Por qué y como mataron a Calvo Sotelo es un libro sobre las causas de la Guerra de España cimentado sobre un exhaustivo seguimiento de los hechos materiales que precedieron al Alzamiento Nacional, poniendo el foco en la estructura social española, en las tensiones civiles existentes, así como en los relatos ideológicos que interpretaban y dirigían estas tensiones, y, por añadidura, desentrañando el papel último que jugaron los protagonistas de los acontecimientos. La primera y más notoria conclusión que cabe extraer del repaso esmerado que Romero hace de los hechos, discursos y relatos más o menos veraces que circulaban por la España caotica de aquellos días, es que la dicotomía ideológica que arrastró a la sociedad a la barbarie no fue, como actualmente pretenden hacer creer en un intento de falseamiento de la historia con tintes partidistas, la dicotomía entre Dictadura y democracia. Ello no quiere decir que no existiera el convencido partidario y defensor de la democracia parlamentarista burguesa. La mayoría de los elementos del gobierno surgido del frente popular, así como parte de la derecha nacional y regionalista apoyaban el modelo democrático y aceptaban el juego de la rotación partidista. Sin embargo, no puede decirse que las masas en su conjunto, proletarias y burguesas, se sintieran afectas a este modelo nuevo, fuertemente desprestigiado tanto por unos como por otros, y eclipsado por ideologías más prestigiosas en lo que atañe a su proyección quimérica y romántica. La dualidad que servía de vector para enfrentar entre sí lo que terminarían por ser las dos Españas fue la de revolución-contrarevolución. Es cierto que actores como Azaña negaron posteriormente el riesgo de revolución proletaria inminente en la España de preguerra, y aunque ciertamente la revolución aún estaba relativamente lejos de estallar, no puede negarse que el País andaba sumido en un escenario prerevolucionario ya bien avanzado que ya había dejado atrás todo punto de retorno. El Panorama de los meses previos al estallido de la guerra del que se puede responsabilizar a la izquierda es el de un país con centenares de asesinatos, locales de la derecha y centros religiosos destruidos, expropiaciones ilegales, censura gubernamental de la prensa opositora, encarcelamientos de políticos, creación de fuerzas paramilitares afines y, sobretodo, inacción y aún complicidad partidista y negacionista por parte del gobierno. Un gobierno impotente ante la ruptura del Estado de Derecho que ha de garantizar y que evita enfrentarse con la facción del izquierdismo revolucionario que le ha dado su apoyo para llegar al poder, se ve incapaz de sosegar el ánimo de la mitad de la población española que votó a las derechas que progresivamente se va decantando por una dictadura que les proteja de las hoces afiladas. Por otra parte, son muchos los que, por parte de la derecha, nunca han aceptado las reglas del nuevo régimen: carlistas, falangistas, algunos militares y un sector importante del conservadurismo capitaneado por el mismo Calvo Sotelo reniegan sin matices de la democracia parlamentaria, y no lo ocultan. Ahora bien, la tendencia preponderante en la Derecha en su conjunto se inclina, antes de la desescalada del terror previo a la guerra, por la continuidad del régimen que, como poder establecido y garante del orden, es depositario si no de la confianza, sí de la tolerancia de quienes esperan derrotar al gobierno en las urnas, y no mediante la violencia. Sin embargo, declaraciones como la que sigue, perteneciente a Largo Caballero, ayudaron a sumar apoyos a favor del golpe, sobretodo entre la cúpula militar, la cual, pese a lo que comunmente se piensa, no era mayoritariamente partidaria de sublevarse, pues al fin y al cabo existían precedentes bochornosos (la fallida Sanjurjada) y el miedo de arriesgar el cargo, el sueldo y la libertad. Decía Largo Caballero meses antes del estallido de la guerra: << Cuando nos lancemos por segunda vez a la calle, que no nos hablen de generosidad y que no nos culpen si los excesos de la revolución se extreman hasta el punto de no respetar cosas y personas…». En la misma linea que Largo, conocido entonces como el Lenin español, está el informe Dimitrof, que contiene las ordenes de moscú para los mandatarios del comunismo español (Diaz, la pasionaria, Carrillo…): “Los comunistas «deben apoyarse en la corriente cada vez más fuerte de los obreros hacia la unificación de los partidos o de organizaciones socialdemócratas aisladas con los partidos comunistas y de tomar en sus manos la iniciativa de esta unificación». Será naturalmente a condición de que los socialistas rompan con la burguesía y reconozcan la necesidad «de derrocar revolucionariamente la dominación burguesa e instaurar la dictadura del proletariado bajo la forma de soviets».” Estas palabras no eran meras declaraciones de intenciones; tanto el ala radical del partido socialista (que era la que verdaderamente movilizaba a las masas) como el partido comunista esperaban, incluso deseaban, la guerra civil, episodio necesario en otros procesos de consolidación revolucionarios como el ruso. En esta linea de razonamiento, se impuso entre las filas de la izquierda radical una militarización de sus cuadros, que desfilaban armados por las ciudades a imitación del ejercito rojo, sembrando el temor y la discordia. En cuanto a Calvo Sotelo, si bien no hay pruebas de que participara en la conspiración rebelde sí parece probable que