A través del cuento, la crónica o el diario personal, once escritores latinoamericanos dan cuenta de un mundo sin duda signado por el tabaco y sus figuras.
Con estilos diversos pero en absoluta sintonía, recorren con perspicacia aquello que rodea al acto de fumar, las relaciones entre fumadores y no fumadores, sus miradas.
Mitos, supersticiones, ritos y sinsentidos; amor, tortura y masoquismo; la búsqueda de la identidad y el estilo propio; esa figura paterna que fuma y se admira; los intentos por dejarlo; la prohibición de fumar y la pérdida de la gestualidad; la política, la normalidad y la marginalidad son solo algunos de los temas en torno a los cuales se construyen estos textos, un punto de despegue hacia la hilaridad, el extrañamiento, el recuerdo, el deseo. A modo de epílogo, un bellísimo poema de Fernando Pessoa.
Un atado de relatos imperdible que conjuga la maestría de los ya consagrados y la frescura de las nuevas voces.
Damián Ríos (1969, Entre Ríos) es escritor y editor. En narrativa publicó la nouvelle “Habrá que poner la luz” (Edic. del Diego / Mansalva). En poesía publicó “La pasión del novelista”, “De costado”, “El perro del poema”. Próximamente publicará “Como un zumbido” (Edit. Gog y Magog). “El perro del poema” fue traducido al alemán. Como editor se formó en Ediciones del Diego (1998-2001). En 2002 cofundó y ocupó el cargo de Director Editorial de Interzona Editora. Actualmente co-dirige el sello Blatt y Ríos con Mariano Blatt.
No sé, no sé, no me gustó. Creo que encuentro muy débil el vínculo entre relatos: todos tienen algo que ver con el tabaco. ¿El tabaco es el aspecto central de los cuentos? No necesariamente. ¿El tabaquismo, las dinámicas de la adicción? Uhm, tampoco. En realidad pareciera que los une el hecho de que en algún momento de cada relato aparece un cigarro. Y eso ocurre con mayor o menor frecuencia, y cada relato puede tratarse más o menos de dicho cigarro o no. Quizá fue una buena idea, entre editores fumadores, y luego se habrán dado a la tarea de hacer la selección y encontraron que no era particularmente fértil y siguieron adelante. Y el resultado es una selección de relatos que no son especialmente malos ni especialmente buenos, pero en todos sale al menos un cigarro. Y pues bueno, así es la vida del antologador.
Estuve muchísimo tiempo buscando este libro por el relato "Para dejar de fumar" de Hebe Uhart que me gustó por su siempre acertado humor sobre la vida cotidiana y ese extrañamiento cómico que le encuentra a cada una de las cosas; en este caso, a los grupos de autoayuda para lo que sea. Me sorprendió y amé "Los ojos de tu perro" de Mónica Müller, cómo crea un relato redondito a partir de los detalles, cómo va hilando cada uno de ellos con la visión puesta en los gestos y en las anécdotas del padre, la mirada es hermosa. "Química y tabaco" me causó una especial ternura con la relación entre tabaco y lectura, las adicciones y las personalidades, el querer y el humo. Junto con "Kirchner, una vida" (y hasta ahí) y "Marlboro light" de Mario Bellatín podría decir que esos son los únicos textos que realmente hablan del "arte" de fumar, de la cultura del tabaquista, del mercado tabacalero con un intenso catálogo de marcas y sensaciones. En el resto, el pucho es una línea, una excusa, una palabra que anda por ahí dando vueltas y que no tiene tanto lugar para semejante título de antología como "Vagón fumador". Sin embargo, los que están buenos, son muy interesantes.