Una novela hecha con las palabras que no podemos rechazar, las que vienen a la cabeza cuando no la controlamos y hacen aparecer lo que no podemos aceptar, aunque vengan desfiguradas para que podamos aceptarlas.
Toda la novela es la efervescencia discursiva de una narradora que hilvana recuerdos distorsionados y la proyección de un deseo a partir de la muerte del padre a quien cuidó durante su enfermedad. Es un discurso a través del cual intenta (auto)engañarse y fingir una realidad que no puede soportar. Sin embargo, inevitablemente, en un gesto constantemente sintomático, esa verborragia se desliza hacia la muerte, la enfermedad de la madre, las costumbres deplorables del padre, lo que hacen otros y no puede soportar. Hay un intento de erradicar del mundo la muerte como fantasía que obviamente no funciona.
Porque, a la vez que niega todo lo que puede desestabilizarla, es una voz que mira al mundo desde la neurodivergencia: es alguien que no puede aceptar las reglas del juego, lo que es necesario callar. Entonces, la novela registra una doble falla: se muestra cómo se mantiene callado lo que no debe ser dicho y lo expone, la desestabilización de lugares comunes y de frases hechas; y se muestra el fracaso de la verborragia, que en la novela se extiende al cuerpo, se retuerce para sostenerse.
Lo más interesante es cómo progresivamente se revela la verdad. Porque el lector, al principio, parece estar en el lugar de Laura, su narradora: asume las cosas como ella las cuenta, hasta puede sentirse identificado con la necesidad de negar la muerte del padre y por el maltrato de los hermanos, a pesar de lo inquietante de sus prácticas. Pero, progresivamente, el lector parece darse cuenta (¿solo?) de lo que niega, eso que Laura no puede asumir ni siquiera a través de la anagnórisis.
La literatura emerge de esa reelaboración, no como la reelaboración sino con el sentido que produce, es lo que está detrás de todas esas voces que intentan controlar la realidad. Es la mayor declaración de poética de la novela: frente a un presente en el que no se acepta ningún tipo de reelaboración, donde todo tiene que ser concreto y directo, la novela está permanentemente dándole una vuelta más sin negar la realidad, porque todo en ella es sintomático.
En tal sentido, quizá el mayor acierto es el escenario: Así como Laura actúa en su casa como si el padre estuviese vivo, la novela imagina que en Epecuén tampoco sucedió la tragedia, que la vida sigue como en un pueblo cualquiera y fantasea. Chulak hace con Epecuén lo que Laura hace con la muerte del padre: negarla, resignificar los recuerdos, seguir viviendo como si no hubiese sucedido