En 1980, au moment de la parution de "En lisant en écrivant", Angelo Rinaldi, dans « L’express », souligna que Julien Gracq figurait parmi les contrebandiers habiles à faire passer les « frontières séparant les époques ». Plus de 40 ans après, ce constat reste d’actualité, comme si le temps avait eu peu de prise sur ses fragments, toujours devant nous.
Ce qui est frappant avec les textes inédits de Julien Gracq, rassemblés ici, par Bernhild Boie, son éditrice en Pléiade, c’est qu’il est aussi étonnant dans le grand angle (ses centres d’intérêt sont aussi bien historiques que géographiques) que dans le plan rapproché (tous ses textes sur des paysages ou des événements) ou le gros plan (certains textes sur des écrivains, des villes ou des phénomènes littéraires).
Gracq est un observateur pénétrant, sensible, perspicace. Aucune nostalgie ou lamentation dans cette vision du monde. Avec une liberté de ton et de regard inimitables, il nous invite à revoir à neuf nos propres jugements sur l’histoire, les écrivains, les paysages, l’accélération du temps, la détérioration de la nature, le passage des saisons, les jardins potagers, la vieillesse, le bonheur de flâner comme celui de lire.
Cette lucidité sereine donne d’ailleurs à certains fragments une allure prophétique :
« (…) la Terre a perdu sa solidité et son assise, cette colline, aujourd’hui, on peut la raser à volonté, ce fleuve l’assécher, ces nuages les dissoudre. Le moment approche où l’homme n’aura plus sérieusement en face de lui que lui-même, et plus qu’un monde entièrement refait de sa main à son idée – et je doute qu’à ce moment il puisse se reposer pour jouir de son œuvre, et juger que cette œuvre était bonne. »
" Un livre qui aurait constitué le moins cher et le plus envoûtant des cadeaux de Noël pour un jeune lecteur (une jeune lectrice) soucieux de s’abstraire des réalités pesantes et des perspectives utilitaires. Car il s’agit d’un ouvrage gratuit, en ce qu’il n’a pas pour visée l’amélioration du monde, bien qu’il ne s’interdise nullement l’analyse ou le jugement. Tout y est subordonné au travail de l’écriture, auquel il est demandé d’abord de produire de la beauté. (...)" [Maurice Mourier, “Les heures retrouvées de Julien Gracq”, EaN, 7 janvier 2021]
"Nœuds de vie" est une ode à la littérature vraie telle que l’entend l’écrivain – celle où la vérité ne s’oppose pas à l’erreur mais à l’informe. L’originalité, l’unicité du style priment : « Ce qui n’a jamais été dit ainsi n’a jamais été dit. » La forme de l’œuvre idéale ne vient nullement d’un plan préétabli, au contraire elle jaillit de l’intuition, qui fait des « choix éclairs » pour donner à entendre « une langue résonante avant d’être signifiante ». [Camille Laurens, Le Feuilleton, "Le Monde", 7 janvier 2021]
"Ouvrir un « nouveau » Julien Gracq, un matin d’hiver... Retrouver le parfum délicat de ses passages secrets, l’élixir enivrant de sa langue si particulière, le chatoiement charpenté de son style." [Jean-Claude Raspiengeas, "La Croix", 7 janvier 2021]
“Nœuds de vie” de Julien Gracq : tout simplement un immense plaisir de lecture où résonne à nouveau “cette voix ouatée, secrète, qui chuchote là de ses phrases”, évoquée par son ancien élève, Jean-René Hugunin. " [Thierry Clermont, Le Figaro, 7 janvier 2021]
Julien Gracq (27 July 1910 – 22 December 2007), born Louis Poirier in St.-Florent-le-Vieil, in the French "département" of Maine-et-Loire, was a French writer. He wrote novels, criticism, a play, and poetry.
