Me despierto casi todas las mañanas, desde hace un par de años, con los ronroneos y mimos de mis dos gatitas. Luego me levanto con brío: un pis, un vaso de agua fresca y directa al balcón. Respiro hondo, miro el cielo —siempre tan bonito— y casi siempre pienso en la suerte que tengo.
Después desayuno, escucho la radio, leo un rato y me pongo en marcha. A veces, antes o después de desayunar, medito o escribo, pero no siempre.
Hoy desayuné café con leche, una manzana troceada con canela y una tostada de hogaza de La Hornera de Batán con aguacate, un buen AOVE ecológico y pipas de calabaza. Me acompañaron Poppy y Anker, y hoy también Nina Simone. Rematé con un trocito de rosca frita que traje ayer de la panadería de Guadalupe.
Me fascinan los dulces tradicionales de pueblo y de los monasterios —aunque en este caso los hagan panaderas y no frailes. Confieso que adoro los dulces que hacen las monjas de clausura.
Desayunar es, como para muchísima gente, uno de mis rituales favoritos. Despertarme con calma, sin prisas, es un privilegio del que disfruto con plena conciencia.
Mañanitas, desayunos y rituales, es una pequeña oda al despertar: un canto al desayuno, al sosiego y a la intención con la que empezamos el día. Un recordatorio de que cuidarnos también implica elegir lo que nos nutre y alegra el cuerpo. He disfrutado muchísimo de la lectura y de las ilustraciones que me han iluminado estas mañanas.
Me gustan dulces o salados, fríos o calientes, en soledad o en compañía. Disfruto preparándolos para las visitas y me flipa cuando me agasajan con un buen desayuno. Un gesto de amor que te acompaña todo el día.