¿A qué puedes aspirar cuando todo lo que te rodea es polvo?
Un polvo pegajoso y mudo que cuenta las verdades que la conciencia calla...
En Desolación las almas hacen honor a su nombre, vagando por los caminos, entre los sueños rotos de un pasado repleto de escombras y un futuro que parece agotado de esperar.
Allí se esconde un secreto a voces, una antigua maldición, también pasiones ocultas y horrores que aparecen de noche y se ocultan con la llegada del día.
Y cuando los secretos ven la luz hay que elegir: enfrentarse o huir, aceptar la lucha por cambiar el destino impuesto. Convivir con los fantasmas o dejar atrás la estela de los muertos y tomar las riendas de la propia existencia.
Pero ¿a qué se puede aspirar cuando ni siquiera tu propia sombra te acompaña?
Si el reloj de arena comienza su cuenta atrás... y la tinta envejecida de un antiguo libro se convierte en el filo oxidado de una guadaña que no quiere dejarse ninguna cuenta sin saldar.
Quienes conozcan a C.G. Demian por sus novelas y relatos más irreverentes se llevarán una tremenda sorpresa aquí. «Sombras de arena» se arremolina en conceptos como la soledad, el anhelo, el tiempo y, sobre todo, la sombra. Anclándose en una población rural, el autor logra dibujar una historia a dos niveles. Por un lado, la evidente de sus personajes y las vivencias que les suceden. Por otro, la lóbrega sensación que se cierne sobre ellos y de la que se nos hace partícipes. Muy recomendable historia de una imposible huida hacia adelante.
Sombras de arena es un libro ideal para leer del tirón. Está muy bien escrito, sin paja, directo a los acontecimientos que importan en una historia, sin adornos para rellenar páginas. No voy a hablar mucho del argumento para no destripar, pero diré que la historia transcurre en una aldea argentina, donde el timpo parece haberse parado y las oportunidades haberse perdido. Hasta el nombre de la población me parece genial. En ese sitio, donde todo transcurre sin muchas novedades, hay, por un lado una familia que cae en desgracia, y por otro una pareja de jóvenes que sueñan con cambiar las cosas. Todo gira en torno a un inquietante libro que pertenece a la familia de la chica. No cuento más. Aunque dista mucho de lo que el autor acostumbra a escribir, recomiendo la novela. Imagino que se está haciendo mayor y ha decidido apostar por otro estilo. O no. Yo creo que no, que CG Demian puede escribir lo que quiera, porque lo hace muy bien.
Al grano; esta novela funciona por triángulos de personajes: Ángela, Alejandra y Emilia por un lado, llenas de pérdida, de dolor, de una pizca de inocencia, de inminencia tras el fenecer de Evaristo, su nexo. Nicolás, Valeria y Látigo, cochero de la diligencia que comunica Desolación (ese pueblo que es un grano de vida extraviada en el desierto) con el mundo civilizado. Y especialmente el vinculo creciente entre Nicolás y Valeria, jóvenes, exuberantes en sus anhelos, valientes, determinados. Polos opuestos estos dos triángulos que resultan en el motor de la novela; uniones inescrutables. Los demás, incluyendo al alcalde (que asume sus funciones con pesadumbre) o al resto del pueblo y familiares, son personajes de una obra de teatro puestos ahí para perpetuarla durante eones, ellos y sus abuelos y sus nietos. Hasta que algo se rompa, hasta que algo cambie donde todo es inmutable y entonces cada uno deberá mirar dentro de sí, en introspección, para conocerse y reconocerse asumiendo la verdad, en caso de ser capaces y recordar cómo hacerlo. Porque la muerte de Evaristo hace que el pueblo, por número de habitantes, se quede sin la diligencia, su cordón umbilical, la última posibilidad de comunicación, de fuga y exilio, de retorno para los pocos que pudieron salir, de visita e interacción con el mundo exterior, para ellos cuasi extraterrestre.
