Existe una figura ambigua, a medio camino entre lo militar y lo civil, que no se terminó de definir hasta hace poco: el ingeniero. Este libro es una exploración fascinante de su papel central en la forja del Imperio español. También es una celebración de la curiosidad humana, del ingenio y de la sorprendente capacidad de adaptación de unos profesionales que no se limitaron a trasladar los postulados europeos, sino que se empaparon de los nuevos espacios hallados en ultramar y los admiraron.
La formación de un imperio requiere una reestructuración del paisaje con fines administrativos así como la vinculación de comunidades dispares en una sola entidad política por medio de infraestructuras. En el Imperio español, que se fijó en el romano como modelo, los ingenieros dirigieron obras públicas clave para lograr eficacia económica e integración social y cultural, pues facilitaban las comunicaciones y la salubridad y proporcionaban lo necesario para la defensa. Además, tuvieron que trabajar en un territorio extraordinariamente grande, con fronteras indefendibles y rutas vulnerables, o con recursos distribuidos de manera muy dispersa. Además, lo hicieron en un contexto de escasez financiera debida a las crisis económicas y las guerras dinásticas imperiales, dentro de un proceso de expansión tan agotador como asombroso.
Felipe Fernández-Armesto y Manuel Lucena Giraldo exploran la actividad de los ingenieros a partir de un sinfín de atractivas historias, siempre bien contadas, y ofrecen una visión muy singular de la construcción del Imperio español, con sus virtudes y extraordinarios logros.
Un apabullante registro de hechos, personajes, datos y bibliografía sobre la labor civilizadora, en el sentido estricto, del imperio español en América y Filipinas. Tomando como ejemplo el imperio romano y persiguiendo la evangelización y adhesión de todos los indígenas al imperio, la corona española dedicó ingentes recursos a la construcción o mejora de los caminos, puertos, saneamiento o abastecimiento, casi siempre con respeto a lo que ya habían civilizado mexicas o incas, fijándose muy bien en los materiales usados ancestralmente por los indígenas, en el caso de los caminos. La labor constante de los técnicos e ingenieros militares durante 3 siglos, de manera anónima en la mayoría de las ocasiones, a través de las comunicaciones logró una cohesión asombrosa entre territorios, dando a la América Española un carácter inesperado si tenemos en cuenta los condicionantes geográficos. Virreyes y gobernadores, en ocasiones, tuvieron que luchar contra oligarquías locales que veían las mejoras como amenazas a su posición económica, como ocurrió con el canal al río Magdalena en Cartagena. Fundaciones de hospitales o escuelas en cada ciudad también eran vistas con recelo y sin embargo el impulso de la corona no cejó en ningún momento.
Comparar el desarrollo del imperio español con otros posteriores resalta la magnífica obra durante un periodo mucho más extenso que el de ningún otro país. Mención aparte merece el capítulo de los misioneros (franciscanos, jesuítas o dominicos), en permanente lucha con funcionarios y aventureros carentes de empatía por los indígenas, la labor humanitaria de estos hombres verdaderamente santos no tiene igual en la historia. En suma, estamos ante un gran libro que te abre la mente a personas y acontecimientos históricos vistos desde la acción humana contra la naturaleza y no desde las grandes declaraciones o los fríos textos oficiales.
Le doy una estrella por no poder darle media. Este insufrible ladrillo es tan estéril como los manuales de Historia más secos que se hayan escrito. Además de un nivel de detalle excesivo, el libro habla de todo menos de los ingenieros. En el devenir de este lado del imperio español, ocurrieron suficientes anécdotas, cargadas de humor, ironía, felicidad y tragedia, todas ellas ilustrando el carácter humano y profesional de los miles de ingenieros que colaboraron para que la América española fuera lo que fue. Ninguna de esas historias las va a encontrar en este libro. Las disputas entre autoridades eclesiásticas y militares, por un lado, y el criterio técnico y profesional de los ingenieros que construyeron fuertes, caminos y acueductos, era terreno fértil para este libro. Los autores se las arreglaron para no incluir, no ya analizar, ninguno de estos dramas de profesionalidad versus fanatismo y avaricia. Una obra monumental, un gigantesco obelisco de aburrimiento, por parte de los lectores, y autocomplacencia por parte de los autores. Pase del libro sin tocarlo, es mi recomendación.
Extensa obra donde se pormenoriza muchas infraestructuras realizadas durante el imperio español. Se explica las diferencias entre la colonización española y la de otros países desde el punto de vista de las obras realizadas por ingenieros. Va a contracorriente de la tendencia actual de destacar lo malo del descubrimiento y olvidarse de lo mucho bueno que se hizo. El libro es excesivamente riguroso y detalla en exceso todas las infraestructuras. Contiene 50 hojas de bibliografía.
No puedo darle buena puntuación a este libro a pesar de que es muy informativo e interesante.
Los dos primeros capítulos son horribles: en el mismo párrafo es capaz de saltar de sigloy de lugar del mundo. No cuenta realmente ninguna historia y resulta difícil de seguir.
Es verdad que después de esos capítulos el libro mejora.