Gracq first studied in Paris at the Lycée Henri IV, where he earned his baccalauréat. He then entered the École Normale Supérieure in 1930, later studying at the École libre des sciences politiques.
In 1932, he read André Breton's Nadja, which deeply influenced him. His first novel, The Castle of Argol is dedicated to that surrealist writer, to whom he devoted a whole book in 1948.
Explica Bernhild Boie en el Prólogo del libro, que hay en la Biblioteca Nacional de Francia, una serie de 29 Cuadernos de Gracq, titulados Notules (Nótulas). El autor manifestó su deseó de desbloquearlos veinte años después de su muerte, es decir, hacia 2027. En cambio, en el Fondo Julien Gracq, hay una serie de fragmentos que copió en sus cuadernos para ser mecanografiados. Estos fragmentos son los que rescata Ediciones del Subsuelo en Nudos de Vida.
El libro se encuentra subdividido en cuatro apartados.
Caminos y calles, son una serie de textos referentes a los viajes y paseos de Julien en distintos medios de locomoción o a pie.
De sus viajes en coche, guarda sus recuerdos más intensos de los momentos neblinosos y en las últimas horas de la tarde de los veranos.
De La Sologne, recuerda sus arenas, arcillas y gravas. del Loira Atlántico, nos habla de una campiña pobre de vida, exilada. Eso determina, según él, el patetismo de la vida de René Guy Cadou, al habitar allí. Zona fronteriza:
«La faz de la tierra tiene sus limbos, en ambos sentidos: zonas fronterizas en las que la vida se marchita, no se pone en movimiento ninguna atracción, estancia a un tiempo de almas sin destino ni pendiente, y que, al parecer, el signo de ningún cumplimiento puede marcar».
Siguiendo en el Loira, Basse Meilleraie estaba considerado como un sitio malo según el nombre y una reputación de años atrás, por lo que se resistía a visitarlo, pero cuando lo recorrió, la revelación del lugar lo extasió:
«El placer que sentí al deslizarme por primera vez por aquel sendero humildemente encantado tenía algo de la revelación, que el sueño procura a menudo, pero también a veces la realidad, cuando, por una puerta clandestina, por un pasaje escondido, un lugar atrayente y familiar desemboca de repente para nosotros en otro, insospechado y aún más atrayente».
Paseando por los alrededores de Nantes, añora el pasado del instituto, reflejando que lo que le poseía entonces, una “sensación de exilio de la vida”, parece encenderse de nuevo. Esa sensación la tiene con algunos poemas de Illuminations de Rimbaud —subraya el autor, que Rimbaud odió y adoró el verano—, o textos de Barrès.
Esas sensaciones del pasado, en este caso, de la infancia, se vuelve a producir con el paso del tiempo, fugazmente bajo ciertos olores:
«Hay una sensación de la infancia que ya solo recupero fugazmente y a intervalos alejados: no el olor ligero, embriagante, del heno cortado, sino el olor ya leñoso de las altas hierbas de junio calentadas por el sol a lo largo de los senderos de la tarde: olor acre, olor pegajoso, pimentado y amargo, casi sexual, mareante como ninguno».
Instantes son textos diversos, algunos relacionados con su oficio de escritor y otros, naturalistas.
Nos dice Julien, que opinando un crítico sobre un libro suyo, concluía que dominaban los paisajes y las ciudades en detrimento del elemento humano. El autor prefiere que quien lea sus libros cuando haya una sobrepoblación, encuentre espacios de naturaleza y soledad:
«Cuando la tierra cuente con veinte mil millones de hombres y se debata y se hunda como un hombre engullido en la papilla única y sofocante de lo social, deseo tan solo que mis libros sean en algún estante perdido (en las exposiciones de vanguardia se ven frascos precintados con la etiqueta: aire de París 1975) testimonios de una época en la que todavía había en el planeta algunos intersticios de vida y soledad, espacios de aguas que no eran enteramente aguas gastadas, un poco de aire que todavía no tenía el sabor de los pulmones de nuestro prójimo«.
