Ésta es una desgarradora novela de caudillos, montoneros y guerrilleros del norte en la época de Felipe Ibarra, Paz, La Madrid y Lavalle. Dividida en dos cuadernos, unitario y federal, aristocrático y popular, psicológico y épico, enfoca, coordina y complementa la trama desde ambos puntos de vista, demostrando que América se nutre irrenunciablemente de ambas fuerzas. El autor de Álamos talados, novelista por antonomasia, no ha intentado una seca recreación arqueológica ni en el nivel de las situaciones ni en el del lenguaje. Los personajes históricos de Polvo y espanto son, por el contrario, figuras actuales y permanentes ante la problemática política y social de Argentina y de Latinoamérica.
Lo leí para el secundario y me aburrió en su momento. Igualmente trataré de releerlo para ver si lo que necesitaba era el paso de los años, o sea madurar.
Como mexicana, no pude evitar comparar los hechos del segundo cuaderno con la revolución mexicana. Como novela histórica me gustó mucho, da a conocer los castigos, la mentalidad de una de las partes, las guerrillas, etc. Como feminista, que el cuarderno federal sea protagonizado por una mujer es importantísimo para una novela histórica, principalmente cuando ha sido basado en hechos reales. No quedan, al menos en el caso de México, muchas historias de mujeres que hayan formado parte de la guerra que se den a conocer. Y eso es lo que más me interesa de este personaje, pues ella ni parece que haya tomado partido, ni preferencia por alguno de los bandos, simplemente por ser la esposa de uno de los del bando perdedor sufrió dos años con su marido y Únzaga. No sé si es una queja válida mi malestar respecto al lenguaje: en partes se me hizo pesado, y la repetición en los diálogos de la forma utilizada en la narración me pareció una mala elección. Pero en general me gustó, me gustaron ambos cuadernos, el paralelismo de las historias y la crudeza de las acciones, los castigos y la guerra.