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Árboles frutales: Antología recopilada por Adrián Viéitez
Este proyecto nace de una convicción común. Más allá de su contexto -la situación de encierro, la digitalización radical de las comunicaciones, la privación del contacto con el otro-, Árboles frutales se sostiene sobre una concepción dialógica del acto de escritura. Si habitualmente el diálogo se produce de manera triangular entre el sujeto que escribe, el objeto libro y el sujeto que lee, en este caso el espejo se deforma para fundir a autor y lector: el dispositivo epistolar sin destinatario fijado, la escritura entrecruzada y el diálogo formal proponen un nuevo escenario en el que el libro no es solo objeto, sino también espacio público. Cuarenta voces se dan encuentro e inciden en la tensión que más nos interesa: la que se produce entre lo particular y lo general, entre lo propio y lo compartido.
227 pages, Paperback
First published February 4, 2021
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Community Reviews
Displaying 1 - 4 of 4 reviews
May 13, 2021
creo q este libro me ha salvado de alguna manera... <3
January 31, 2022
Sin pretenderlo fui una chica bastante lista que, habiendo recibido este libro aún en pandemia, decidió abandonarlo en la estantería hasta ahora. Bien hecho porque, aunque todo ese confinamiento ya ha pasado (en cierto modo), haberlo leído entonces me habría puesto sumamente triste y leerlo ahora me ha aliviado — aunque me trae algún que otro warflashback que había olvidado por completo y es que: lo pasé fatal entonces (y aún algo perdura)—.
Leedlo, no estáis a destiempo.
Me quedo con unas cosas de Pablo Caldera, de Adrián y de Margot Rot, respectivamente:
– “El Skype, y no el cine, es la culminación de la fotografía, ese arte capaz de hacer presente una ausencia”.
– “En mi memoria, el beso sucede de la siguiente manera: la luz rebota contra la piedra. Tengo tus manos entre las mías —es entonces cuando mis manos sirven— y doy vueltas alrededor de mis temores, miro al suelo, te miro, sonríes porque esto es tan extraño, no digo nada, no sé qué decirte porque las palabras lo fijan todo y a mí me gustaría que tú flotases como yo floto (…) te miro de cerca y pienso primero en cuánto tiempo pasará hasta que deje de poder mirarte así de cerca, y pienso después en las estrellas colisionando entre sí en mitad del espacio, y después no pienso y te beso”.
– “Quería contarte que yo ya he tenido mi catástrofe, que a mí ya me ha sucedido eso que te sobreviene y que te obliga a abandonar los planteamientos e inventar otros diferentes para conseguir soslayar la contradicción; una contradicción que a veces, por irresoluble, también se vuelve insoportable. Querido Álvaro: a mí ya me ha acontecido lo catastrófico, estuve de luto y tuve, durante demasiado tiempo, un corazón incapaz.
Nuestra forma de responder ante lo inminente tiene mucho que ver con la velocidad con la que lo inminente se aproxima hacia nosotros. Nuestras vidas son consecuciones temporales abocadas hacia el final de los finales, es decir, la muerte. Lo sabemos, pero la mayor parte del tiempo lo ignoramos para no sucumbir ante la angustia en la que nos instalaríamos si esta certeza estuviese presente en todas y cada una de nuestras acciones. Yo, sin embargo, que ya he estado muerta por dentro, vivo casi todas las cosas en el horizonte de esta imposibilidad de infinitud. Y pienso que esta condición lo hace todo mucho más importante para mí, lo vuelve todo mucho más apasionado y dramático”.
(perdón por la extensión sólo soy una chica que ha descubierto que el iphone puede sacar texto de una foto)
Leedlo, no estáis a destiempo.
Me quedo con unas cosas de Pablo Caldera, de Adrián y de Margot Rot, respectivamente:
– “El Skype, y no el cine, es la culminación de la fotografía, ese arte capaz de hacer presente una ausencia”.
– “En mi memoria, el beso sucede de la siguiente manera: la luz rebota contra la piedra. Tengo tus manos entre las mías —es entonces cuando mis manos sirven— y doy vueltas alrededor de mis temores, miro al suelo, te miro, sonríes porque esto es tan extraño, no digo nada, no sé qué decirte porque las palabras lo fijan todo y a mí me gustaría que tú flotases como yo floto (…) te miro de cerca y pienso primero en cuánto tiempo pasará hasta que deje de poder mirarte así de cerca, y pienso después en las estrellas colisionando entre sí en mitad del espacio, y después no pienso y te beso”.
– “Quería contarte que yo ya he tenido mi catástrofe, que a mí ya me ha sucedido eso que te sobreviene y que te obliga a abandonar los planteamientos e inventar otros diferentes para conseguir soslayar la contradicción; una contradicción que a veces, por irresoluble, también se vuelve insoportable. Querido Álvaro: a mí ya me ha acontecido lo catastrófico, estuve de luto y tuve, durante demasiado tiempo, un corazón incapaz.
