Obra experimental con visos a la novela negra y a la de aprendizaje sentimental escrita entre 1953 y 1957. A raíz del hallazgo del cuerpo de Giulia, muerta en un canal de Venecia, Eduardo, alter ego del autor, emprenderá un viaje interior a través del cual volverá a transitar pasajes de su vida en el Perú; sus primeras incursiones amorosas homoeróticas con Giuliano, personaje recurrente en su vida; el desencuentro con su violento tío Manuel en la hacienda familiar de la selva; y el recuerdo de Mayana, la pobre niña presa de un destino trágico como el resto de su estirpe.
La novela que concitó la atención de grandes escritores como Jean Genet y Octavio Paz, quienes ofrecieron ayuda para su publicación, tuvo que esperar más de veinte años para alcanzar su forma definitiva; iniciando con un universo de más de seiscientos folios que se redujo a ciento cincuenta en los que el autor nos muestra sus principales obsesiones convertidas en temas a lo largo de su la identidad, la memoria, la fascinación por el arte y el culto por el cuerpo y lo escatológico.
Un espíritu hedonista impregna este relato en el que nada parece ser ciento por ciento verdad, sino posibles versiones de un mismo hecho inaprensible, el paso de la literatura a la vida misma. Por esta razón, El cuerpo de Giulia-no se inscribe en la misma tradición a la que pertenecen La casa de cartón, de Martín Adán, o Los inocentes, de Oswaldo Reynoso, una que no sigue el imperativo de la novela realista decimonónica, sino que explora desde los márgenes las posibilidades del género.
En “El cuerpo de Giulia-no”, nos enfrentamos a la cosificación de Giulia, la amante europea del narrador. Desde una mirada paternalista, misógina y arribista, él (re)construye un ser “femeninamente perfecto”, en el sentido más cruel que esta expresión puede adquirir en una sociedad patriarcal, y termina confundiéndolo (y, de paso, confundiéndose a sí mismo) con el cuerpo-objeto de Giuliano, su amigo de la infancia, peruano como él, pero, eso sí, de madre europea. Por un lado, ella es hermosa, delicada, atractiva, mientras que él, por el otro, es obsceno, no solo en lo físico, si no también en lo social y en lo moral. Pero, si dos personas son tan distintas, ¿cómo puede alguien confundirlas? Quizás lo común no se encuentra en lo físico, como nos hacen creen, si no en el deseo que ambos cuerpos-personas generan en quien los observa.
A través de un monólogo extenso, pero dividido en breves capítulos y estructurado a partir de, por lo menos, tres momentos espacio – temporales, Eielson habla también del colonialismo social que sigue vigente en sociedades como la peruana, donde los juegos de poder siguen las reglas de las castas raciales, pero también del género y del origen geográfico. Mientras que la hermosa e ilustrada Europa se encuentra representada por palabras dulces, el salvaje y misterioso Perú es construido a través de la rudeza de su flora, de la presencia de los “indios”, de la violencia física y sexual. Allá solo hay espacio para el amor, acá se vive en una lucha constante, esperando a que sobreviva el más fuerte.
La crítica a la mirada misógina de lo femenino vuelve a cobrar fuerza cuando los personajes son vulnerados en su integridad moral, pero también en la física. Ellas casi no hablan, salvo que se hayan masculinizado en el juego de poder, salvo para decir cosas “propias de señoritas”, pero nunca para defenderse, nunca para gritar, porque cuando son violentadas son reducidas al rol de objeto y los objetos no tienen voz.
Todo el libro gira también en torno a un enfrentamiento interno del narrador, pues afirma ser verbo (a diferencia del otro, que siempre es una mujer, un poblador originario, alguien que, en la estructura social de la blanquitud patriarcal se encuentra siempre por debajo del “yo”), pero también se lamenta el no encontrar las palabras adecuadas para su voz. Este ejercicio de dualidad es interesante y resulta vital, pues se recurre a él constantemente y en diferentes categorías, para validar personajes, puntos de vista, situaciones. Nos muestra lo que se ve, pero también lo que es o, al menos, lo que entiende el autor que debería ser.
Gran título, gran lectura. Debería ser estudiada en colegios y universidades. Debería ser mucho más difundida en los anaqueles de la literatura peruana en castellano.
