Considero que hay unos fallos, pero no más que sus aciertos.
Empezando por los fallos, se nos introduce a personajes de los que nunca más se sabe. Estos primeros personajes resultaban interesantes, principalmente por su contexto, ya que hasta ahora no había leído una historia para infancias de terror que partiera de un estrato económico bajo: pepenadores tratando de sobrevivir. Esta primera imagen me resultó bastante interesante y abría una línea narrativa que parecía prometer mayor desarrollo. Sin embargo, Urrea lo toma solo de pretexto para presentar el cuadro maldito. Considero que el objeto mágico muchas veces no necesita de tanta presentación, pues aquí pasamos de personaje en personaje hasta llegar con la niña central (Anita), casi ya avanzado un 30% del libro; pudo ser simplemente un cuadro que le llamó la atención al padre en un remate, una herencia, encontrarlo en la basura como pasa con el muñeco Slappy de R.L. Stine, un párrafo a lo mucho, pues tanta presentación podría haber apartado al niño lector y diluido su interés inicial.
Incluso podría creer que Urrea dudó cómo iniciar esta historia, pues al inicio tenemos una focalización múltiple, vamos del padre pepenador, a su esposa, al dueño del empeño, incluso a los policías (los cuales jamás volveremos a ver). Bastante extraño, pues cuando llegamos con Anita, gran parte de la focalización se centrará en ella, pues es ella, junto con la criada y su amiga, la que pondrá fin al cuadro maldito, lo que refuerza la sensación de desconexión entre el inicio y el desarrollo de la historia.
Las escenas de terror las considero bien construidas, prácticamente replicando lo que hoy conocemos como “jumpscare”. La capacidad de capturar una imagen aterradora en pocas palabras me parece un acierto bastante grande. De igual forma, siempre agradezco que en este tipo de historias la maldad o el personaje siniestro o sobrenatural no resulte al final bueno o inocente, pues muchas veces en otros libros resulta que no existía ningún peligro al final, esto lo considero grave, no tan solo porque es como estafar al lector, sino que además esto puede ocasionar una gran distorsión cognitiva en los primeros lectores, pues se corre el riesgo de terminar entendiendo que lo que nos aterra en el fondo es algo puro, como si el miedo o el peligro no existiera en nuestros primeros años. ¿Qué peligroso sería ir creyendo que allá afuera no hay nada que pueda lastimarnos? Por eso agradezco que aquí el mal no sea ambiguo, quiere hacer daño, no tiene misericordia. De ahí pongo otro punto bueno a esta historia, pues el por qué el cuadro se encuentre maldito se deja a la interpretación; si bien se dan algunas pistas, el lector puede echar a volar su imaginación sobre cómo y por quién aquella niña siniestra y su gato sediento de sangre terminaron encerrados en aquel cuadro.
También se reconoce la descripción de personajes infantiles valientes que toman el control de la situación y le hacen frente, un aspecto que considero esencial dentro del terror para niños. De igual forma es un punto a favor la sintaxis y claridad de la escritura; es simple. Pese a que Urrea escribió en los mismos años que Guillermo Murray y para la misma colección (Castillo del Terror), ella al parecer sí entendía que para escribir para niños niños se necesita partir de un lenguaje sin tantas complicaciones, de frases cortas y precisas.
Pese a otras cosas no tan gratas (que ya parte de mi gusto), como ciertos enunciados moralistas y religiosos explícitos por parte del narratario, en general lo considero un buen libro de terror para niños, además hay que sumarle que pocos son los escritores mexicanos que escriben verdadera literatura de terror para infancias.