En La pajarera Eduardo Plaza (1982) despliega un admirable abanico narrativo para delinear Coquimbo o, más específicamente, sus recovecos y su imaginería. Un caudillo busca transformar la ciudad en un epicentro del turismo pirata y, a la vez, en un muestrario de todas las potencias del mundo; una celebración anual empuja al frenesí colectivo, pero también a charlatanes y criminales; el guitarrista de una célebre banda de cumbia elige —después de recorrer el país y el extranjero— no moverse del nido; una adictiva investigación advierte la presencia y la negación de los changos como pueblo originario de la bahía; y como telón de fondo, siempre latente y delicado, un cuadro familiar lleno de grietas, fantasmas, giros y rearmes.
A medio camino entre la crónica, la novela y el mejor relato periodístico, Eduardo Plaza logra —con sutileza, precisión y un asombroso tino narrativo— una voz que sopla suave, pero, al mismo tiempo, remece mediante un humor punzante y una melancolía tan enigmática como conmovedora. Un libro híbrido, entretenidísimo, apreciable.
Habría que poner ojo con la nueva colección de La pollera, “Surcos del territorio”. Una suerte de descentralización literaria, que surge curiosamente desde el interior del valle . Un valle que por diversos motivos, ya sea políticos, económicos, geográficos, etc., tiende a mirarse a sí misma y a darle la espalda a lo que habita fuera de sus límites.
Viví la mitad de mi infancia en regiones y al leer a Plaza Ávila recordé mis propias vivencias y las singularidades de aquellas tierras alejadas del progreso. Territorios dónde el cronotopo cambia radicalmente, pero no sus precariedades.
Esta crónica coquimbana no solo trenza con efectividad la memoria de infancia, también nos lleva en un viaje hacia el corazón de su folclore popular, sus tragedias, sus mitos, las injusticias, las contradicciones e indudablemente su miseria, esa que ha alimentado la imagen de los pueblos y las regiones de Chile: una pugna impotente entre la pujanza y el abandono.
No está demás decir que si entre el smog del valle se abriera un claro que permita la entrada de más editoriales independientes de regiones, la cosa se pondría aun más interesante...
Me gustó lo personal y sincero del relato, muestra las cosas que nos pueden dar vergüenza, que nos acomplejan, las situaciones de vulnerabilidad e incertidumbre que maneja la pobreza, las familias chilenas (digo chilenas xq no conozco otro tipo de familias, creo). El padre ausente, autoritario-renovado (?), un modelo que se repite en varios esquemas familiares. La madre que sobrevive. El compañero de curso hincha-pelotas y hasta cierto punto cruel, muy del tipo chileno clasista (la gran mayoría diría yo). El amigo que mira las cosas “desde afuera” y valorizando sus orígenes. Los historiadores que no son historiadores, las referencias inventadas. Y así…
Eduardo Plaza Ávila, nos transporta a la construcción de su identidad por tierras coquimbanas. Sobre todo de esa infancia llena de carencia allá por las "pajareras", que es como conocen a la gente que vive en esas zonas urbanas, en eterna construcción de una clase media que no termina de existir del todo.
Nos transporta a través de la música, de la línea férrea, pero por sobre, a través de las emociones que nos narra en cada una de sus páginas. La Pollera ediciones con un sello particular en torno a donde crecieron las escritoras y escritores de Chile, nos permite reconstruir una memoria reciente por medio de las palabras y experiencias que cada una y uno como lector pudo haber vivido de la misma forma, pero con otras letras.
Me encantó su formato, lo rápido de su lectura y por sobre ello, conocer desde otra mirada ciudades que está ahí siempre en la retina de cada una y uno.
Me gustó muchísimo porque tiene tanto de literario como de periodístico, unas muy buenas crónicas sobre Coquimbo, un pueblo en Chile. Desde que el autor es de ahí, tiene algo de subjetivo, personal y familiar, pero el retrato que hace es objetivo y periodístico. "Cumbia de Cahuin" sobre los vicking's 5, creo que es mi crónica favorita, me hizo reír mucho cuando los personajes hablan, los escucho perfecto: "Cuando empezó a saberse de la pandemia en china, yo les avisé a los cabros: se viene el fin de la humanidad.No vamos a tocar nunca más. Cagamos todos. Pero hueviando lo decía...nunca imaginé que iba a ser verdad, te lo juro. " También tiene mucha seriedad, y es impresionante ver cuánta gente en el gobierno sigue conectada de alguna manera con el pinochetismo, con la iglesia, es muy fuerte leerlo así. Buscaré más libros de este autor, sin duda!
Me gustó mucho. Me cautivó la narración en primera persona, la mezcla de esa prosa autobiográfica con la crónica testimonial de un hijo de la clase trabajadora chilena, habitante de un lugar que no siempre es mirado por el ojo social clásico (pienso en una narrativa de una realidad distinta a la capitalina). Amé los datos históricos y las anécdotas, tan transversales -en algunos casos- a lo meramente geográfico.
Me gusto mucho el libro, relata varios datos de Coquimbo de mucho interés. No conozco nada el norte, se me hace muy ajeno el pensar en la costa y el desierto, en piratas y en chongos. Pero lo que no se me hizo ajeno y me identifique mucho fue como describe brevemente la relación de medios hermanos paternos, y ese intento se conectar y relacionarse basado en compartir apellido y un par de genes. Recomiendo mucho el libro, es ligero y rápido de leer.
"En Guanaqueros todavía viven antiguas familias de pescadores changos. Mi profesor de Historia en la universidad nos dijo que jamás existieron, que solo eran diaguitas pescadores o atacameños pescadores o quechuas o coyas o la mierda que se te ocurriera en versión pescadora. Pero ahí están. Ahí los ves".