Si hay una palabra para definir al escritor y periodista Federico Campbell, esa sería generosidad. La Máquina de Escribir, editorial que fundó a mediados de los años setenta, tenía como premisa dar a conocer a jóvenes escritores, no lucrar. Talentos como el de David Huerta, Carmen Boullosa, Carlos Chimal, Ricardo Yáñez, Evodio Escalante o Juan Villoro, solo por mencionar la punta del iceberg, publicaron sus pinitos literarios gracias a la obsequiosidad de Campell. También en sus publicaciones periódicas (en particular su columna semanal “La hora del lobo”), en sus traducciones (le debemos algunas espléndidas, como las de David Mamet y Harold Pinter) y en sus libros, puso su talento al servicio del lector, sin tintes maniqueos o pomposos. Como señala Villoro, “Federico Campbell perteneció a la selecta minoría de quienes disfrutan como propio el talento ajeno”.
Aunque sucinta, su obra es por demás interesante; en particular destaca su novela “Transpeninsular”, galardonada con el Premio Nacional de Narrativa Colima en el año 2000; en esta, nos encontramos dos vertientes que se van acercando sin encontrarse nunca: por una parte, un narrador omnisciente nos presenta a Fernando Jordán, un periodista que recorrió de cabo a rabo la península de Baja California para describir los parajes en general y, en particular, las pinturas rupestres de la sierra de San Francisco, antes de que su misteriosa muerte trunque su propósito; y, por otro lado, tenemos a Esteban, un viejo periodista que abandona no solo la prensa chilanga, sino el propio oficio, para recorrer el camino dejado por Jordán, en una búsqueda tanto de lo que realmente ocurrió con Fernando cuanto de su propia identidad, una búsqueda de sí mismo.