Al modo de Deleuze, las clases que se presentan en su primera edición castellana en este libro no podían ser otra cosa que el recorrido de un encuentro muy singular entre pintura y filosofía. No es un curso de pintura y tampoco es una estética.
A diferencia de lo que ocurre en el curso sobre Spinoza, en el curso sobre la pintura, Deleuze no parte de logros exegéticos que ya constituyen premisas de su propia obra, sino de una serie de intuiciones, producto de sus lecturas sobre la pintura y las artes, que buscan ensamblar conceptos que expliquen, desde una perspectiva dinámica, deleuziana, lo que llama "el hecho pictórico". Se trata de una revisión meticulosa de las diferentes estratificaciones que entrañan estilos pictóricos históricos a partir de aquellas ideas de grandes críticos de la pintura que resuenan mejor con sus propias observaciones sobre cuadros puntuales, los que, indudablemente, Deleuze ama. Es impresionante la manera en que Deleuze hace trabajar el vocabulario de la filosofía clásica en conjunción con el produce para la clase a fin de definir lo que "deviene pintura" y en la que su noción de "diagrama" cumple un rol de catalizador en lo que significa "querer pintar".
Molt bo, molt bo el curs de Deleuze sobre pintura, que caldria pensar o refabular parcialment per tal d’adaptar-lo a la resta de disciplines artístiques. Les primeres cent pàgines són brillants, emparant-se de testimonis i anècdotes sobre Cézanne, van Gogh, Klee, Kandinsky, Francis Bacon. El desenvolupament de caos-gérmen fins a diagrama, la noció de diagrama, és meravellosa, un llampec sobre la lògica de la pintura. Desenes de pàgines d’apunts. Després, es desmorona. El codi abstracte, sí, encara, però amb l’entrada dels espais pictòrics, i amb l’intent d’acabar de completar un concepte que en sí ja era operatiu, per mi —i per la resta d’assistents al curs, diria— es perd, es perd. Brillant, com sempre.