La travesía que significa Somoza, de Ligia Urroz, bien podría iniciar con «me encerré en mi cuarto a llorar mi guerra» y terminar con «trabajar sin cansancio para salir adelante en tierra ajena», dos frases que ella escribe. No trato de hacer un reduccionismo de esta narrativa, solo creo que describen el viaje que empezó durante la dictadura de Anastasio Somoza, en Nicaragua, y concluyó, como muchas otras, en la necesidad de migrar a otro país.
Siempre he sentido una necesidad de conocer nuestro pasado en América, ese que envuelve a las dictaduras de la segunda mitad del siglo XX, y aquí Urroz nos regala una pieza bien contada de Nicaragua. Si me preguntan qué hace distinto éste a otros relatos del tema, diría que el lugar desde el que lo cuenta la autora, el de una familia tan cercana a Somoza que la Revolución Sandinista se veía más como una afrenta que como una liberación.
Es admirable el reclamo que simboliza cada capítulo, y que se nutre desde el paso del tiempo, el valor y la conciencia de Urroz, pero también la oda a migrar a través de su propia experiencia: un fenómeno que damos por sentado sin detenernos a pensar sus causas. Aunque ambos, reclamo y migración, envuelven esta novela de no ficción, es el primero el que me llama más la atención, porque pienso en la dualidad de sentimientos de una persona tan cercana a otra tan despiadada.
Con este testimonio íntimo de su niñez, Ligia Urroz nos acerca a entender nuestra América y su historia, para detenernos a reflexionar y tratar de no repetir aquellos años que tanto daño le han hecho.