Escritor, periodista, traductor salvadoreño. Su padre, el economista Rafael Menjívar Larín, era rector de la Universidad de El Salvador cuando el ejército la ocupó en 1972 y lo exilió hacia Nicaragua. El resto de la familia abandonó el país en enero de 1973 hacia Costa Rica, donde se reunió con el padre. En 1976 se instalaron en México, donde Menjívar Ochoa vivió durante veintitrés años. Estudió música, teatro y letras inglesas. En 1999 se instaló en El Salvador, donde en 2001 se convirtió en Coordinador de Letras (director de literatura) y en 2001 fundó La Casa del Escritor, proyecto para la formación de escritores jóvenes, ubicado en la que fuera casa de Salvador Salazar Arrué (Salarrué). Pertenece a la llamada "Generación del Cinismo" o "Generación del Desencanto", junto con Horacio Castellanos Moya, Jacinta Escudos y Miguel Huezo Mixco, entre otros que comenzaron su producción literaria en la época de la guerra. Fue compañero de vida de la poeta salvadoreña Krisma Mancía.
Pienso que el libro estaba bien escrito, me gusta la perspectiva del protagonista, aunque se a vuelto demasiado común; pude entender como se iban desarrollando los personajes, todos podemos sentirnos de la misma manera en diferentes contextos. La trama me gustó, aunque creo que es demasiado sencilla, tal ves porque se enfoca más en la descripción general de la situación o contexto social en lugar de darle toda su atención al protagonista. El final me impactó, fue bastante realista, pero fue el ritmo de la historia el que se perdía a veces, debido a que están en medio de la acción, y a la vez no pasa nada. Supongo que son situaciones que otros comprenderán mejor que yo. La edición que tengo tiene una pequeña descripción acerca de la trama y su contexto, realmente creo que el autor expresó bien sus ideas acerca del tema que quería mostrar, esto me pareció la mejor cualidad del libro, la corrupción, en la política y otros ámbitos es bastante común en la actualidad y sobre todo en Latinoamérica cualquiera puede sentirse identificado. La mayor impresión que me deja es como funcionan las organizaciones "bajo de agua", y como es que se ocultan tal fácilmente con reportajes falsos u órdenes de superiores, con lo que bastan pocas palabras para justificar muchos crímenes.
El jueves pasado (a tiempo para la reunión del Club de La Buena Estrella en el Koffee Mix de Multiplaza) completé la lectura de "Los héroes tienen sueño" de Rafael Menjívar Ochoa. El balance resultó positivo, en mi opinión. Me parece que las experiencias del narrador sin nombre, construyen una historia bien contada, entretenida, sin excesos ni limitaciones, pero lo suficientemente oscura, afilada, cínica y perturbadora como para encajar en el tipo de relato que se espera de la novela negra. El tono de la narración incluso me evocó la manera en que se cuentan en primera persona cada una de las historietas en Sin City, que más tarde me enteré que era una película que le gustaba mucho al escritor de nuestro libro del mes.
Los personajes de el Coronel, el ronco, el perro, Ortega, Inés y el narrador no necesitan demasiadas descripciones para que lleguemos a conocerlos. Nos bastan sus intervenciones.
Unos cuantos diálogos del coronel son suficientes para reconocer al personaje oscuro, cínico, manipulador y desalmado que no por eso deja de ser perfectamente coherente con su naturaleza, sus percepciones, sus intuiciones y sus credos personales. Tal es así que el ronco, el perro y el narrador se juegan y hasta pierden el pellejo por él. Y no es un tema de lealtad, sino un asunto de admiración. Así es como funciona la cadena de mando en cualquier organización, de cualquier naturaleza. En principio se obedece a un jefe porque así lo dispone la estructura. Pero cuando la estructura se disuelve y quedamos a nuestra suerte, cuando pudiendo ser libres decidimos seguir sujetándonos a las directrices de alguien que ya no es nuestro jefe, ocurre una de dos cosas: O tenemos miedo o es evidente que admiramos el carácter, el conocimiento, la experiencia o la clarividencia de quien sabe qué decir y qué hacer en situaciones que abruman a los demás. Las estructuras nos imponen un jefe, pero somos nosotros quienes elegimos un líder. Y en los momentos de terror y oscuridad, emerge el líder menos pensado. La sociedad humana termina entonces por dividirse en pastores y rebaños. Líderes y manadas, así de simple.
El coronel es esa clase de líder. Y no es porque lleve una causa inspiradora ni mucho menos. Es porque no tiene ningún reparo en hacer lo que cree que debe hacer, El coronel hace lo que sea "necesario", por sucio o peligroso que eso sea. Y en eso ha probado ser muy efectivo. En una estructura criminal, donde los individuos funcionan con esos códigos, esa es una cualidad admirable, algo para valorar y respetar. Es el plus de Vito y Michael Corleone en "The Godfather". Es también la marca diferenciadora del Coronel Walter Kurtz en "Apocalypse Now".
