Por mucho que el autor pretenda poner de manifiesto su sabiduría en lo relativo a los autores presocráticos (la cual parece bastante limitada y relativa a lo puramente filológico, como la traducción de los fragmentos, que también es bastante superflua), el libro resulta profundamente vacío y poco esclarecedor. Bernabé trata a todos los filósofos de este período del mismo modo y bajo las mismas condiciones, sin distinguir, por ejemplo, a un jonio de un eléata, algo que resulta poco riguroso en materia filosófica. Se limita exclusivamente a establecer paralelismos entre los diversos filósofos, lo cual tampoco refleja la realidad de su pensamiento, pues los intereses y preocupaciones de cada uno varían considerablemente.
Otorga a todos los pensadores presocráticos el mismo modo de exponer sus respectivas teorías, como si todos estuviesen buscando un origen (ἀρχή) del cosmos, cuando en la realidad eso no es así, sino que hay una gran variedad de pensamiento entre los diversos filósofos a la hora de poner el foco en determinadas cuestiones u otras y a la forma en que cada uno expone sus contenidos. Este anacronismo estriba en que el autor no entiende la importancia del decir griego para estos pensadores, planteamiento que ya había dejado introducido Eric A. Havelock en su Prefacio a Platón, sino que, por el contrario, ignora este pilar fundamental para la Filosofía Antigua, lo que hace que su interpretación resulte obsoleta, plana y rancia.
Bernabé tampoco entiende a estos pensadores en las categorías del tiempo antiguo, sino que los valora desde una perspectiva moderna y les atribuye el uso de conceptos y de nociones que son propios de los planteamientos de la Modernidad, y no de la Grecia Antigua, resultando su lectura profundamente anacrónica y errónea. Por ejemplo, a Heráclito de Éfeso, le atribuye un modo de proceder propio del pensamiento cartesiano, como es dividir un concepto o fenómeno en sus partes simples, lo cual no refleja la realidad de la teoría de este presocrático, sino que la deforma y tergiversa.
Es un libro poco relevante para conocer verdaderamente el pensamiento de los griegos antiguos, pues no es solo que no introduzca nada nuevo con respecto a las otras obras que ya había acerca de esta misma cuestión (como las de Guhtrie, García Calvo, Eggerslan o Cordero, entre muchos otros), sino que además se limita a describir las líneas más generales de cada uno de estos autores, como si todos ellos trabajasen en los mismos términos, cuando realmente hay diversas posturas y una gran variedad de formas de abordar los respectivos intereses que tenía cada pensador o grupo de ellos.
Es, en definitiva, una obra bastante prescindible, que quizá pueda ser útil como primera aproximación al pensamiento presocrático en líneas muy generales, pero que más allá de lo relativo a las concepciones jonias de buscar un principio del orden del universo, resulta vaga e incompleta.