Una mujer con mellizos recién nacidos y un matrimonio fracturado revisita un pasado en el que confluyen los recuerdos de su hermano enfermizo, las pescas milagrosas de grupos armados en el Caribe y el inicio de su menstruación en una casa en donde su conexión más honesta es con la empleada de servicio. Paralelamente, las evocaciones que hace del agua en sus distintas formas –del río Magdalena, de los arroyos que se apoderan de la ciudad, de las ciénagas y mares cercanos– revelan una de las caras más oscuras de la crisis climática y los supuestos procesos de desarrollo en esa geografía colombiana.
Con una escritura poética y precisa, Daniella Sánchez Russo nos adentra en un mundo tan familiar como enrarecido, en el que los pactos de clase y de la feminidad normativa son quebrados; y en un Caribe que seduce a pesar de su decadencia.
Este es de esos libros que voy a tener que volver a leer para asegurarme de que entendí y capté todo lo que pasa. La prosa es divina y transmite maravillosamente el Caribe colombiano desde la perspectiva de una familia privilegiada: su percepción, miedo y quizá hasta morbo por la violencia a su alrededor. Mi única crítica es que son demasiados hilos en un solo libro. Quería más sobre Irene y el misterioso grupo de los Perros, más sobre Federico y su personalidad enfermiza, más sobre Luzmila y sus historias...no amé el salto temporal, porque aunque la Irene adulta también me interesaba, sentía sus capítulos como una intrusión en la otra historia que estaba disfrutando. Fuera de eso me parece un libro maravilloso, atmosférico e intrigante, lo ví descrito cómo gótico caribeño y concuerdo plenamente.
Que gran poder trae este libro. En esta novela, no sólo hay palabras; la lectura se entremezcla con todas las texturas, olores y sabores del caribe colombiano, desde lo cristalino hasta lo turbio. Es impresionante sentir como la vigilia de Irene nos va revelando, a través de recuerdos que fluyen por el agua, la sangre y la leche, las memorias de un país oscuro, denso y violento. Que librazooo!!! 👏🏽👏🏽👏🏽
Jugar con el lenguaje y soñar despierta: entrevista a Daniella Sánchez Russo sobre Vigilia Por: Juan Camilo Rincón. Periodista, escritor e investigador cultural.
En Vigilia (Tusquets), su primera novela, la escritora y doctora en Estudios Hispánicos de la Universidad de Pensilvania Daniella Sánchez Russo nos entrega una narración donde las mujeres sueñan para escapar. Irene, madre primeriza de dos mellizos encerrada en un matrimonio que está por romperse, y Luzmila, encargada del servicio doméstico de su casa durante décadas, hilan una relación de complicidad y ensoñaciones que les permiten reflexionar sobre el presente y pensarlo de nuevas formas. La narración se desliza además entre cuerpos de agua donde aparece violencia de las llamadas “pescas milagrosas” en los años noventa, y el agua como espacio poético que lava y descarga el peso de la vida familiar, los recuerdos de la niñez de Irene y la compleja relación con su hermano. Su vida transcurre en un Caribe clasista de discriminaciones y violencias políticas, donde la realidad de los hogares adinerados se desconecta de las necesidades reales de sus habitantes. Hoy, una entrevista a la autora como abrebocas a su presencia en el Hay Festival Cartagena 2023.
Su novela se llama Vigilia pero hay muchas historias que nacen en los sueños. ¿Cuál fue la intención? El título lo tenía desde hace muchísimo tiempo; de hecho, fue la recomendación de un compañero en la Maestría de Escrituras Creativas que cursé en la Universidad de Nueva York para una primera versión de Vigilia. La novela fue cambiando mucho con los años, en parte porque tuve el tiempo de reflexionar sobre lo que ese título azaroso o destinado a ser podía significar para la historia. Aunque la vigilia denote un estado de alerta, un estar absolutamente despierto, quería que este sentir de extrema vigilancia estuviera presente incluso en los sueños de la protagonista, sueños que hacen eco directo a lo que le sucede en su día a día. En ese sentido dejan de ser estrictas las fronteras entre el sueño y la vigilia, entre el dormir y el despertar, aunque debo decir que, por supuesto, narrar los sueños invita a un imaginario de imágenes que el pacto de verosimilitud de Vigilia no permitía. Por ejemplo, en los sueños que suceden en la novela se trabajan distintas versiones de la casa de Irene, cuya atmósfera no sería habitable por seres humanos, o una en que la arquitectura de la casa es imposible.
