Les recherches actuelles sur l'argumentation mettent l'accent sur l'importance du dialogue dans l'activité argumentative, modélisée comme des positions contradictoires en interaction. Sur cette base on peut resituer l'argumentation parmi les arts de la preuve, lui restituer ses dimensions interpersonnelles et affectives.
Las ciencias del lenguaje son magníficas, una mezcla extraña de lógica, filosofía, historia, psicología, sociología, derecho y miniseries de Netflix. Cuando los lingüistas se ocupan de la argumentación parecen primero eruditos, pero después se intuyen temerarios. En la misma producción argumental pueden mezclar a San Agustín con Quintiliano y Quine sin mucha elaboración de interfaz teórica. Conviven sutilezas con torpezas. Cuando distintos autores proponen nociones afines no se puede dar por sentada la equivalencia. En eso ya no son matemáticos, ni filósofos, ni historiadores, nada. Algunos capítulos de este libro parecen fotomontajes de aficionados. Los recorridos son muy seductores, pero queda poco si se leen -como recomienda el mismo autor- con las exigencias de Sherlock Holmes. Lo mejor del libro es la convergencia o la convencionalidad. Presenta lo mismo que se consigue al abordar el problema de la argumentación desde cualquier otra perspectiva. Se encuentra que los modelos disponibles y los históricos resultan insuficientes. O porque se restringen a la lógica, o porque se restringen a la persuasión. Lo vienen diciendo hace más de 60 años en derecho, 80 años en psicología, 50 años en pragmática y así. Entonces, lo que Plantin propone como epicentro del libro, el rescate de las emociones en el estudio actual de la argumentación, es un faux pas. ¿Y Cicerón? ¿Y Aristóteles allá lejos? ¿Y la neo-retórica de Perelman acá cerca? ¿Y Alexy hoy mismo? Los menciona, pero no los integra. Es llamativo que un libro sobre argumentación se prive de argumentar. Mencionar conceptos no es argumentar. Por otra parte, omite también los tratamientos empíricos de la investigación sobre argumentación. Es un campo gigante, pero Plantin lo trata de manera tangencial -recomienda su lectura, en la lista de referencias lo dice-. Se salva el libro en el último capítulo porque se asoma por la ventana y descubre otros mundos. Trata sobre la argumentación teológico-jurídica en el islam. Tampoco es una maravilla ese capítulo, simplemente resume y comenta a un especialista que hace una lectura brillante del tema. En síntesis, es un libro casi aceptable de divulgación si se lo lee como pasea un turista japonés por los pasillos de algún Smithsonian, el de historia natural o el aeroespacial.
Es un libro corto y conciso. Lo recomiendo a aquellos lectores que todavía no estén familiarizados con el estudio de las falacias y la argumentación a modo de comienzo. Los casos prácticos que plantea hacen más comprensibles las definiciones y explicaciones.