Disfruté mucho la lectura, resulta rápida dado lo conciso de las crónicas. En estas se dibuja la paternidad pero sobre todo la infancia, ese terreno baldío sobre el que se yergue de todo. Hoy en día abundan los discursos expertos o de los saberes "psi" en relación a las niñeces y la infancia, la mayoría de las veces tips livianos y veladamente moralizantes que resultan cansinos; estos textos logran airear e historizar una relación compleja, la de padres e hijos y todo lo que pasa entremedio, a través de la observación aguda de Merino. Yo que disfrutaba leer sus crónicas de niño, aun sin entender muy bien sobre qué iban, me traen a la presencia a un adulto que es capaz de inscibirse desde la infancia, desde el descampado, para poder decir algo más sobre un tópico que se ha vuelto manido precisamente desde el mundo adulto.
La vida de los niños está cruzada por estos hechos mínimos pero violentos. Nuestra falacia más repetida consiste en no percatarnos de la resonancia que adquieren nuestras palabras y actos en sus mentes. Muchas veces exageramos frente a los niños la importancia de cuestiones en las que ni siquiera creemos. Les planteamos un mundo coherente, homogéneo y delineado más allá de nuestras posibilidades. Somos, en este sentido, involuntarios promotores de la angustia. (p. 10)
Aunque quién sabe: se dice tanta estupidez en relación a este tema. Muchas veces hacemos pasar ficciones por observaciones. La imaginación infantil es a menudo planteada como un factor en crisis, como algo que es necesario preservar, fomentar y celebrar. Supongo que el hecho de que los niños tengan un tipo peculiar de imaginación se da simplemente en la medida en que esta capacidad les sirve para funcionar en el mundo. (p. 13)
Quizás el trance más fastidioso de la infancia consista en soportar la batería de teorías ajenas que se despliega sobre ella con fruición por parte de gente cuyo pensamiento no agita otras alas que las de la burocracia, gatillos fáciles de la alerta y del grito en el cielo. Su afán permanente es moralizar, defraudar ilusiones; en suma, hacerles imposible la vida anímica a los demás. (p. 18)