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Azaña
Azaña, novela galardonada con el Premio Planeta 1973, no es un libro más sobre nuestra guerra civil. Es, ante todo, un extraordinario retrato del que fue presidente de la República española; retrato que, enmarcado en un contexto histórico documentado con minucia y rigor, trasciende el estricto valor biográfico para erigirse en creación literaria de primera magnitud.
Paperback
First published January 1, 1973
About the author
Carlos Rojas
142 books1 followerCarlos Rojas is Charles Howard Candler Professor of Spanish Emeritus at Emory University.
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Community Reviews
Displaying 1 - 6 of 6 reviews
June 25, 2026
Escrita como un diario en primera persona, esta obra se adentra en lo que pudieron ser las reflexiones y pensamientos de los últimos años de vida del presidente de la Segunda República Manuel Azaña. Aunque se trata de una ficción, puede tener mucho de realidad dado el pesimismo, agotamiento y marginación que rodearon al político en aquellos momentos trágicos marcados por la Guerra Civil, las rencillas y envidias republicanas, así como la desorganización y el uso de la violencia interna.
Desde el inicio Azaña fue muy pesimista con el resultado de la contienda; intentó por todos los medios llegar a un acuerdo de paz con Franco, pero ni el contexto internacional, ni la oposición interna se lo permitieron. En los últimos meses de la Guerra Civil Azaña se enfrentó al presidente de gobierno Negrín; este quería que la guerra continuara para ligarla al inminente nuevo conflicto europeo: ”Resistir es vencer”, y Azaña buscaba una paz que terminase con esa lucha fratricida. Cae por ello en el descrédito del gobierno, y por acción de este, de todo el bando republicano que lo califica de traidor. Rojas ilustra el ánimo abatido de Azaña al final de su vida; un personaje atormentado con un pensamiento inmerso en aspectos filosóficos y religiosos.
Si hay que ponerle algún “pero” a la obra, sería quizás la de adentrarse en exceso en aspectos morales, que no resultan tan interesantes para quienes únicamente buscamos una visión política del personaje. A parte de ello, la obra está escrita con un estilo muy correcto que justifica la dedicación de un tiempo de lectura, sobre todo para aquellos interesados en la historia contemporánea española.
Desde el inicio Azaña fue muy pesimista con el resultado de la contienda; intentó por todos los medios llegar a un acuerdo de paz con Franco, pero ni el contexto internacional, ni la oposición interna se lo permitieron. En los últimos meses de la Guerra Civil Azaña se enfrentó al presidente de gobierno Negrín; este quería que la guerra continuara para ligarla al inminente nuevo conflicto europeo: ”Resistir es vencer”, y Azaña buscaba una paz que terminase con esa lucha fratricida. Cae por ello en el descrédito del gobierno, y por acción de este, de todo el bando republicano que lo califica de traidor. Rojas ilustra el ánimo abatido de Azaña al final de su vida; un personaje atormentado con un pensamiento inmerso en aspectos filosóficos y religiosos.
Si hay que ponerle algún “pero” a la obra, sería quizás la de adentrarse en exceso en aspectos morales, que no resultan tan interesantes para quienes únicamente buscamos una visión política del personaje. A parte de ello, la obra está escrita con un estilo muy correcto que justifica la dedicación de un tiempo de lectura, sobre todo para aquellos interesados en la historia contemporánea española.
March 6, 2021
Azaña agoniza en su exilio en Francia. Desde allí va rememorando su vida, especialmente su carrera en el gobierno de la República de aquel país del que no puede recordar el nombre. Azaña se desdobla en dos hombres: el de la carne, lleno de terrores y egoísmo, y el del espíritu, que se limita a ser testigo de la tragedia de la guerra civil, sin juzgar a las personas e intentando llegar a un pacto cuanto antes con los sublevados. Delante de él y del lector pasan las miserias personales de gente como Negrín (éste especialmente) Companys, o las miserias institucionales del parlamento vasco, el partido comunista o la Generalidad. El bando republicano se desmoronaba por las luchas internas, y él siempre creyó que era mejor pactar que ir a una guerra que no era posible ganar.
Rojas traza una especie de autobiografía novelada de uno de los protagonistas indiscutibles del siglo XX en España. El propio protagonista nos cuenta sus ideas políticas, morales, religiosas, filosóficas, artísticas y literarias. El autor propone un texto en el que él habla por Azaña, Azaña habla por él, e incluso Azaña habla por Azaña, en una obra que referencia constantemente al Quijote en ese juego de personajes que se piensan y sueñan a si mismos, piensan y sueñan el mundo, y piensan y sueñan como un autor les pensará y soñará el día que decida escribir sobre ellos. Premio Planeta en 1973. La verdad es que me ha parecido muy interesante. Recomendable.