Incluso, afirma Julien, que hubiera preferido incluir en sus libros, menos materia humana de la que realmente hay.
Explica en qué consisten los “nudos de vida”, para él:
«Algunos hilos, procedentes de lo indeterminado y que regresan a él, pero que por un momento se entrecruzan … Una especie de enlazamiento íntimo y aislado, alrededor del cual flota la sensación de plenitud del ser-juntos«.
Apoyándose en los Cuadernos de Valéry, donde dice: “Ya está bien de comprender el mundo: ahora se trata de transformarlo”. Apostilla Julien, ahondando en la pérdida de la naturaleza gradual por la mano del hombre:
«Cada vez comprendemos menos: pues de todo el trabajo y la invención humana que se incorpora y sustituye a la naturaleza resulta una pérdida de control y una triple opacidad para la mente».
Encuentra placer en las lecturas de En los mares del sur de Stevenson y Los cosacos de Tolstoi, pero a la vez disgusto por no haber conocido los paisajes y la vida descrita en ellos:
«Mi placer al leerlo, se mezcla con el sufrimiento agudo de no haber visto, de no llegar jamás a ver todo aquello».
Recuerda los sabañones de la infancia y como en la actualidad, los niños los desconocen. Por aquel entonces el hombre se encontraba cercano a la naturaleza:
«El hombre aceptaba sin rechistar las agresiones naturales del clima y el lugar».
Rememora a su abuelo. Julien lo solía ver sentado a un banco, cerca de la viña y por lo que le contaron al autor, solía pasar el mayor tiempo posible en ella, para evadirse de la presencia sofocante de su mujer:
«Su viña era su refugio extraconyugal y su patio de recreo: había adquirido, creo, antes de mi nacimiento, la costumbre de escapar de mi abuela, una beata virtuosa y necia que yo no conocí y que él no veía —ni ella ni a su mal humor—, antes de la hora de cenar».
Critica el autor la pérdida de la enseñanza del latín en los colegiales, en detrimento del aprendizaje del inglés:
«Actualmente aprenden inglés, y lo aprenden como un esperanto que ha triunfado, es decir, como el camino más corto para la comunicación trivial: como un abrelatas, una llave maestra universal».
Se complace de no haber estado ni querido estar de moda, como escritor. Esto me recuerda a Bela Hamvas 🔗, que aunque fue marginado por el Régimen húngaro, cuando pudo regresar, se mantuvo por decisión propia, en un lugar discreto:
«Es una suerte para un escritor no haber estado de moda jamás, sino haber permanecido en una zona de retiro y sombra a la que solo acudían los que tenían verdaderas ganas de conocerle».
El mantenerse apartado de la actualidad, le ha permitido controlar un poco, el público virtual lector de sus libros:
«En este público virtual de un libro hay dos partes: los aficionados, que con un olfato sui generis van con seguridad hasta las obras que les interesan, sin importar las dificultades de acceso, y los compradores dóciles al boca a boca masivo de la voz pública y la publicidad: estos son un peso muerto, fuerza de inercia que empuja un libro hacia el éxito material cuando es lanzado, y cuyo rápido desinterés, sin quitarle su calidad, transmite a un libro ese aspecto ajado inseparable de cualquier obra que, como suele decirse, tuvo su momento, pasó por demasiadas manos».
Afirma Gracq, que no tiene colegas en literatura, debido a que no usa ordenador, Cd rom, procesador de textos, ni tan siquiera máquina de escribir. Y apostilla con humildad, no exenta de humor:
«Profesionalmente, yo me alineo junto a las supervivencias folclóricas valoradas que se enseña a los forasteros, después del pan Poilâne* y los jamones ahumados caseros».