Un concepto muy llamativo en la novela es el agua que, incluso cuando está quieta, tiene un significado que le subyace. ¿Por qué es tan importante para Vigilia y para usted? Habiendo crecido en el Caribe el agua se volvió un elemento con el que estaba en contacto más allá de las necesidades básicas. Podía ser un elemento que tomaba una forma imponente en el río Magdalena o el mar Caribe, casual en las diferentes piscinas que plagan la zona, tranquilo en las duchas largas que tomaba por el calor que hacía. En Vigilia busqué experimentar con una poética del agua que ayudara a generar una atmósfera del Caribe que me posibilitara transmitir las diferentes formas y movimientos que el agua asume en la región. El agua es, además de un elemento propicio para generar alegorías acerca del lugar donde se ubica la novela, un motor para proyectar la vida emocional de los personajes y, con esto, el tránsito mismo de la novela, debido a que permite pasar de lo claro a lo turbio, o de lo ligero a lo denso, o del movimiento (por ejemplo en los ríos) a la quietud (por ejemplo en estanques).
Usted hace una especie de cuestionamiento de la infancia que socialmente sigue siendo idealizada… Estos días me preguntaron por la memoria dentro de Vigilia y es curioso porque nunca hice una reflexión abierta sobre eso mientras escribía, esto aunque buena parte de la novela resultó ser un ejercicio de cómo se construye la memoria de la infancia. Usualmente tenemos poco acceso a este periodo de nuestras vidas. Hablamos de la infancia por medio de destellos que nos llegan como de otra parte, o porque poco a poco se arma una narrativa de la infancia por lo que dicen nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros tíos y cuidadores: “hacías esto, te gustaba comer esto, decías estas palabras”, o por fotos. Siendo de tan difícil acceso la memoria infantil, al leer Vigilia, una novela repleta de recuerdos hiperrealistas del pasado de su protagonista, el lector puede entender que la primera persona está fabricando estas memorias, y que las está fabricando para ver si hacen eco con el presente, y preguntarse si a través de esta memoria infantil puede desatar los nudos que no está logrando desatar en su día a día. Lo obvio con que está trabajando sobre sus recuerdos puede comprenderse en un capítulo en que nos indica: “todo esto que recuerdo podría ser mentira; el asunto me preocuparía si estuviera buscando la verdad”.
También plantea esto de dar vueltas sobre el pasado para construir un presente o para justificar por qué estamos en este punto, y para eso hace una serie de cambios de historias. Yo trabajo la primera persona de Irene en dos tiempos: su presente, narrado en pasado, un presente en que su matrimonio se ve puesto a prueba y en que está estrenándose como madre; y trabajo una época pasada, su adolescencia, desde el presente, como indicando que ahí están las claves que Irene necesita para entender la insatisfacción en que ahora se halla. Ahora bien, dentro de estas dos narraciones de Irene vamos encontrando historias que se repiten, con distintas variaciones. No son errores, por supuesto, sino maneras de jugar mientras se escribe, maneras de insertar también al lector en el juego que es la escritura. También me encuentro en modo de juego cuando hago que en ciertas escenas los personajes de Vigilia transformen su personalidad de forma repentina. Por ejemplo, cuando Federico, un niño enfermizo, amoroso, ultra dependiente, insulta a Irene hacia el final de la novela, y lo hace con fraseos que parecen de adulto. Me gusta sentir que la literatura y los personajes de ficción tienen esa plasticidad: uno puede llevarlos a ciertos extremos y traerlos de regreso a su esencia en un instante.
Como periodista usted ha escrito textos de no ficción y también produce en el mundo de la ficción. ¿Cómo pone en diálogo ambas perspectivas narrativas en esta novela? Hay muchas partes donde se pueden ver las facturas del periodismo en Vigilia. En muchos momentos Irene habla casi como si ella fuera un archivo periodístico. Hay una escena donde ella va con su esposo y sus dos niños a la playa; mientras van saliendo de la ciudad y se adentran a una zona más rural antes de llegar a Sabanilla, ella empieza a decir que hubo como en realidad ocurrió una época hace veinte años cuando se empezaron a encontrar cuerpos que terceros ahogaban y que después dejaban tirados a los lados de la carretera, e indica que cada semana salían noticias en el periódico relatando estos hechos, pero que eran noticias pequeñísimas, perdidas entre la sección judicial. Rememorando cosas del tipo, Irene se convierte en una especie de ventrílocuo para que ingrese el archivo periodístico. Hay otras partes en donde la mamá de Irene comienza a crear una especie de archivo de las pescas milagrosas de la ciénaga, al recortar las noticias que salen en los periódicos y pegarlas en cartulinas en donde agrupa la información. Estas noticias recortadas después las lee en voz alta a su familia y esos pedazos que lee en voz alta son, de hecho, apartados literales de artículos que se publicaron en los noventa en periódicos locales como El Heraldo. Son tres, cuatro oraciones repartidas en diferentes partes de la novela que hacen que el lector, sin que lo sepa, pueda acercarse al tono que se manejaba en la época.
