Julián Herbert (Acapulco, 1971) es escritor, músico y profesor. Es autor de dos libros de relatos, Soldados muertos y Cocaína (manual de usuario), dos novelas, Un mundo infiel y Canción de tumba (Literatura Random House), dos libros de crónica, Algunas estúpidas razones para volver a Berlín y La casa del dolor ajeno. También es autor de varios libros de poesía entre los que destacan El nombre de esta casa, La resistencia, Kubla Khan y Pastilla camaleón. Julián Herbert ha obtenido varios premios: Mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino (1999), Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2003), Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola (2006), Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez (2008), Premio Jaén de Novela (2011) por Canción de Tumba, Premio de Novela Elena Poniatowska por Canción de Tumba (2012).
Yo era un muchacho bastante haragán cuando me asaltaron las circunstancias sábados y domingos cantaba en los camiones ahorraba para unas botas Loredano y besé a dos no a tres muchachas antes de mudarme a esta ciudad
Aquí me extrajeron el diente cariado y de paso me arruinaron la sonrisa este relámpago de fealdad por donde asoma involuntariamente el ápice más claro del pozo que yo soy
Aquí firmé facturas documentos de empleo paredes silenciosas y también me tomé fotografías me hice archivo me hice historia me volví un detalle en el paisaje de la suma
no encontré nada mejor lo dije antes yo era un muchacho bastante haragán y la gente desconfiaba de mí cómo iba a enamorarse uno tan mal vestido cómo tendría razón
Pero tuve razón algunas veces y si no tuve al menos esa ira luminosa que convierte a la estupidez en una revelación
n cambio no podría hablar del amor —y que conste que a mi lado también duerme y bosteza el verboso maquillaje que entre cedro y caoba declaraban en falso los poetas provenzales— pero tengo el recuerdo de una tarde en el bosque ardillas mirándonos desde una roca inmóviles y nosotros dos guardábamos silencio
Desde entonces algo crece a través de mis ojos y en mis testículos y en el rumor que hace mi pensamiento algo de mí crece en mí como un saludo como una tregua como una bandera blanca
Pero no hablo de amor sino de que me gusta agitar esta bandera
Bastante haragán es cierto lo confieso tres muchachas besadas cuando llegué a la ciudad quién me viera hoy caminando por la calle Juárez mi hijo gritándome papi mientras pienso en los asuntos de la oficina en el traje Yves Saint Laurent que me vendieron de segunda en los exámenes que falta revisar en la amistad que mansamente se vacía o se llena
Pienso en la desnudez en los malos olores de la gente que pasa testimonios de salud o promesas de la muerte pienso en mi país que es solo un plato de lentejas
Y también pienso en este poema que hace 27 años se fragua dentro de mí y nunca termina nunca dice las palabras exactas porque es igual que yo un muchacho bastante haragán una verdad fugaz como todas las verdades
Tengo derecho a hablar de mí cuando hablo del mundo porque hace muchos años miro al mundo y tengo derecho a sentirme verdadero fugazmente verdadero porque mi voz también puede abrazar a la gente aunque no sea la voz de un santo ni la voz de la lluvia ni la voz de una madre que llama a su hijo difunto ni la voz de un sabio antiguo mi voz también puede abrazar a los que pasan a los que escuchan a los que abren el libro al azar y en silencio y a ti sobre todo a ti mi voz también puede abrazarte
mi voz también puede abrazarte
Aunque sea la voz de un hombre al que hace años le arruinaron la sonrisa aunque sea la voz de un haragán mi voz también puede tomarte por los hombros y decir suavemente "estoy cantando estoy cantando para ti".
Con un par de poemas que, tal vez involuntariamente, reflejan la expectativa del presente y el futuro, el desdén y melancolía por la memoria de lo pasado de alguien joven.