Rojas traza una especie de autobiografía novelada de uno de los protagonistas indiscutibles del siglo XX en España. El propio protagonista nos cuenta sus ideas políticas, morales, religiosas, filosóficas, artísticas y literarias. El autor propone un texto en el que él habla por Azaña, Azaña habla por él, e incluso Azaña habla por Azaña, en una obra que referencia constantemente al Quijote en ese juego de personajes que se piensan y sueñan a si mismos, piensan y sueñan el mundo, y piensan y sueñan como un autor les pensará y soñará el día que decida escribir sobre ellos. Premio Planeta en 1973. La verdad es que me ha parecido muy interesante. Recomendable.
January 18, 2026
El Azaña que construye Carlos Rojas no es un héroe ni un traidor, tampoco un icono de bando. Es algo más incómodo: un hombre lúcido en una época que ya no admitía la lucidez. Un ilustrado atrapado en una guerra donde la razón había sido expulsada por los instintos, y donde la política había dejado de existir para convertirse en violencia organizada.
Este Azaña cree —y lo dice sin ambigüedades— que ninguna causa justifica el exterminio del enemigo, que el odio engendra miedo, el miedo injusticia y la injusticia violencia. Defiende la cultura como memoria larga (el Museo del Prado por encima de la República y la monarquía juntas), desconfía del fanatismo revolucionario tanto como del fascista, y rechaza la mentira moral de la victoria a cualquier precio. Su pensamiento es coherente, éticamente irreprochable, intelectualmente brillante.
Y sin embargo, hay en él algo profundamente trágico: su verdad no sirve para ganar.
Azaña sabe muy pronto que la guerra está perdida. No por inferioridad moral, sino por descomposición política: una República fragmentada en cabildos, partidos, facciones, gobiernos paralelos, propaganda y luchas internas. La guerra civil dentro de la guerra civil. Frente a Negrín —que quiere resistir en nombre de los muertos— Azaña se niega a sacrificar a los vivos. Frente al bolchevismo latente, intuye que una hipotética victoria habría desembocado en otra forma de tiranía. Y frente al fascismo, rechaza convertirse en su reflejo invertido.
Pero ahí aparece el límite de su grandeza: Azaña es, en cierto sentido, un naíf. No porque ignore el mal, sino porque confía en que la razón, por sí sola, pueda contenerlo. La historia demuestra una y otra vez que no basta. Las huestes no sobreviven solo con lucidez moral; necesitan decisión, fuerza, incluso brutalidad. Churchill —autoritario, egocéntrico, reaccionario en muchos aspectos— fue necesario para frenar al nazismo. Neville Chamberlain, racional y conciliador, pasó a la historia como un cobarde. No porque tuviera menos razón, sino porque el mundo al que se enfrentaba no jugaba con las mismas reglas.
Azaña lo intuye, y ahí radica su drama. Está atrapado entre dos imposibilidades: no puede aceptar la barbarie del enemigo, pero tampoco la barbarie de los suyos. Su ética le impide cruzar ciertas líneas, aun sabiendo que quienes las cruzan suelen vencer. En ese sentido, su figura no es débil: es trágica. Pertenece a una estirpe que la historia suele devorar.
El libro de Rojas no idealiza ni absuelve. Muestra a un Azaña solo, agotado, consciente de que la ilustración —como toda ideología— también puede acabar en los patíbulos. Un hombre que habría preferido no nacer antes que vivir aquello. Un presidente sin poder real, rodeado de fanáticos, burócratas y estrategas de la muerte.
Leer Azaña hoy resulta incómodo y necesario. Porque cuestiona el relato fácil de buenos y malos, porque desmonta la épica retrospectiva, y porque recuerda algo esencial: la razón puede tener razón y, aun así, perder. Y cuando pierde, no siempre queda nada que redimir.
La historia, al final, no juzga las intenciones sino los efectos, y a menudo convierte en virtud lo que ayer parecía brutalidad, y en ingenuidad lo que entonces se llamó lucidez.
Este Azaña cree —y lo dice sin ambigüedades— que ninguna causa justifica el exterminio del enemigo, que el odio engendra miedo, el miedo injusticia y la injusticia violencia. Defiende la cultura como memoria larga (el Museo del Prado por encima de la República y la monarquía juntas), desconfía del fanatismo revolucionario tanto como del fascista, y rechaza la mentira moral de la victoria a cualquier precio. Su pensamiento es coherente, éticamente irreprochable, intelectualmente brillante.
Y sin embargo, hay en él algo profundamente trágico: su verdad no sirve para ganar.
