Me imagino un niño, un bebé de uno o dos años, sentado sobre la playa. La espuma de las olas apenas lo alcanza cada vez antes de regresar al mar, lo justo para poder chapotear un poco. Ésta pequeña persona celebra cada avance y retroceso de las olas con una sonrisa y un grito de alegría. El mar, inmenso, está jugando con él. La relación entre el niño y el mar es personal, es una relación similar a la que se pudiera tener entre dos personas. Por supuesto que el mar no tiene personalidad, y sin embargo, el niño está teniendo una especie de diálogo con él, hay cierta complicidad, como la que se tiene con los compañeros de juego. Esa complicidad, esa colaboración entre el mundo y las personas, es lo que me interesa construir como arquitecto. Reconciliar desde la arquitectura a las personas con el mundo, fundando campos de juego comunes en vez de objetos cerrados. De alguna manera, ese juego entre el niño y las olas es también la luz amarilla entrando por el vitral de la Capilla de las Capuchinas de Luis Barragán, proyectando una gran cruz sobre el altar; Quetzalcóati, descendiendo por las escaleras de Chichén Itza durante el equinoccio de primavera. Estos dos casos son más solemnes, pero el juego, la complicidad, la intimidad y el diálogo con el mundo están allí. Me atrevo a decir: toda arquitectura debería despertar las ganas de jugar.