Llego al Mestro Eckhart por Jon Fosse y su Septología, novela mastodóntica en la que lo cita varias veces como una especie de luz para el protagonista, alter ego ficcionado del propio Fosse. El maestro Eckhart es un teólogo y filósofo dominico de los siglos XIII y XIV, que desarrolló lo que se conoce como mística renana (en suma, dejar el mundo material para seguir a Dios). Este libro corto es un análisis del dolor y del hombre, de lo que lo produce y de la solución.
¿Qué produce dolor en el hombre? El estar atado a la materialidad y a la temporalidad de sí mismo. ¿La solución? Desasirse de sí y de todo. Y aún sufriendo males e infortunios, aquí está la clave: si es un hombre justo (de Justicia divina según las Escrituras) esos sufrimientos no serán sufrimientos sino gozos, porque con ello se estaría cumpliendo la voluntad divina. Si esos pesares se ponen en la unión con Dios y fuera de sí mismo, ya se recibiría el consuelo mayor: Dios jamás permitiría que se pueda sufrir lo que no se soporte.
Pero también Eckhart tiene varios remedios y consuelos que los da a modo de consejos, como aquel en el que cita al rey Salomón: “en los días de dolor no olvides los días felices”.
En suma, “todo sufrimiento viene del amor y del apego. Por tanto, si sufro por cosas efímeras es que yo sigo -y mi corazón- sintiendo amor y apego por las cosas efímeras y no amo a Dios de todo corazón”.
Salomón, David, San Pablo, San Agustín, Aristóteles y Séneca (judíos, cristianos y paganos) son algunos de los pensadores en los que se basa Eckhart para elaborar sus ideas sobre el sufrimiento y el consuelo divino.
“Pues un hombre verdaderamente perfecto tiene que estar tan habituado a morir a sí mismo, a desidentificarse de sí mismo y a identificarse con la voluntad de Dios”. Es constante la idea del olvido de sí, que ya la hemos visto en otros pensadores místicos como San Juan de la Cruz, quien por supuesto tuvo como una de sus influencias al Maestro Eckhart.
El texto está lleno de alegorías para explicar las ideas: “si yo tuviese la certeza de que todas mis piedras se iban a convertir en oro, cuantas más piedras tuviese, y cuanto más grandes fuesen, más contento estaría, en incluso pediría piedras (...) en gran cantidad”. El que entendió, entendió.
El camino para lograr todo ello es, según Eckhart, el de la virtud.
Por supuesto el autor cree que habrán muchos “espíritus toscos” que dirán que lo que él escribe no es verdad. Él responde con las ideas de San Agustín: Dios ya lo ha hecho todo, incluso lo que está por venir (esta es la visión agustiniana del tiempo) y añade que sería muestra de un excesivo amor por sí mismo el que comprende esto y no quiere que otros lo vean. Por eso imparte su enseñanza (lo dice como respuesta a supuestas reparaciones sobre si la alta doctrina debe ser impartida a espíritus no pulidos, cabe acotar que el Maestro Eckhart escribe de la forma más simple los conceptos más elevados), y cita las sólidas palabras de San Agustín:
“Aquel que, sin conceptos numerosos, sin diversidad de objetivaciones y representaciones imaginativas, reconoce interiormente lo que no ha captado por medio de ninguna percepción exterior, sabe que eso es verdad. Pero el que no sabe nada de eso ríe y se burla de mí; y siento compasión por él. Sin embargo hay otros que, siendo gente como ésa, además quieren contemplar y saborear cosas eternas y obras divinas, y estar en la luz de la eternidad, mientras que su corazón todavía revolotea por el ayer y por el mañana”.