¿Qué hay más allá de la luz? Sólo hay un modo de saberlo: caminar hacia ella. Care se adentra en el thriller con una historia de intensidad hipnótica y a la vez, una reflexión sobre una de las cuestiones más candentes de nuestra sociedad: la lucha por los derechos de los enfermos terminales, la dignidad final de toda personal: la de su muerte. Lo hace a través de unos personajes que se acercan a la luz por distintos caminos: Ángel Febles es una eminencia en la atención a los moribundos, Joaquim Quílez es médico y militante de la Asociación Dignidad Final, que lucha por los derechos de los enfermos sin posibilidad de cura, y Miren Fernández-Nimo, profesional de brillante currículo pero no tan brillante historia personal, que acaba de asumir la gerencia del Instituto Neurológico Febles. Sueños extraños, una carpeta repleta de cartas de denuncia, el amor que se presenta en el momento más inoportuno y los extraños sucesos que ocurren en cierta planta del hospital, a la que nadie sino Febles puede tener acceso.
Cada día tengo más dudas acerca de quién diablos es Care Santos. Si es la misma insulsa que todas las mañanas me mira desde el espejo del baño o es esa que, de vez en cuando, hace algo que merece la atención ajena. La atención de gente de fiar, quiero decir.
Cronológicamente, ambas estamos muy puestas de acuerdo desde antiguo: más de cuarenta años ya de coincidir en todas partes: en las mismas calles, y cines y teatros y restaurantes, en aquella facultad de Derecho donde ambas nos aburrimos tanto, en la misma playa de Malgrat, en el mismo periódico barcelonés de los primeros tanteos con la palabra, en los mismos cuerpos amados, en las mismas amistades que compartimos.
Pero hay entre nosotras abismos que nos separan cada vez más: la que me mira desde el espejo nunca se atrevería a opinar, ni a levantar la voz, ni a subir al escenario. Es la que admira desde la pequeñez, y ordena por colores y tamaños sus admiraciones, se emociona con la palabra ajena y deletrea nombres a quienes sabe que jamás podrá alcanzar. Es la que teme por todo, la permanentemente hiperestésica, la acomodaticia, la que no es nunca tan feliz como entre fogones, cocinando un arroz o inventando un pastel de chocolate. Es la que cree los ojos de sus hijos poblados de pequeños milagros, la que aspira a plantar un limonero en tierra propia y verlo crecer, la que es capaz de extrañar durante años, la que entiende, tristemente, que los ideales no existen para ser cumplidos. La odiosa.
La otra es mujer de mundo y jamás se siente extraña en ninguna parte si lleva consigo un cuaderno y un amigo. Tantas veces la han seducido tierras lejanas y acentos extraños que ya no podría entenderse sin ese aprendizaje de la soledad que tanto tiene que ver con la escritura. Sabe ser incómoda y respondona, aunque no siempre lo hace. No se resigna a mirar la función desde lel patio de butacas, porque ha descubierto que en el escenario se siente como en casa. Ante el blanco del papel siempre trata de matar al padre, pero nunca sabe si lo consigue, y por eso sigue intentándolo. Apunta alto, ambiciona, trabaja, se rebela y todavía cree que hay ideas que algún día salvarán al mundo.
Las dos se hacen préstamos sin cesar, ambas están en deuda con la otra. Entre las dos, a partes iguales, han escrito algunas cosas, han salido en los periódicos, han subido a algunos escenarios. Nos odiamos. Tanto como lo hacen los que se necesitan.
Hablar de la muerte siempre es controvertido. En primer lugar no interesa a demasiados lectores, tal vez por miedo o indiferencia. En segundo lugar, es un tema difícil de desarrollar, más allá de las vertientes filosóficas o científicas. Por eso me extrañó toparme con "Hacia la luz", un "thriller" que tiene a la muerte como eje, aunque solo sea de forma secundaria. Y pese a las buenas intenciones, su lectura defrauda profundamente.
A su autora, Care Santos, la conozco de sobra. Es indudable que escribe con acierto y delicadeza sobre temas tan serios como la enfermedad, la muerte y el más allá. Se ha documentado de manera impecable y eso se nota en todas las explicaciones que da. El estilo de escribir de Santos es correcto. Además tanto su lenguaje, simple y actual, como sus concisas y buenas descripciones, ayudan a mantener un ritmo de lectura que, por desgracia, la historia no hace más que estancar.
El libro narra en primera persona un funesto periodo en la vida de Miren Fernández-Nimo, que se muda a Barcelona para hacerse cargo de la gerencia del instituto neurológico Febles. A partir de ahí se desarrolla una historia que mezcla ciencia, amor, muerte, enfermedad, el papel de la religión en la sociedad, etc... y que sirve para poner el foco en una realidad, que no percibimos. Parece que la dignidad en la muerte suscita demasiada incomodidad para ser tratada en público Aunque suena bien, al libro le cuesta arrancar. En las primeras 100 páginas no ocurre nada digno de mención y el resto de la historia, carece tanto de emoción que no sabes si reír para sentir algo. De repente todo se precipita y termina de forma muy abrupta. Y ya está... se acabó.
En suma, Hacia la luz fracasa estripitosamente como novela de misterio pero, gracias a una esmerada documentación, el libro se deja leer. Pese a todo no puedo recomendarlo. El obsesivo tema de la mortalidad humana, así como todos los comentarios y reflexiones sobre ello, que llenan páginas y páginas de esta novela, pueden conseguir que su lectura llegue a matarte de tedio. Y nunca mejor dicho...