Mi tío el empleado relata la historia de don Vicente Cuevas, que llega a Cuba de España a bordo de un bergantín, sin más carta de presentación que una recomendación del señor marqués de Casa Vetusta. La novela es narrada por el sobrino de Vicente;y denuncia cómo los funcionarios de la colonia se corrompen y enriquecen. El relato transcurre entre sórdidas oficinas, en el lujo grotesco de los advenedizos y oportunistas. Martí dijo que su estilo es tan preciso que parece una hoja de espada a la vaina.
Todo lo relativo a una literatura nacional es un equívoco. Y un asunto de "voltereta funambulesca" y "desbarajuste", para decirlo con el primer Lorenzo GV. Lo digo por la forma en que se ha encumbrado a esta obra y no precisamente como síntoma elocuente de la ausencia de una tradición novelística insular, sino por todo lo contrario, para intentar dotar de sentido a una de las muchas "nadas" en la que está cimentada una cultura.
La pregunta aquí sería: ¿qué demonios le sucedió a Ramón Meza entre las partes primera y segunda de la novela? La novela está en la primera parte. Es ahí donde el autor narra para un lector futuro. La segunda desmerece por completo las ganancias, los avances de la primera.
La primera es toda frescura, humor, ojo crítico. La segunda es un insufrible paginado de descripciones alambicadas, diálogos tontorrones, humo melodramático y donde para colmo ha cambiado el punto de vista. Ya no narra la voz del sobrino, sino que ahora ha aparecido un narrador omnisciente que apenas en el penúltimo capítulo da paso de nuevo, por unas tres páginas, al sobrino, quien de modo atropellado intenta recuperar para el lector el vacío nunca aclarado de la biografía del tío entre el momento en que sale de Cuba y su posterior regreso a La Habana.
En esta edición cubana que leo, llena de descuidos y erratas (como corresponde a un país para el que la práctica editorial internacional no es sino un ruido extraño), aparece un apéndice con varios ensayos sobre la novela. Al margen de lo escrito por José Martí, Lezama Lima y Lorenzo GV, entre otros, hay una caterva de ilegibles "investigadores" que han hecho llover aguaceros de mediocre tinta sobre una novela que en su conjunto sería un bodrio, si no fuera por esa primera parte.
Uno de esos ensayos ni siquiera es sobre Meza, sino sobre el artículo que escribió Martí sobre la novela. A mí me trae bastante sin cuidado lo que en su momento pensó Martí de esta novela, en tanto Martí es otra invención de cierta noche cubana, como queda corroborado en ese ensayo. Si esta novela es o no una caricatura de la vida colonial, o si es más o menos naturalista o malcopiaba a Balzac me deja tan frío como saber que el carácter de Meza no era muy fuerte o que era amigo de Casal. Martí fue, al cabo, un lector más, dado a buenas y malas lecturas o "interpretaciones" de acuerdo con sus aciertos y carencias, y estas últimas puede que no fueran pocas.
El desafío de un escritor reside en escribir para un lector futuro. Por supuesto que es un absurdo (un absurdo hermoso, quede dicho), pues una empresa de tal naturaleza supera con creces los presupuestos de cualquier autor. Es algo que escapa a su control porque la fisonomía de ese lector es indefinible por naturaleza. Pero a veces se logra y cuando se logra, a pesar incluso de las carencias de ese lector futuro, sabemos que ese alguien escribió para nosotros.
¿Otras novelas divididas en dos partes donde una sobresale por sobre la otra? Ahora mismo se me ocurre aquella que perpetró Heberto Padilla en los años 80, ya exiliado, y que se llamaba En mi jardín pastan los héroes, y de la que merece recordarse su prólogo. Es una reseña breve de Alejo Carpentier, aquí incluida, la única que pone el acento donde va: una novela mala, y Meza un "narrador inhábil".