estuviera al corriente de los movimientos que, de manera subrepticia, mal coordinada y lastrada por el temor al fracaso, estaba llevando a cabo la reacción y el fascismo. Aunque de todos modos todos sabían que algo se estaba gestando, lo cual explica la parcialidad del gobierno a la hora de escoger bando y prepararse para la defensa si no del régimen existente, sí de sus propios pellejos. Prueba de la participación moral de Calvo Sotelo en el golpe son sus discursos parlamentarios alentando a una respuesta firme de los militares ante el desorden generalizado, discursos en la linea de sus contrarios socialistas y comunistas: «Nos encontramos ante ciento diez diputados que quieren implantar el comunismo en España, que se llaman ministeriales y que influyen en el seno del Gobierno y en la política de este. ¡Ah! Pero si el Gobierno muestra flaqueza y vacila, nosotros estamos dispuestos a oponernos por todos los medios, diciendo que en España no se repetirá la trágica destrucción de Rusia. (…) Yo quiero decir en nombre del Bloque Nacional, que, si esto ocurre, no se irá fatalmente a la dictadura del proletariado, porque España podrá salvarse también con una fórmula de estado autoritario corporativo». Todo ello no quita importancia al hecho de que Calvo Sotelo, por el hecho de alentar una dictadura, no debía morir en interés del propio régimen. De ello eran conscientes desde el Gobierno. No existen pruebas vinculantes acerca de la participación de este en la muerte del dirigente derechista. Sin embargo, las circunstancias de su muerte dicen mucho sobre la inminencia de un conflicto abierto y sangrante: Calvo Sotelo fue asesinado por guardias de asalto de la motorizada, una policia oficial creada por el gobierno de izquierdas para contrarestar el peso que el elemento reaccionario tenía en los cuerpos de seguridad del Estado, como la Guardia Civil. La guardia de asalto estaba formada exclusivamente por hombres de izquierda, algunos antiguos pistoleros, que servían al Partido socialista por medio del gobierno para acabar con el terrorismo falangista y anarquista y para hacer de fiel escolta a los dirigentes del partido (entre los asesinos de Calvo Sotelo estaba la antigua escolta de Indalecio Prieto). ¿Cabe pues responsabilizar al Gobierno del asesinato del líder de la oposición? Hay dudas acerca de si la orden de matarlo a él y a Gil Robles (el otro gran dirigente de la derecha, que consiguió evitar la muerte) procedió del gobierno o fue por iniciativa propia. La duda ha de inclinarnos a pensar que el Gobierno no tuvo nada que ver. No obstante, ello no es óbice para reconocer su responsabilidad por omisión al armar un cuerpo de seguridad politizado y radical que actuó por cuenta propia y, lo que es más importante, de acuerdo con los mensajes belicistas reforzadores de la violencia que constantemente se promulgaban por parte de miembros del Gobierno, e incluso de su primer ministro, Casares Quiroga, quien en su torpe y conocido discurso afirmó que el Gobierno debía ser beligerante contra quien se le opusiera. La responsabilidad del Gobierno alcanza también al sentimiento de impunidad de aquellos quienes cometiendo asesinatos y desmanes se veían impunes por el hecho de ser afiliados del partido del Gobierno o miembros de la policía política. Así, mientras falangistas y anarquistas eran detenidos y asesinados sin que se buscaran responsables, los verdugos fueron ganando confianza y eliminando a elementos civiles; patronos, derechistas moderados, gente desafortunada que estaba donde no debía cuando no debía. Aunque menor en número, no puede perderse de vista que parte de estas muertes eran represalias por muertes anteriores cometidas por falangistas en su casi totalidad, perdiendose la cadena de asesinatos en una espiral interminable de venganzas entre bandas rivales, una de ellas amparada por el estado y la otra perseguida. Sorprende ver el perfil promedio del terrorista o martir de Falange: estudiante de Derecho, señorito, menor de 25 años. Jóvenes resentidos con el terror rojo y a la vez fanatizados por una idea analoga, pero contradistinta, en la que no hay clases y ellos pueden ser el revolucionario en lugar del opresor. El infantilismo de los cuadros llega hasta su máximo dirigente, Jose Antonio, martir instrumentalizado posteriormente por el Movimiento. Cabe añadir que el movimiento no era en su origen falangista, ni monarquico, ni Carlista, independientemente de contar con la colaboración de todos ellos. Era simplemente la pura reacción; la contrarevolución. En ese escenario de degradación social incontrolable se fragua la guerra, que posteriormente mostrará los verdaderos rostros de quienes, en uno y otro lado, alentaban la discordia o se hacían complices de ella. La guerra elimina todo baremo moral: tras el golpe no hay ya buenos ni malos, sino la revolución marxista, que luego desembocará en dictadura comunista conservadora, contra la reacción antirevolucionaria, que mudará en un fascismo vago y desechable. En medio de ambos, pero cayendo irremediablemente de uno u otro lado, están los pocos que abominaron de la bajeza de la exaltación sanguinaria, pero que no pudieron o no supieron como evitarla. Dice un amargo Azaña sobre los de su propio bando: «Esto me fastidia; la irritación de las gentes va a desfogarse en iglesias y conventos, y resulta que el gobierno republicano nace como el 31, con chamusquinas. El resultado es deplorable, parecen pagados por nuestros enemigos».