Nunca, durante mis años escolares, habría podido imaginar (y quizás tampoco conseguir) leerme este libro de corrido, de portada a portada, adentrarme en sus muchos recovecos y, además, pese al esfuerzo y uno que otro rompedero de cabeza (o tal vez justo por ello), lograr entusiasmarme y disfrutar del lento reto de sus múltiples problemas.
Una olvida las cosas de la escuela, una olvida y no sabe que no sabe, asume que ha estudiado y aprendido y no hace falta recordar, mejor es olvidarse de esa cosa que espantaba y hacía llorar de rabia, que tanto hizo sufrir y desgastar al niño-adolescente que aún quería jugar, reír y disfrutar y no pasarse largas horas quemándose los sesos.
Lo bueno es que aprendemos con el tiempo.
Y la cosa no es tan mala, no es mala en absoluto, de hecho tiene magia y un encanto peculiar, exige y recompensa, atosiga y espolea, el esfuerzo no es en vano y cada reto, cada capítulo y problema enfrentado te vuelven más ligera, un poco menos asna, y siempre hay algo nuevo por saber.
No fue sólo un repaso sino un descubrimiento, tardía valoración y apreciación de todo un mundo hasta entonces apartado, temido, tontamente olvidado, y es apenas el principio y fundamento: lo bueno está por comenzar...