Azaña sabe muy pronto que la guerra está perdida. No por inferioridad moral, sino por descomposición política: una República fragmentada en cabildos, partidos, facciones, gobiernos paralelos, propaganda y luchas internas. La guerra civil dentro de la guerra civil. Frente a Negrín —que quiere resistir en nombre de los muertos— Azaña se niega a sacrificar a los vivos. Frente al bolchevismo latente, intuye que una hipotética victoria habría desembocado en otra forma de tiranía. Y frente al fascismo, rechaza convertirse en su reflejo invertido.
Pero ahí aparece el límite de su grandeza: Azaña es, en cierto sentido, un naíf. No porque ignore el mal, sino porque confía en que la razón, por sí sola, pueda contenerlo. La historia demuestra una y otra vez que no basta. Las huestes no sobreviven solo con lucidez moral; necesitan decisión, fuerza, incluso brutalidad. Churchill —autoritario, egocéntrico, reaccionario en muchos aspectos— fue necesario para frenar al nazismo. Neville Chamberlain, racional y conciliador, pasó a la historia como un cobarde. No porque tuviera menos razón, sino porque el mundo al que se enfrentaba no jugaba con las mismas reglas.
Azaña lo intuye, y ahí radica su drama. Está atrapado entre dos imposibilidades: no puede aceptar la barbarie del enemigo, pero tampoco la barbarie de los suyos. Su ética le impide cruzar ciertas líneas, aun sabiendo que quienes las cruzan suelen vencer. En ese sentido, su figura no es débil: es trágica. Pertenece a una estirpe que la historia suele devorar.
El libro de Rojas no idealiza ni absuelve. Muestra a un Azaña solo, agotado, consciente de que la ilustración —como toda ideología— también puede acabar en los patíbulos. Un hombre que habría preferido no nacer antes que vivir aquello. Un presidente sin poder real, rodeado de fanáticos, burócratas y estrategas de la muerte.
Leer Azaña hoy resulta incómodo y necesario. Porque cuestiona el relato fácil de buenos y malos, porque desmonta la épica retrospectiva, y porque recuerda algo esencial: la razón puede tener razón y, aun así, perder. Y cuando pierde, no siempre queda nada que redimir.
La historia, al final, no juzga las intenciones sino los efectos, y a menudo convierte en virtud lo que ayer parecía brutalidad, y en ingenuidad lo que entonces se llamó lucidez.
May 18, 2026
Carlos Rojas se atrevió en 1973 a romper un silencio de décadas con este libro, metiéndose en la mente de Manuel Azaña cuando el personaje todavía era intocable en nuestro país. El argumento nos traslada al año 1940 en Montauban, Francia, para asistir a los últimos meses de vida del que fuera presidente de la Segunda República. La trama avanza uniendo sus momentos finales en la cama de un hospital con los recuerdos de su carrera política, dibujando a un hombre cercado por los médicos, el avance de los nazis y la tristeza de haberlo perdido todo en el destierro mientras intenta comprender por qué fracasó su proyecto de país.
Lo que más destaca del texto es el esfuerzo del autor por escribir usando las mismas palabras y el tono culto que el Azaña real plasmaba en sus propios ensayos. No vas a encontrar aquí peleas ni intrigas de despacho, sino una profunda charla con uno mismo sobre la soledad que da el poder y lo poco que vale la inteligencia cuando se desatan el fanatismo y las armas. El libro, que se llevó el Premio Planeta, hace un gran trabajo al devolverle la humanidad a un personaje histórico clave, ofreciendo una lectura ideal para captar la amargura del exilio y el dolor de ver cómo tu mundo se cae a pedazos.
Lo que más destaca del texto es el esfuerzo del autor por escribir usando las mismas palabras y el tono culto que el Azaña real plasmaba en sus propios ensayos. No vas a encontrar aquí peleas ni intrigas de despacho, sino una profunda charla con uno mismo sobre la soledad que da el poder y lo poco que vale la inteligencia cuando se desatan el fanatismo y las armas. El libro, que se llevó el Premio Planeta, hace un gran trabajo al devolverle la humanidad a un personaje histórico clave, ofreciendo una lectura ideal para captar la amargura del exilio y el dolor de ver cómo tu mundo se cae a pedazos.
May 8, 2023
Lectura imprescindible hoy en día, pues mientras lo estaba leyendo, el gran Tribunal Supremo de esta gran democracia llamada España, dice que "penaliza la exhumación de Franco, por interés general del que fuera jefe de Estado, desde Octubre de 1936". Sí, desde Octubre del 36. El legítimo jefe militar será nombrado, muy democráticamente, en una reunión de los altos mandos militares que se habían alzado en armas contra el legítimo gobierno. Todo muy legal para el Tribunal Supremo. ¿Qué garantía de justicia tenemos en este país cuando así se pronuncia el Tribunal Supremo? ¿De qué sirvió que se muriera el dictador si las instituciones siguen podridas y rezumando dictadura franquista?
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May 16, 2018COMPRAR
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