En las tres historias de Vertedero, los personajes se encuentran siempre a un paso de desmoronarse. Las grandes ciudades por las que caminan son delirantes, la publicidad, la hipersexualidad y las identidades nómadas de las generaciones presentes se conjuran para hacer de los protagonistas unos seres asustadizos, que temen a las mujeres y la incomprensión de los otros. Las relaciones, distancias y obsesiones individuales, englobadas en una precariedad omnipresente, son los temas principales de estas tres nouvelles, retrato de la sociedad del cansancio.
«Vertedero» es un tríptico sobre las relaciones entre las mujeres y los hombres —más exactamente, entre cierto tipo de hombres y mujeres—, pero el lector que disfrute con el romanticismo sentimental o la comedia ligera hará bien en buscarlos en otro lugar.
En estas páginas, el amor (en cualquiera de sus fases) y el sexo son siempre complicados y llenos de claroscuros y, aunque no faltan los momentos felices, predominan el dolor, la incomunicación, el arrepentimiento, los engaños. Son relaciones, además, inmersas en ambientes urbanos agobiantes —un Madrid «de olor a meado en cada esquina», la Barcelona del procés— que forman parte de un mundo absurdo, suma de vidas precarias y ensimismadas.
Raúl Quirós Molina (Madrid, 1980), novelista y dramaturgo, tampoco recurre a los convencionalismos en lo formal y experimenta con diversos enfoques. Así, en la parte central del volumen, «Sexos en llamas», formado por ocho relatos breves con títulos de canciones, toda una galería de voces femeninas entremezcla con naturalidad la memoria de encuentros y desencuentros y las cavilaciones sobre la incertidumbre del día a día y el sexo como refugio ante la soledad. Y en el bloque final, el autor se atreve a indagar en una relación destructiva alternando la visión de los amantes y disponiéndola como un poema.
La primera parte del tríptico («La plaça del Sol») es en mi opinión la más redonda, con un equilibrio muy eficaz entre la narración por parte del protagonista de su pasión tóxica y obsesiva y el retrato que teje del presente como un vertedero de la historia y de la existencia como una humillación continua.
«Levantarse a las siete de la mañana, embutirse en un tren, soportar a gentuza desnortada como Asier, volver a casa y llorar frente a una comida pedida por Internet. Es posible vivir porque uno calla, porque todos callamos al mismo tiempo. Y posiblemente sea mejor así, porque una vez abiertas las compuertas del silencio, ya no sería posible contener el torrente de tristeza que correría».
Esta novela se divide en tres historias independientes pero a su vez conectadas por el tipo de sentimientos que arrastran cada una de ellas.
Sus protagonistas son jóvenes a los que el peso de la soledad, los miedos, el amor, el odio, la incertidumbre de las relaciones y el futuro convierte en una serie de personas frustradas, sensibles y dolientes.
Los escenarios irán saltando entre las ciudades de Madrid y Barcelona dando la visión más cosmopolita de las mismas.
Me han sorprendido mucho tanto las historias como el estilo de escritura ya que me ha recordado mucho al estilo del escritor Chuck Palahniuk.
Lo mejor de la novela ha sido la forma de escribir, diferente en las tres historias, siendo un fiel reflejo de aquellos a los que retrata y cómo cada personaje te arrastra a su historia y te hace vivirla de forma única.
Sin duda una novela muy recomendable para todas aquellas personas que disfruten del género de ficción. No recomiendo la novela a menores de 16 años por algunas escenas duras de la novela y porque a una persona de menor edad le costará identificarse con los personajes y las historias que cuentan.