El pueblo comprimido, claustrofóbico, Desolación, con su atmósfera de inmovilismo, de nacer y trabajar y parir y morir y no soñar para no romper el ciclo. Desolación tiene algo que contar, un secreto que todavía no conocemos, como tampoco la mayoría de sus habitantes, y que la novela desgrana poco a poco y con tiento, pues la sombra se cierne y va cerrando su presa… Porque el miedo y la sombra son otro binomio con el que cargan los personajes que despiertan a la verdad, pues los adultos la soportan estoicos o ya la han olvidado en este encierro generacional por los siglos de los siglos.
Si debiere realizar una sinopsis de la obra sería tal que así: Evaristo muere y su mujer Emilia queda desolada, haciéndose su hermana, Alejandra, cargo de ella y su locura ascendente como lastre de ambas. Esa muerte va a desencadenar la ruptura del ultimo lazo de Desolación con el resto de la humanidad, quedando perdida entre el polvo del desierto y la sombra que la cubre. Esa última esperanza era Látigo y su diligencia, la cual alimenta los sueños de Nicolás, adolescente que fabula con escapar de este pueblo moribundo y maldito de la mano de su inseparable Valeria. Pero ese fallecimiento, y el descubrimiento de cierto libro, darán paso a una amarga verdad y a una sucesión de eventos que pueden acabar mal para todo y todes.
La novela, una suerte de costumbrismo rural con horror incipiente, posee una prosa que encandila y atrapa cual telaraña a la mosca, reverberado en contundente melancolía con expresiones pasadas y presentes (ojo, el terror es tan sutil como los resquicios de la llama de una vela que se agosta, para que no dé lugar a error la definición).
En el otro lado de la balanza uno de los problemas de este manuscrito, y de muchos otros, es que la voz de los personajes (sobre todo de los dos jóvenes, que debieran pensar y expresarse diferentes) es muy semejante a la voz narrativa. No posee excesiva caracterización, aunque sí una idiosincrasia muy marcada, pues los protagonistas están elaborados al detalle y con mimo en forma y fondo (por hilar muy fino).
Son estos jóvenes necesitados de saciar su curiosidad, su sed de conocimiento, sus impulsos, y siempre asumiendo riesgos, quienes contrastan con la inmovilidad de los adultos, presos de su rol por voluntad, pues les molesta todo cambio, por nimio que sea. Solo que el cambio empieza y sucede justo cuando apartas la mirada, y lo notas demasiado tarde como para evitarlo. El dilema es irse o quedarse en Desolación; quedarse es insoportable a temprana edad e inevitable en la madurez, aunque deba consistir en la única ambición; escapar, marcharse, salir de allí, convertirse en otra persona, explotar tu potencial fuera de los muros de la familia, porque la familia, el mismo pueblo, deviene en cárcel.
Ojo, el descubrimiento de cierto libro, el libro, tiene poder para conseguir que la situación torne, aun mínimamente, para modificar algo, romper ese bucle nocivo. O tal vez pueda destruirte, sepultarte con su certeza de inevitabilidad. Cuidado.
Y qué bien elegido el nombre del pueblo; Desolación. Un personaje principal en medio de la nada más inhóspita y árida, lejos de todo. Cuna de las sombras caprichosas que se te pegan o te abandonan. Porque siempre se habla en cursos y talleres literarios sobre los tres pilares de una historia y la preponderancia de uno de ellos sobre los otros dos, y aquí el autor, C.G. Demian, consigue combinar la importancia vital de los personajes con un argumento interesante a la par que sutil y una atmósfera que es némesis, regado ese estilo delicado de buena prosa, la misma manera de narrar que sucede cuando te cuentan un secreto íntimo, lo cual requiere de una destreza notable y consigue que cale en tus huesos.
Frases como «el ser humano es una mosca de tamaño desproporcionado» o «el pueblo agonizaba pero los ancianos parecían eternos», ilustran a lo que nos enfrentamos sobre la comentada destreza narrativa. Una obra sobre la podredumbre de una humanidad anclada, porque la sombra en Desolación gana terreno, más cuando ya no resta ninguna esperanza y todo es bucle y cíclico y hemos perdido la noción de nosotros mismos, algo que no solo pasa en las aldeas, en los rincones y latifundios vaciados, sino que es un mal que nos aflige cada vez más cercano. Te darás cuenta al completar la lectura breve, intensa, emocional.
