"El yo, en vez de recobrar la cohesión y encontrar la unidad con el yo divino, se dispersa por el vacío terrorífico y es devorado por la oscuridad."
En 2024, el Museo del Prado se atrevió a poner lado a lado al Saturno de Rubens junto al Saturno de Goya. Al comparar las obras, como remienda Földényi, "tapado el título del cuadro", no es difícil especular que se tratan de representaciones diferentes. No parecería que hablaran de lo mismo. Rubens es mucho más solemne, con elementos clásicos que identifican al titán, como su guadaña; mientras que Goya nos presenta algo más, algo escondido, un enigmático mensaje cuyas claves no se encuentran en libros de mitología.
Földényi argumenta que el Saturno de Goya trasciende la mera representación mitológica o iconográfica; invita al espectador a explorar los lindes de la razón, a aventurarse en la resistencia del alma, en la conquista de los terrenos inconscientes que podemos llamar instinto, subconsciente o Dios. La desesperación de Saturno al devorar a su hijo es la representación de la ansiedad infinita y universal; un llamado a que el hombre debe sumergirse en sí mismo, en la soledad que lo aísla dentro de su propia oscura morada: su alma.
Jung, desde el psicoanálisis, propone confrontar nuestra sombra, enfrentarnos a lo siniestro del alma reprimida sistemáticamente, para encontrar la unidad y la adopción personal de lo no cognoscible. Saturno advierte que atravesar los lindes de la razón no garantiza la liberación del alma; por el contrario, el viajero se adentra en el abismo de su propia alma sin mapa ni referencia, extraviándose en el campo de batalla de su existencia, corriendo el riesgo de ser derrotado. Földényi sentencia: "Saturno es una pintura que representa la lucha desesperada que libra el alma contra ella misma; el alma incapaz de triunfar, pero que, al no poder renunciar, trata de imponerse a sí misma destruyéndose."
La obra tardía de Goya está llena de tópicos que reflejan cómo sus protagonistas se ven perseguidos por su propio enemigo: la amenaza interna de sus almas. Goya aborda el combate interno individual contra la propia alma, que, ante la sobrecarga, incluso la derrota, alza la mirada al cielo y solo encuentra la ausencia de Dios. Tal como Jesús dijo en la cruz: "Eloi, Eloi, lama sabachthani".
Dios –representado como Saturno- no abandonó al hombre, ni está muerto, sino que está escindido. Ya no le ofrece unidad ni redención, sino la dispersión en un vacío terrorífico y la experiencia de la perversión. En esta representación de Dios se evidencia la conflictividad y contradicción que permite la existencia del Mal, del horror y la perversión dentro de su creación perfecta.
Si el mismísimo Saturno, el dios primigenio, confronta el vacío, el abismo de su alma, y no le gusta lo que ve, ¿qué les espera a los mortales, sus hijos? En palabras de Földényi: "Si Dios es así, entonces su obra, la creación, merece ser destruida."