Nuestra forma de responder ante lo inminente tiene mucho que ver con la velocidad con la que lo inminente se aproxima hacia nosotros. Nuestras vidas son consecuciones temporales abocadas hacia el final de los finales, es decir, la muerte. Lo sabemos, pero la mayor parte del tiempo lo ignoramos para no sucumbir ante la angustia en la que nos instalaríamos si esta certeza estuviese presente en todas y cada una de nuestras acciones. Yo, sin embargo, que ya he estado muerta por dentro, vivo casi todas las cosas en el horizonte de esta imposibilidad de infinitud. Y pienso que esta condición lo hace todo mucho más importante para mí, lo vuelve todo mucho más apasionado y dramático”.
(perdón por la extensión sólo soy una chica que ha descubierto que el iphone puede sacar texto de una foto)
March 24, 2021
Este libro es una recopilación de cartas escritas por cuarenta jóvenes autores durante el confinamiento. Me incomoda la palabra antología que figura en el título, que a mí me sugiere una selección de textos procedentes de varias fuentes dispares y no hace justicia al poderoso vínculo que une a todas estas cartas. Tratan temas muy variados (el amor, la escritura, la familia, las despedidas) con voces muy personales y, aun así, forman una unidad muy armónica, muy poderosa, pues todas han nacido en un momento difícil e inolvidable.
La soledad y la ausencia, como no podía ser menos, son dos temas que recorren el libro casi por completo. Me he preguntado una y otra vez qué importancia habrían tenido estos temas si hubieran escrito estas cartas en otro momento menos traumático, es decir, me he preguntado cómo viven la soledad y la ausencia los jóvenes a quienes les ha tocado vivir en este mundo tan hostil, tan lleno de horarios inflexibles y de situaciones precarias. Y se me ha ocurrido pensar que sería muy bonito que, en algún momento, en un futuro no muy lejano, vuelvan a plantar las semillas de estos árboles para que los lectores podamos acompañarlos de nuevo en su viaje.
Tal vez porque atesoraba las cartas que recibí en mi juventud en una caja de zapatos como reliquias de otro tiempo, cartas que ya no podré volver a leer porque se perdieron en un incendio, he leído estas con la ilusión de recibir noticias de unos amigos que, por esas cosas extrañas de la vida, no he tenido la dicha de conocer en persona. Y, aunque todas las cartas son muy hermosas, me han conmovido en especial las dedicadas a los abuelos, como las de Javier de la Morena y Noah Benalal. Que a nadie se le ocurra insinuar que me estoy haciendo viejo.
La soledad y la ausencia, como no podía ser menos, son dos temas que recorren el libro casi por completo. Me he preguntado una y otra vez qué importancia habrían tenido estos temas si hubieran escrito estas cartas en otro momento menos traumático, es decir, me he preguntado cómo viven la soledad y la ausencia los jóvenes a quienes les ha tocado vivir en este mundo tan hostil, tan lleno de horarios inflexibles y de situaciones precarias. Y se me ha ocurrido pensar que sería muy bonito que, en algún momento, en un futuro no muy lejano, vuelvan a plantar las semillas de estos árboles para que los lectores podamos acompañarlos de nuevo en su viaje.
Tal vez porque atesoraba las cartas que recibí en mi juventud en una caja de zapatos como reliquias de otro tiempo, cartas que ya no podré volver a leer porque se perdieron en un incendio, he leído estas con la ilusión de recibir noticias de unos amigos que, por esas cosas extrañas de la vida, no he tenido la dicha de conocer en persona. Y, aunque todas las cartas son muy hermosas, me han conmovido en especial las dedicadas a los abuelos, como las de Javier de la Morena y Noah Benalal. Que a nadie se le ocurra insinuar que me estoy haciendo viejo.
May 17, 2021
Me lo leí en cuarentena, cuando ya se habían publicado todos los textos en Medium, durante dos mañanas, pausadamente pero sin hacer otra cosa. De algún modo me salvó: me sentí reconocida. Me di cuenta de que el sentir de la juventud no se ha extinguido, y que si no se lee habitualmente de un modo tan sincero y tan íntimo es porque tiene un valor que no se comparte a la primera de cambio. Además, esta vez (en cuarentena) se dieron las circunstancias propicias para que saliera a la luz. Es, tal y como apunta en la contraportada Adrián Viéitez, un encuentro entre "lo particular y lo general, entre lo propio y lo compartido". Para mí, un acontecimiento.
Hoy he ido a la librería a comprarlo, porque quería ver reposar en mi estantería aquel espacio virtual que me calmó y con el que disfruté tanto.
Hoy he ido a la librería a comprarlo, porque quería ver reposar en mi estantería aquel espacio virtual que me calmó y con el que disfruté tanto.
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