Concluyendo: una buena novela que quiero recomendar porque merece la pena; afilada y contundente y dulce, que te deja un sello de tristeza impregnado, pero que te alegrarás de haber leído.
Pd: me genera un horror insoportable el que yo estuviere en un ciclo-cárcel similar al aquí narrado sin darme cuenta…
“Quiere estar a oscuras, a partir de ahora ese será su ataúd y su única ambición es pudrirse en él”
¿Quién no ha cogido un puñado de arena solo para observar cómo se escurre entre los dedos? Y, al hacerlo, ¿Quién no ha sentido que lo que se le estaba escapando era su propia vida? Cuando eso sucede siempre aflora un mismo sentimiento: desolación. Y sucede porque la tierra que se lleva el viento está seca. Porque su aridez nos recuerda la muerte. El final de aquello que nos hacía felices, de cosas que perdimos, de personas que se fueron, y de las oportunidades que dejamos escapar. La desolación es hija de la angustia, el dolor y la pérdida. La desolación es madre de la desesperanza.
¿Imagináis vivir en un lugar llamado así? Los nombres de las poblaciones, al igual que los apelativos de las personas, rara vez son fruto del azar. Desolación evoca a desierto, a lugar aislado y sin futuro. Evoca a ruinas, a un pasado mejor y a una lenta cuenta atrás hacia la desaparición. ¿Y quién permanecería en Desolación? Tal vez solo aquellos que un día intentaron marcharse y no lo lograron. Aquellos que, como única salida, terminaron por autoconvencerse de que ese era su sitio y su única opción.
Si yo viviese en Desolación, sentiría próximo el final. Cuando el sol me abrasase la cabeza y los latidos de mi corazón me recordasen el paso del tiempo, probablemente buscaría mi propia sombra sobre la arena. Puede que eso me tranquilizase, pues mientras ella siguiese ahí, yo tendría la certeza de estar vivo.
“Acá no se puede vivir sin paciencia y, si me apura, tampoco se puede morir sin ella”
Todos en Desolación acuden al entierro de Evaristo. No es un sepelio más, es el de un pueblo entero. Su muerte reduce la tasa demográfica hasta un punto que hace insostenible seguir manteniendo la única línea que les une con el mundo. Látigo, el cochero, perderá su trabajo. Emilia, la mujer del fallecido, la cordura. Nicolás, su futuro. Parecen condenados a ser olvidados y sepultados por la arena del desierto. Todo fue profetizado. La tragedia es inexorable.
“La gloria, aunque sea pasada, siempre es mejor que la ruina perpetua”
Sombras de arena es una novelette hipnótica y fascinante. Con un arranque trágico y costumbrista, parece apuntar al drama rural. Pero escena a escena, su trama se va deslizando, cual serpiente en el desierto, hacia un terror sutil repleto de elementos que recuerdan al Realismo Mágico de Rulfo. La prosa en que se sustenta es directa, cercana y efectiva. Y el infierno que recrea, ese infierno del que solo los jóvenes inconformistas parecen querer escapar, toma forma exclusivamente en la mente del lector pues C.G Demian, como buen ilusionista, es parco en detalles y tan solo ofrece las pinceladas necesarias para generar un decorado yermo y asfixiante.
Látigo está apurando su petaca. La última diligencia va a partir y si no subís a ella, nunca podréis llegar a Desolación, un lugar perdido en el tiempo que pronto será olvidado. Cuidado, puede que sea un viaje únicamente de ida. Puede que, de realizarlo, pronto os encontréis solos. Pero si lo hacéis, tal vez podáis leer y desentrañar los secretos del libro de difuntos. Y si os atenaza el miedo al hallar vuestro nombre escrito en él, mirad al suelo y buscad la compañía de vuestra propia sombra.