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444 pages, Paperback
First published January 1, 1991
Fue caminando a lo largo del mercado. Sentía el olor de fruta, el olor del agua en el suelo, el olor de una suave y acre mezcla de cestos, ceras, semillas. Hombres casi desnudos, morenos, sudorosos, cargaban cajas, bolsas, o conversaban en grupos, comiendo fruta. Sintió que eran algo suyo; que podía mirarlos, sonreír ante todos, extender la mano hacia ellos, lejos, y tocarlos como un corazón suyo, como un secreto de la vida. Conocía los rostros de la Costa Grande, los rostros de los indios, de los vendedores, de los compradores. Sentía que ese momento en el mercado de Acapulco era como atravesar una luz que lo hacía ver con mayor claridad su sensación, su verdad de pertenecer a ellos. Sentía que su vida se dilataba como su nariz, oliendo la multitud. Y las naranjas, y los nanches, y las pitayas, y los plátanos, y los mangos, colocados en hileras de puestos con sus colores propios. Fruta que había visto desde niño en El Porvenir, que había llevado con su abuela cuando la acompañaba a cambiar pan por pescado, por carne, por esa fruta. La había visto en Cayaco, junto al amplísimo río que contemplaba de niño horas enteras, como si su inmenso cauce, su interminable horizonte, más interminable aún para un niño, fuera el descubrimiento de la tierra, del mundo.
De El Porvenir recordaba cafetales, lianas, encinos, amates; el mundo como el cercano muro verde que los rodeaba a cada paso. Era más bien un interior, algo siempre por dentro, por donde se atravesaba de un pueblo a otro. Al llegar a lo alto de un cerro, entre el vuelo de los pericos, de los cuervos, de las torcazas, a veces despejaban las frondas y bajo un inmenso cielo se deslizaban intensas, impacientes, las cumbres de la cordillera de Atoyac: inmensos montes oscuros, inmensas cavidades de sombra, de verde. Pero no las veía entonces como inmensidad, sino como el techo de árboles, de maizales, de cafetales, que atravesaba con su abuela, o que muchos niños como él atravesaban con sus padres a diario, sin ver dentro de esas montañas más que el espacio verde que se abría a cada paso, no más allá, no más lejos, sólo el instante inmenso de los árboles, no como fue después ante el río en Cayaco.
A la orilla de ese río, interminable, rodeada de palmeras esbeltas y altísimas, de ahuejotes y timuches, de platanales, sentía de niño la distancia, el mundo abierto. Ahí había aprendido a mirar lo que no era él, lo que podía ser todo lo otro que no era él y por la carretera pasaba el mundo que él no entendía, ese mundo que tampoco era de los niños de El Porvenir, ni de El Camarón, a donde llegaba con su abuela caminando cada semana.