*Marca de pan hecho a la manera tradicional Hace mención el autor a la disipación de las pasiones con la edad, de las que no está exenta la propia literatura. Y continúa ahondando en las pérdidas que tienen lugar en la vejez:
«La vejez es encogimiento de la perspectiva temporal, desde luego. Pero también, espacialmente, del radio de la esfera de intervención normal —desplazamientos, visitas, viajes, excursiones—».
Leer, es el tercer apartado de fragmentos del libro y como su nombre indica, se refiere principalmente a las lecturas; los autores; los libros.
Hace una reflexión muy interesante el autor, comparando la exploración de su biblioteca y el acercamiento manual a los libros, con la entrada en las viñas al acercarse la vendimia, donde se palpan las uvas. La cosecha de las uvas —la cosecha del libro al leerlo—:
«Momentos de vagabundeo ausente en los que uno pierde el tiempo ante la biblioteca, alcanzando un libro de la estantería, abriéndolo, cosechándolo, volviéndolo a su sitio, abandonándolo por otro que revela en la cata más especias y más base».
Afirma Julien, que la manera de leer en la juventud y en la vejez es muy diferente:
«El rechazo de préstamo a largo plazo es en definitiva lo que separa más netamente la manera de leer de la tercera edad con la que se práctica en la juventud y en la primera madurez».
Nos confiesa que ha leído el Ulises de Joyce, fragmentariamente.
Algunos fragmentos versan sobre poesía, y la esencial, se produce en contadas ocasiones:
«¿Por qué no admitir que la poesía más hechizante, la más segura de su poder, solo pone en forma a sus amantes… una vez de tanto en tanto?».
Esa poesía auténtica, que para el autor, se encuentra en algunos versos de Paul Éluard:
«Me parece muy bello este verso (o título) de un poema de Êluard (La rose publique, [La rosa pública]).
Rien dáutre que vivre et voir vivre [Nada más que vivir y ver vivir]
Y reconozco que se le puede juzgar grande por tan solo estas palabras. El poder de enganchar sin retorno que es privilegio de la poesía auténtica está aquí presente. En efecto, es un verso que obsesiona, hace el vacío y el suspenso a su alrededor como un zarpazo de aire imperioso, del que en vano esperamos la expiración, y cuyo vibrante movimiento ondulatorio al final desencadena una especie de ciclón oscuro».
Dedica unas palabras a Paul Valéry en su muerte, principalmente aludiendo a su labor poética. También incluye en el grupo selecto a Mallarmé:
«Muerte de Paul Valery. Nadie se permita ya decir nada malo de él. Solo dos o tres de sus contemporáneos manejaron la lengua francesa como él. Y la lengua francesa es después de todo nuestro fondo común, quien se afana con ella con tal perfección nos acrecienta.
Es un gran poeta y esto salta a la vista. Quien no lo comprenda es que es un imbécil sin remedio. Esto es lo que lo salva, y lo único que lo salva.
La suntuosa, la resplandeciente poesía de Mallarmé y Valery es un poco para mí como el tesoro de Tutankamon. Vidriera en efecto, estado último, totalmente estable, de las transformaciones de una materia verbal que se codea con la muerte».
Además de los citados anteriormente, dedica el autor fragmentos a autores generalmente franceses, con especial atención a Stendhal o al centenario de la muerte de Victor Hugo, Baudelaire, André Gide, Flaubert, Proust, Malraux… o Colette:
«La originalidad de Colette, maravillosa escritora, se relaciona no tanto, como cree a gente, en la riqueza de captación de sus cinco sentidos como en la jerarquía tiránica que los organiza».
Pero también habla de autores fuera de Francia, clásicos griegos, como Homero o Píndaro y otros diversos, Pushkin, Kafka, Joyce, que nombre antes, o extrañamente dedica algún fragmento a «El señor de los anillos» de Tolkien.
