This edition of Alejandro Sawa’s book Illuminations in the Shade is a tribute to the bohemian after the recent 100 year anniversary of his death. Sawa remains a mysterious figure within Spanish literature, and is known to have inspired Ramón del Valle-Inclán’s famous Max Estrella in Bohemian Lights.
Recién cumplidos los 100 años de la muerte del bohemio Alejandro Sawa, esta edición de su obra Iluminaciones en la sombra es un homenaje a ese gran desconocido de la literatura española en quien se inspiró Ramón del Valle-Inclán para su famoso Max Estrella de Luces de Bohemia.
Probably the original inspiration for the carachter of Max Estrella in Ramón Valle Inclán's "Luces de Bohemia", he was a clear example of what spanish bohemian life was.
Son of a greek trader, he was born in Seville. He first tried to study teology in Malaga, but he soon realized that was not his field. Later, in 1877, he studied for lawyer in Granada. In 1885 he moved to Madrid and started his career as a writer and journalist.
After publishing his main works, in the year 1890, he moved to Paris because some problems with the police. There he met famous writers and poets such Alphonse Daudet and Paul Verlaine. Those were his most happy years. In Paris he translated french authors into spanish and also worked in a publisher.
Married and with a child, he returned to Madrid. And this is where the myth meets the man. Blind and very poor, as Max Estrella, he died before being 50 years old in very humble conditions. He couldn't restart his career, he just could publish some works as a journalist.
Sawa convierte su intimidad en un elemento literario donde cada suceso trasciende los moldes de la realidad. Iluminaciones en la sombra es un diario narrativo que posee el tono y el estilo de un libro poético. Como dijo Valle-Inclán, tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.
“Parler du Pauvre Lelian”: retratos de Verlaine a través de Rubén Darío y Alejandro Sawa
(...)Pasamos a otro escritor español que tuvo más suerte que Rubén Darío en sus interacciones con Verlaine: se trata de Alejandro Sawa, que llegó a integrarse en el barrio latino más que ningún otro de los españoles que por ahí rondaban. En su prólogo a Iluminaciones en la sombra, publicada póstumamente y considerada la mejor obra de Sawa, Darío dice: “Ya él tenía a todo París metido en el cerebro y en la sangre. Aún había bohemia a la antigua. Era en el tiempo del simbolismo activo. Verlaine, claudicante, imperaba.”. En esta obra Sawa habla de su muerte: “hoy cumple años la muerte de Verlaine, y pienso en él, en París, en aquel gran pedazo de mi vida que la eternidad tragó y que no volverá a resurgir sino en mis recuerdos. (...)” (pg 60). Cuenta cómo el dueño del hotel donde se hospedaba le avisó de que Verlaine se estaba muriendo. Cuando llegó ya había pasado “a mejor vida”. En la página 74 (“En mi cielo espiritual, Verlaine es una de las más evidentes estrellas del zodiaco; aun acopladas a otras de mayor potencia, su luz brilla solitaria, como si no formara parte de constelación alguna. Así el lucero de la mañana, que tan bien conocen los caminantes.”) habla de su individualidad y su unicidad. Luego pasa a asignar colores a otros escritores, pero Verlaine los junta todos: “En mi nebulosa de arte, Verlaine luce como un arco iris de ensueño mejor aún que como una estrella.”. Pero también habla de su dualidad, de la parte más oscura del genio: tal vez un punto clave en su persona es esta dicotomía constante entre el lirismo casi divino y los aspectos más oscuros de la desgracia en vida y la bohemia. De hecho, al describirle físicamente habla de este contraste entre su aspecto torturado y lo trascendente de su interior: “En la cruel antinomia de su vida, Verlaine, vistiendo su tétrico ropón de orfandad y los riñones ceñidos por el áspero cilicio de la penitencia, era, sin embargo, el hombre que llevaba incandescentes en su pecho los carbones de Chansons pour elle, los cálidos epitalamios de Los poemas saturnianos y la exquisita voluptuosidad de vivir que contiene toda su obra, como un elixir divino.”. Ambas partes convivían en él: “Fue, en resumen, durante su peregrinación por las calles de la ciudad, un hombre sombrío con el corazón atravesado por los siete cuchillos de los pecados capitales y con todo el candor y toda la alegría, sonando a fiesta del Paraíso, en el interior de su acongojado pecho herido.”. En la página 95, en esta línea, dice que no tenía otra riqueza que sus “dulces ojos tranquilos.”. Sawa también se sentía así: como dice en su “Autorretrato”, “Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas.”. Y conocer a un hombre como Verlaine seguramente fue para él un consuelo: “Yo fui su amigo. Otros, superiores a mí, sintieron a su contacto un hombre de piedra. Para mí fue de carne, de carne espiritual; aún guardo en la memoria de mi corazón el recuerdo de su mano cálida, afirmativa en la amistad como un juramento.”.
Alejandro Sawa es uno de los grandes olvidados de la literatura española. Escritor con obras tanto naturalistas como realistas y al mismo tiempo modelo para personaje de otros autores. Es esta quizás una de sus obras menores, alimentada de retratos de autores contemporáneos de la bohemia parisina y madrileña y cuadros del Madrid hambriento y equivocamente revolucionario del final del siglo XIX. Finalizada por Sawa en la fase terminal de su enfermedad sumergido en la ceguera, el libro destila la amargura de haberse sentido siempre extraño en un mundo en el que apena le quedaban meses.