En “El cuerpo de Giulia-no”, nos enfrentamos a la cosificación de Giulia, la amante europea del narrador. Desde una mirada paternalista, misógina y arribista, él (re)construye un ser “femeninamente perfecto”, en el sentido más cruel que esta expresión puede adquirir en una sociedad patriarcal, y termina confundiéndolo (y, de paso, confundiéndose a sí mismo) con el cuerpo-objeto de Giuliano, su amigo de la infancia, peruano como él, pero, eso sí, de madre europea. Por un lado, ella es hermosa, delicada, atractiva, mientras que él, por el otro, es obsceno, no solo en lo físico, si no también en lo social y en lo moral. Pero, si dos personas son tan distintas, ¿cómo puede alguien confundirlas? Quizás lo común no se encuentra en lo físico, como nos hacen creen, si no en el deseo que ambos cuerpos-personas generan en quien los observa.
A través de un monólogo extenso, pero dividido en breves capítulos y estructurado a partir de, por lo menos, tres momentos espacio – temporales, Eielson habla también del colonialismo social que sigue vigente en sociedades como la peruana, donde los juegos de poder siguen las reglas de las castas raciales, pero también del género y del origen geográfico. Mientras que la hermosa e ilustrada Europa se encuentra representada por palabras dulces, el salvaje y misterioso Perú es construido a través de la rudeza de su flora, de la presencia de los “indios”, de la violencia física y sexual. Allá solo hay espacio para el amor, acá se vive en una lucha constante, esperando a que sobreviva el más fuerte.
La crítica a la mirada misógina de lo femenino vuelve a cobrar fuerza cuando los personajes son vulnerados en su integridad moral, pero también en la física. Ellas casi no hablan, salvo que se hayan masculinizado en el juego de poder, salvo para decir cosas “propias de señoritas”, pero nunca para defenderse, nunca para gritar, porque cuando son violentadas son reducidas al rol de objeto y los objetos no tienen voz.
Todo el libro gira también en torno a un enfrentamiento interno del narrador, pues afirma ser verbo (a diferencia del otro, que siempre es una mujer, un poblador originario, alguien que, en la estructura social de la blanquitud patriarcal se encuentra siempre por debajo del “yo”), pero también se lamenta el no encontrar las palabras adecuadas para su voz. Este ejercicio de dualidad es interesante y resulta vital, pues se recurre a él constantemente y en diferentes categorías, para validar personajes, puntos de vista, situaciones. Nos muestra lo que se ve, pero también lo que es o, al menos, lo que entiende el autor que debería ser.
Gran título, gran lectura. Debería ser estudiada en colegios y universidades. Debería ser mucho más difundida en los anaqueles de la literatura peruana en castellano.