Valora las relecturas de libros apreciados, en las cuales no importa tanto el hecho de conocer las tramas o los contenidos, sino más el cómo están escritos:
«Releer una novela. Poco importa, a fin de cuentas, saber por adelantado adónde conduce la intriga, y por qué caminos. Si la novela posee calidad, el viaje consiste en la navegación en la que me embarca, no en los puertos y países que visita: el texto de una ficción está tirado de principio a final, y autosuficiente. Se trata de que la potencia del movimiento sea lo suficientemente fuerte para anular cualquier idea de destinación».
Para terminar este apartado, otra atinada reflexión de nuestro autor:
«Los grandes libros se cuecen lentamente en los calderos de las brujas, y si los ingredientes que los aliñan debieran ser sometidos al control de calidad de las asociaciones de consumidores, pocos tendrían legalizada la publicación».
Los textos del último apartado, Escribir, ahondan en su faceta de escritor.
Gusta al autor, tener cerca de su cama una mesa con una silla, por si en plena noche le surgen ideas:
«Dondequiera que he trabajado, siempre he escrito sentado a una mesa cerca de mi cama. No es que haya compartido jamás toda la confianza del surrealismo en las virtudes creadoras del sueño, pero lo de sentirme a gusto solamente cerca de ese símbolo del recurso y consejo de la noche no puede de ningún modo carecer de significación».
Volviendo la vista atrás, muestra asombro por su continua peripecia escritora:
«Cuando empecé a escribir, a los veintisiete años sin auténtica deliberación previa y como quien se lanza al agua en un impulso momentáneo, jamás había imaginado seriamente que pudiera acontecerme semejante aventura».
Recuerda su etapa lectora y la admiración a unos pocos escritores de referencia. Llegado el momento de su propia escritura, sus escritos podían ir tanto a corriente como a contra corriente de ellos:
«Leí, releí, admiré sucesivamente a media docena de escritores: leyéndolos, ni por un momento se me ocurrió que pasado el tiempo yo escribiría a mi vez, iluminado por ellos y contra ellos, tal como se admite que las cosas deben suceder».
Reflexiona en torno a la ficción en las obras:
«En la ficción no hay otra “verdad” que la justeza de la relación e las partes con el todo, y del todo con las partes, lo que hace que una novela “funcione” como circula la sangre».
Y precisiones en torno a escritura e imaginación:
«Escritor es aquel que accede a la imaginación principalmente, si no exclusivamente, por la vía de la escritura».
El novelista se acerca en algún sentido al poeta y al estratega, según Gracq:
«Los problemas que se plantean al novelista se sitúan en algún punto entre los del poeta, que solo debate con sus palabras, y los del estratega, constantemente perturbado por un pensamiento imprevisible».
Sorprende a Julien, el impacto que producen las palabras y frases escritas en un urinario:
«El que escribe en las paredes de los urinarios conoce la más alta seriedad a la que puede aspirar el hombre que sostiene una pluma.
Las frescas inscripciones que de repente te dejan petrificado, que salpican la pared, como sangre fresca, nos enseñan lo que no nos enseñaría jamás un tratado de retórica: el valor fascinante que puede adquirir para el hombre el acto de decir. Palabras solas petrificadas, petrificantes, semejantes al grito solidificado de las momias pompeyanas».
Termino con otra de tantas reflexiones certeras del autor:
«La riqueza de una lengua se mide, tanto y más que por la extensión de su vocabulario, por la calidad y densidad de su literatura».
Muy apropiado el rescate de Ediciones del Subsuelo al acercarnos al pensamiento del escritor. Las referencias de los textos, principalmente están referidas a su oficio de escritor, pero también al gran lector que fue antes y durante el desarrollo de su escritura. En muchos textos, —al igual que en sus libros— plasma su amor a la naturaleza, subrayando el temor a la degradación por la mano del hombre, unido al pavor por la sobrepoblación a la que nos venimos encaminando desde tiempo atrás. Algunos textos nos ofrecen al Julien más mundano, otros al más profundo. Sabemos también de su recelo al paso del tiempo, al advenimiento de la vejez.
