Desde el Molino configura el correlato narrativo y plástico de las vivencias de Santiago Rusiñol y Ramón Casas en el Moulin de la Galette, entre 1890 y 1892. Es una autobiografía de la bohemia en clave verista. El París narrado por Rusiñol y Casas no es el de los grandes bulevares ni muestra la opulencia, el esplendor y la elegancia de la ciudad y sus habitantes. Muy al contrario: la ciudad se concreta en el Montmartre de los artistas, de la gente sencilla, de seres que pueden llegar a morir de frío o de hambre, de canciones trágicas y salas de baile melancólicas. El verismo triunfa en las descripciones narrativas y la plástica de los artistas se resume en una de las frases capitales de Rusiñol: «Pintamos lo que se nos presenta delante.» Verismo y autobiografía constituyen dos de las claves de lectura que nos acercan a los protagonistas de esta obra tan entrañable como emblemática.
Santiago Rusiñol (Barcelona, 1861 - Aranjuez, 1931) Autor dramàtic, narrador, pintor i col·leccionista. Va iniciar la seva carrera creativa com a pintor, i amb posterioritat es va dedicar a la literatura amb més de noranta títols de tots els gèneres. En teatre, primer va fer petits monòlegs i, de seguida, obres com L'alegria que passa (1891) i El Jardí abandonat (1900), d'alt contingut simbolista. Format a París, va ser un dels precursors del modernisme a Catalunya, amb plataformes com El Cau Ferrat, a Sitges, o Els Quatre Gats, a Barcelona. Es va convertir en un dels escriptors més reeditats de la seva època. D'una de les seves novel·les més conegudes, L'auca del senyor Esteve (1907), en va fer una versió teatral, que ha esdevingut un clàssic del teatre català.
DESDE EL MOLINO (1894) es una recopilación de crónicas escritas dos años antes por Santiago Rusiñol e ilustradas por Ramón Casas para el periódico La Vanguardia, las cuales debido a su éxito el director decidió recopilarlas en volumen como regalo a los suscriptores.
Sobre su publicación hallamos dos periodos muy concretos: el primero abarca desde diciembre de 1890 hasta junio de 1891, y el segundo desde febrero a mayo de 1892. Por eso el capítulo número X se titula “Impresiones de mi llegada” donde Rusiñol realiza una crónica de impresiones de París que podría despistar al lector del volumen en libro.
Sobre el hilo de las crónicas comienzan estas con los dos amigos instalándose en una humilde y fría estancia del emblemático complejo del Moulin de la Galette. Desde allí Rusiñol con su prosa y Casas con sus dibujos irán dando cuenta de personajes variopintos, escenarios autóctonos y costumbres ídem de aquel poblachón semiabandonado con cédula barrio parisino que era entonces Montmartre, y al que acudían como falenas a la luz artistas de todo el Orbe.
Lo interesante de los artículos es que nos ofrece un vivísimo testimonio del auténtico microcosmos social, entre campesino y artístico, que bullía todavía en aquella década final del antepasado siglo. Es decir cuando Montmartre todavía no se había convertido en el parque temático de la bohemia.
Cabe resaltar los textos dedicados a esos tipos bohemios llegados de fuera para instalar su estudio artístico, tipos tales el pintor puntillista o el fotógrafo –otrora también pintor- que malviven ocupando una viviendas las cuales semejan barracones, y donde si bien el primero aún conserva la esperanza de ser reconocido, el segundo, con una familia que alimentar, ha arrojado ya la toalla y se resigna a sobrevivir del retrato fotográfico para dar de comer a los suyos; o ese otro artículo el del “pintor chic”, falso bohemio instalado en Montmartre, y en cuyo estudio “se notaba un descuido hábilmente meditado” (p. 49) para engatusar a su público burgués y del que Rusiñol y Casas no parecen tener buena impresión.
Otros artículos atienden a las costumbres del pueblo como el capítulo “El Reveillon” (pp. 55-66) donde se da cuenta de cómo celebraron la Nochebuena de aquel invierno de 1890/1891 caracterizado por un frío que alcanzaría nada menos que menos 20 grados bajo cero (p. 165); “Las canciones de Montmartre” donde Rusiñol rescata algunas coplas populares que versan sobre las duras y violentas relaciones; o también esos renglones donde se dedica a comentar el espectáculo de sombras chinescas del Chat Noir o los bailes de la sala del propio Moulin de la Galette donde el cancán adquirió “patente de institución” (p. 105).
Además, junto con Casas, irán apareciendo otros artistas españoles como Miquel Utrillo el cual crearía, también, un espectáculo de sombras, o el malogrado grabador Ramón Canudas, a este último se le dedicará un epílogo para el volumen que se publicó en 1894 debido a su muerte ocurrida en 1892 tras una larga y triste enfermedad. Rusiñol además le inmortalizaría en un cuadro durante la temporada que convivió con ellos dando cuenta, más si cabe, de la cara más amarga de aquella bohemia artística configurada por verdaderos adalides capaces de sacrificar todo por aquello en lo que creían y que poco tiene que ver con la caricatura de gentes desordenadas, risueñas y desocupadas que hoy todavía le atribuyen algunos.
Para concluir no podemos resistirnos a reproducir parte del retrato que de Canudas hace Rusiñol y que bien podría ser paradigma de tantos y tantos anónimos artistas que fenecieron por creer en el Arte sobre todas las cosas.
“Porque Canudas fue otro de esos miles de obreros del pensamiento que viven en la sombra, que trabajan con ahínco en la obscuridad más profunda, esperando que asome el alba de la gloria, un pequeño rayo de sol que alumbre su nombre, perdido en la multitud anónima; un enamorado del arte y de él jamás correspondido; un hijo olvidado de la fortuna; otro soldado más del espíritu, en contra de las míseras exigencias de la vida; otro luchador por ese algo que quizá no exista y no haya existido nunca, muerto en mitad de la jornada, con todas las fatigas de la lucha y sin el pobre laurel de la victoria” (pp. 160-161).