¿Cómo hará presencia el periodismo en sus novelas futuras? Siento que mi ficción seguirá relacionándose con el periodismo atendiendo a historias que sí sucedieron, que tuvieron relevancia local y nacional, y que puedo introducir en la atmósfera de la novela casi que naturalmente. Eso me encanta porque convierte una parte de la novela casi que en una radiografía de nuestra sociedad. Pienso que el periodismo nos ayuda muy bien a entender y a tener una memoria de quiénes hemos sido como país. A mí no me gusta el trabajo del periodismo como tal, de mesa, entregar todos los días un artículo de mil quinientas palabras… no le voy a rendir culto al periodismo así. Se lo voy a rendir, más bien, dentro de la ficción, como mecanismo de esta. Pero siempre voy a meter todos los disfraces posibles para que la relación entre periodismo y literatura no parezca tan directa.
Sobre el tema del servicio doméstico, que usted trata en la novela y que está estudiando ahora, ¿qué puede hacer la literatura para sostener conversaciones al respecto? Ahora estoy examinando el servicio doméstico en la literatura latinoamericana desde los años cincuenta hasta ahora, y encuentro un eco muy fuerte entre cómo progresa históricamente y cómo se ha representado el tema en la literatura. Por ejemplo, en los cincuenta uno se encuentra con empleadas del servicio doméstico dentro del mundo de la hacienda que están viviendo con las mujeres que están por casarse. En El obsceno pájaro de la noche de José Donoso, que es su gran novela, Inés, la protagonista, tiene una nana mapuche que se llama la Peta Ponce y ellas dos conviven todo el tiempo de una forma casi sexual, en una relación muy extraña. ¿Qué nos está dando a entender esta sexualidad? Pues la cercanía que nace de una relación obscenamente interdependiente. En los años sesenta, cuando Lispector trata el tema con La pasión según G. H., por ejemplo, la empleada doméstica ya no tiene ese tipo de relación con la patrona porque la casa aristocrática que deviene burguesa lleva años cambiando. Ya no estamos en el campo sino en la ciudad; las empleadas entran y salen de trabajos domésticos que ahora tienen un tinte más informal e impersonal. En Vigilia, que sucede en el Caribe, la relación con la empleada doméstica aún tiene un rezago colonial demasiado fuerte. Para mí esta relación de Luzmila se distancia de la relación de los sesenta que presenta Lispector porque el Caribe no pacta los mismos contratos de modernización que las urbes latinoamericanas. Usualmente la periferia está atrasada en la forma de relacionarse entre las clases sociales. Para mí era importante mostrar que en este caso, en el Caribe de los noventa, todavía teníamos una forma de servicio doméstico muy parecida a las décadas anteriores de São Paulo, Santiago, Bogotá. Mi nueva novela trata sobre una secta que tiene vida en el presente y se traslada geográficamente de Barranquilla a Bogotá. Si en algún momento en esta nueva novela vuelve a surgir el tema del servicio doméstico, dudo que se parezca demasiado a las relaciones laborales presentes en la casa de Vigilia. Probablemente señalaría relaciones impersonales, con mujeres que entran y salen de distintas casas, aún con contratos laborales precarios, pero sin la dependencia de otros tiempos.
Al ver mi feed se dan cuenta de que me encanta leer escritores colombianos emergentes, sobre todo, a las mujeres jóvenes que están escribiendo la historia de nuestro país desde una óptica muy interesante y un lugar muy merecido.
Es por esto que me lancé a leer este libro. Pensé que me iba a encontrar con una gran historia (como esas que se vienen escribiendo), pero no. Empezó muy bien, eso sí.
Es de esos libros en los que al pretender abarcar muchos temas, se pierde la historia. En un ir y venir, entre el pasado y el presente, son tantos elementos que al fin no se sabe de qué va la trama. Quedé con la sensación de haber leído retazos que finalmente no se tejieron. Y el final descontextualizó aún más la lectura.
Me gustó cuando Irene, la narradora, cuenta cómo está siendo el final de su matrimonio con Tomás. Esas fueron las partes más interesantes.
Me encantó. La forma en que la Luz, la sombra, el agua, los arroyos, las crecientes… forman parte de lo limpio y lo sucio, se equilibran con esa luz y esa oscuridad.
Amé la historia de Daniela, me identifiqué 1.000% con Irene, la protagonista, amé la forma en la que se crea ese vínculo con la empleada del servicio y cómo es tan respetuosa de esa unión tan única y pura.
Una novela excelente sobre los recuerdos y el ejercicio de intentar reconstruir la memoria. Con una prosa muy bella y una reflexión acerca de la niñez en medio de un periodo violento de la historia de la violencia colombiana en un hogar que no se ve afectado de manera tan directa por el conflicto.
Spoiler: La manera como sugieren los elementos insólitos (relacionado con el aquelarre y las brujas) me pareció excelente.
Una prosa muy melancólica. Toca muchos temas interesantes, a manera de crítica o denuncia, pero quedan enunciados y no se desarrollan, el cuidado, el servicio doméstico, la masculinidad, la infidelidad, el especismo, el conflicto armado, etc. Es interesante, pero avanza lento, mi sensación es que busca abarcar mucho en una misma historia.