Il s’agit d’un livre de notes sur des sujets divers, publié de façon posthume à partir d’une dactylographie demandée par Gracq. La plupart des notes sont impossibles à dater facilement, certaines semblent remonter au moins aux années 40 (l’une évoque, par exemple, la mort de Paul Valéry) ; d’autres dater des années 90 voire plus tard, puisque Gracq mentionne feu le CD-Rom. Le classement n’est pas chronologique mais, en somme, thématique : le premier chapitre évoque des lieux observés ou parcourus, le deuxième, d’où sort le titre du volume, la vie concrète et morale ; le troisième, les œuvres lues et l’activité de lecture (la publication des vacheries sur les contemporains est, semble-t-il, repoussée à 2027) ; le dernier enfin l’écriture littéraire. Il s’agit toujours de notes intimes : observation, méditation, lecture, écriture, des activités solitaires au point qu’on s’étonne presque, dans le premier chapitre, de l’évocation de virées en automobile, tant l’image de Gracq s’est figée dans une sorte de carte postale d’un monsieur discret qui fait sa promenade kantienne aux alentours de Saint-Florent-le-Vieil. Ici nous sommes témoins de sa façon d’arpenter le pays entier, avec le regard précis du géographe de profession. On reconnaît bien Gracq en revanche à l’emploi d’une prose dense et travaillée et riche en bonheurs de lecture, parfois proche de l’aphorisme (il cite d’ailleurs les proverbes comme exemple de la force de la parole littéraire : nul ne sait vraiment si la météo à la saint Médard est si caractéristique que cela, mais tout le monde le répète car la formule est fascinante), construisant plus souvent des morceaux descriptifs ou des méditations. Avec Gracq la Sologne, la Touraine ou la Normandie deviennent autant de rivages des Syrtes, mystérieusement désertés, mais avec lesquels dialogue l’esprit de l’écrivain. Il n’y a pas de rencontres ici mais une exploration de la présence au monde, modifiée peu à peu par le temps qui passe. Dans des notes certainement tardives, Gracq s’inquiète du devenir de la littérature, qu’il voit prise en tenaille entre les théories structuralistes, qu’il trouve paralysantes, et l’instabilité grandissante de la langue, qui rend toute postérité problématique. On n’est pas obligé de partager son pessimisme (il y a eu des écrivains importants après lui…) et on peut même penser qu’il se trompe parfois de repoussoirs (son désir de laisser parler l’expérience vécue du lecteur n’est pas loin au bout du compte du dernier Barthes ; et de même il est certainement plus classique, dans sa théorie et sa pratique, qu’il ne veut l’admettre) mais on a tout intérêt à se laisser aller à suivre sa pensée, parfois contradictoire (mais il n’y a que les imbéciles qui ne changent pas d’avis), immensément libre, par exemple dans la constitution de son « canon » littéraire et surtout dans l’observation des forces et des négligences des auteurs qu’il admire — en cela parmi d’autres points communs ces pages peuvent faire penser aux essais de Virginia Woolf — et qui, si elle semble parfois autoritaire et péremptoire, est en fait expérimentale et aventureuse : ces notes sont autant d’essais au sens de Montaigne ; elles suivent une idée, la développent, tâchent de la peser et de l’évaluer. Comment sinon expliquer ce long passage sur l’élégance ou non de tel ou tel type de langue parlée, immédiatement mis à distance par un « Que de grâces dans tout ceci, ma chère ! » auto-ironique… Et c’est ainsi que ces pages se remplissent d’idées stimulantes, comme celle-ci que « La poésie n’a pas de définition, elle n’a que des symptômes », et éclairent la démarche d’un des grands romanciers du siècle.
Es un libro maravilloso al que vuelvo a menudo. Una suerte de Montaigne moderno que sirve tanto para reflexionar sobre el mundo de la escritura, la lectura y la vida. Hermoso.