Esta obra de teatro se desenvuelve entre secretos, amasijos y punzantes descubrimientos recubiertos por una capa de humor. Los personajes nos narran a través de sus recuerdos un curioso accidente.
Las conversaciones que desarrollan la trama tienen un aire burlesco que se entrelaza con lo absurdo de los estereotipos de los que se ríe. Sin nombre alguno, son el arquetípico dramatizado perfecto de sus etiquetas: el marido, la esposa, la cuñada y la autoestopista. Por tanto, esta ausencia de personificación e individualidad desemboca en una globalización grotesca que funciona muy bien.
Por otro lado, la trama no resulta más que un sin fin de giros que tratan de sorprender cada vez más al lector, pero que tampoco resultan tan impactantes. Su acumulación llega a un punto excesivo, con un clímax inexistente a causa de la repetición que estalla en un final sin fuerza y predecible. Además, algunos de los nuevos datos que se van descubriendo parecen contradecirse entre ellos.
Estoy convencida de que es una obra que gana mucho más al verse representada y tengo que admitir que me he divertido mucho leyéndola, pero no es una de esos libros que te marcan, ni mucho menos. Si tuviera que destacar un personaje, sería el de La cuñada, que con su altanería y su mentalidad moderna consigue conquistar en sus intervenciones.
Por supuesto, si miramos más a fondo, como se va desvelando poco a poco, el trasfondo de la obra va mucho más allá de un simple accidente automovilístico. Es curioso reflexionar en torno a la naturaleza humana y cómo en algunos momentos es necesario deshacerse de todas esas mentiras y silencios con los que encubrimos nuestros mayores secretos.
En conclusión, pese a no ser una de las mejores obras que he leído, es una muy buena forma de pasar un rato agradable y, sobre todo, de que se te escape alguna sonrisa.