y se protegía de la lluvia. Imaginé el Cabildo en 1810. Me sentí parte de Los Chisperos, parte de ese fuego que sueña y canta canciones de amor y libertad.
PD: Al igual que Amanda, yo también busco respuestas en las nubes.