Una de esas delicias literarias, novela a modo de catarata poética.
Sería insensato pretender describir o reseñar esta obra, pero puede intentarse resumir su pretensión final como la del discernimiento entre el universo personal —nuestras múltiples identidades, incluyendo el factor del género— con el universo total —nuestra ubicación existencial en esa conjunción del espacio y tiempo—.
Me quedo, para mi propia eternidad, con una frase: «La velocidad de la luz era una vela encendida a cuestas de una tortuga».
la esperma miserable llena el cielo de ángeles sin alma
El mar lanza medusas, fragmentos de recuerdos. Restos confusos de otras vidas nuestras. Visiones lejanas y salobres, cantos de pajaros esmaltados, espejismos en la arena.
…Pero la frase que yo buscaba no estaba hecha de palabras. Ni tampoco de pensamiento. Una pureza indescriptible hacía parecer sagrados mis menores gestos. Superfluo mi propio pensamiento. Perecedera e inútil la más espléndida belleza.
Este libro no ha sido escrito, ha sido pintado. Ha sido compuesto. Claramente, la virtud artística de Eielson se sitúa fuera de las fronteras de la literatura y más en donde desembocan otras destrezas cuyas aguas se mezclan.
“En mi rudimentaria estructura molecular, la luz vibraba ahora triunfante como en un templo de vidrio. Pero ser una sola cosa con la luz no era nada todavía. Poseer la sustancia del ángel, ser el alfa y el omega, ser inmenso como el sol y diminuto como el átomo, no era nada todavía”.
Con esas habilidades, construye un relato joven, transparente, aggiornado, del intento de asir un sentido del mundo que se escapa, de experiencias que vuelan un poco más allá del alcance de las manos. De personas que quedan impregnadas en un cosmopolita vivir violento y cargado de matices. Quizás eso explique ese ritmo de playa, de oleadas entre concreto y lo abstracto, entre lo estilizado y lo crudo, de este ejercicio estético tan cercano a una composición musical.
costó pero lo valió completamente, asombrado por la propuesta, por los recursos, por los círculos sinfín.
tres cosas que decir: - "Lloverá finalmente en Lima, Venecia será salvada de las aguas" - intuía un gusto de eduardo por giuliano, y me parece curioso como sin querer me encuentro con obras donde un personaje tiene rasgos de no cumplir con mandatos heterosexuales pero siempre son sutiles, como por si las moscas - definitivamente no entendí todo lo escrito pero se gana mucho más
Primera vez que leo a Eielson. Es una narración "oscura", de recuerdos sórdidos, con una estructura extraña, pero con una confección de palabras muy bien elaboradas, poesía quiero decir, un ejemplo: (...) Sobre la meseta cubierta de millares de arbustos rojos, el cafetal era un inmenso animal descuartizado. (...)
Para la fecha de publicación, 1971, me parece que ser que representan bien el personaje de orientación bisexual, ya que Eduardo experimenta una relación con Giuliano, y mucho tiempo después es amante de Giulia, teniendo ambos ojos de color verde, Eielson configura su atracción en ambos sujetos basándose en su parecido no solo en sus nombres.
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El cuerpo de Giuliano-no es Arte en expansión. Libro de exquisitos desvaríos y contradicciones. Eielson parece tomar la ambiciosa tarea de agarrar el eco del deseo humano y su más profunda manifestación en el arte. El lenguaje tratando de apropiarse de la poética del delito, del misticismo, del indigenismo, de una burguesía latinoamericana que se maravilló a mediados del siglo veinte con las posibilidades que le daba las vanguardias Europeas para subirse a su carrera cultural. Quizás lo último es lo más cuestionable del libro, más no hay completa responsabilidad artística en el lugar que a veces al autor le toca pertenecer. El libro de todas formas es fantástico. Me intriga la idea de que en su versión original se trataría de un texto de 600 folios, o fue muy buena la edición, o hay mucho material maravilloso aún inédito.
Fue fascinante conocer a Jorge Eduardo Eilson, esta obra es un referente queer en la narrativa peruana, sin dejar de lado su mérito poético y narrativo.
El mismo Eielson define su lenguaje en este librazo: "Pero la frase que yo buscaba no estaba hecha de palabras. Ni tampoco de pensamiento". Una delicia.