La novela no es mala, es pésima. Si las narrativas de la dictadura y la guerrilla son vastas en América Latina, por alguna razón el episodio análogo de México ha sido poco documentado. La intención de Fritz Glockner es la de presentar la historia de un padre que ha abandonado a su familia por ir a enlistarse en la guerrilla y pelear por el comunismo y que, como consecuencia de ello, es capturado por el Estado y llevado al infierno. No es un planteamiento original, pero ya sabemos que siempre es más importante la forma en que se cuenta una historia que la historia en sí misma. Glockner falla, porque en esta novela donde las escenas de violencia rezuman cursilería, porque los que matan y secuestran en nombre de una ideología son idealizados y justificados en todo momento, porque no hay matices: al Estado le gusta joder por joder y no se cansará de joder hasta que no se pase a la última página. Eso es todo.
Quizá lo peor está en la elección de la voz narrativa. No es casual que el autor optara por una segunda persona (en realidad es primera, pero está tan diluida que se vuelve irrelevante). Esto sirve a un propósito muy claro: el del chantaje emocional. El autor hace todo lo posible para que sea uno y no tanto el protagonista quien sufre todo. Ya la literatura comprometida es por sí misma bastante mala como para soportar que los autores pretendan subestimar la capacidad de sus lectores.