Para quienes tratamos de mantenemos dentro de los márgenes de lo legal y lo correcto, para aquellos que opinamos sobre las guerras o la violencia social desde nuestras cómodas y seguras mesas de café, los códigos de estos tipos violentos resultan crueles, inhumanos, primitivos, deplorables. Y lo son. Pero ese accionar salvaje tendría otro sentido y otra interpretación si lo viviéramos de primera mano, ahí donde asustan. Recuerdo la siguiente frase en la polémica película de 1976:
"No creo que existan palabras para describir todo lo que significa, a aquellos que no saben qué es, el horror. El horror. El horror tiene rostro. Tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral deben ser amigos, si no lo son se convierten en enemigos terribles, en auténticos enemigos. He visto horrores... horrores que usted ha visto. Pero no tiene derecho a llamarme asesino. Tiene derecho a matarme, tiene derecho a hacerlo, pero no tiene ningún derecho a juzgarme". Coronel Walter E. Kurtz (Marlon Brando), Apocalypse Now
En una linea semejante en Los héroes tienen sueño, el Coronel era el tipo que se encogía de hombros con indiferencia cuando un inocente debía morir en alguna de sus operaciones. "Así es esto", decía sin traumas, complejos ni remordimientos. El narrador se explaya al describir su comportamiento:
"Manejaba bien su Mustang verde, con todo y la mano mala. Le gustaba trabajar directamente en la mayoría de casos, interrogar, soltar bala, todo: A mí se me hacía medio enfermo; para eso estábamos nosotros. [...] La mano derecha del Coronel era un muñón morado, con pedazos de dedos que no paraban de moverse. Hacía como quince años el guardaespaldas de un narcotrafícante le había descargado una subametralladora. La mayoría de las balas le dieron en la mano derecha y dos o tres en el cuerpo. El Coronel —que entonces era un capitán a punto de convertirse en cadáver— contestó disparando con la izquierda, a pesar de que no era zurdo ni en sus ratos libres. Y así. chorreando sangre por todos lados, se metió en la casa del narco, lo despachó junto con otro par de guardaespaldas y todavía le alcanzaron las fuerzas para llamar por radio y reportar que todo había salido bien. Como pago lo ascendieron a coronel y lo pusieron al frente de la Sección.[...] El Coronel no podía estar loco. Siempre se portaba igual que como decía el Ronco. Los ojos no quieren decir nada excepto cuando uno se muere. Se ponen vidriosos. El viejo era gente rara. Cualquiera con unos muñones como ésos es gente rara. Cualquiera que ha visto la muerte tan de frente es gente rara. ¿Quién chingados no es gente rara?"
El ronco, el perro y el narrador, matones todos, son lobos de diferentes perfiles. El ronco y el narrador se habían moldeado como asesinos fríos y brutales en la manada del Coronel. Pero el ronco había tenido un proceso extraño. Tuvo modales y escrúpulos primero. Luego se volvió violento al extremo, incluso con sus compañeros. Hasta que el perro le rompió la nariz y le metió la pistola en boca, el ronco se las empezó a dar de profesional.
El narrador era el mejor preparado. Estudios técnicos y universitarios y varias capacitaciones en el exterior. "¿Y para qué te sirvió tanto quemadero de pestañas? ¿Para que te pasaras todos estos años siguiendo y matando gente? Para matar cristianos no hacía falta tanta estudiadera", decía el Coronel. Y el narrador lo admitía. "Era cierto. Toneladas de teoría criminológica, toneladas de prácticas, cursos de operaciones especiales, infiltración y no sé cuántas porquerías para convertirme en asesino de periodistas con pulmonía. Estuve tres años en la federal y hasta llegué a hacer trabajos buenos. En una de ésas le gusté al Coronel y me transfirieron. De teniente pasé a nada, pero me pareció un buen trato: entrenamiento un par de veces a la semana y trabajo muy de vez en cuando. Sólo operaciones encubiertas, infiltración de organizaciones y una red de delatores para dar miedo. De mi red no le daba cuentas ni al Coronel. Mi saldo era de catorce cadáveres comprobados a favor y varios raspones en contra."
El perro parecía más del tipo vocacional. Era el experto en violaciones y torturas. También era el único casado y con hijos. Hasta se ponía sentimental de vez en cuando. Según el narrador, "el Perro era raro: era capaz de limpiarse los dientes con las uñas del que acababa de matar y preocuparse por las notas de sus hijos y por el dolor de muelas de su mujer".
Hay una sola mujer en la historia: Inés, la prostituta de Rio Lerma, y no es precisamente la femme fatale típica de las historias noir. Asidua del narrador, Inés incluso cocina para él, le lleva una Alka Seltzer la mañana de resaca y alguna vez le perdona el pago si la lleva al cine. "Le faltaba un par de muelas, pero era simpática. La verdad me sentía a gusto con ella", confiesa el narrador. "No es que fuera guapa. Tenía una cara demasiado redonda y los ojos muy juntos. Tenía voz de puta. Pero era simpática".
Con una vida vacía y sin expectativas, con la muerte acechando a la vuelta de la esquina, el narrador hasta contempla la idea de casarse con Inés, "o con otra que no presumiera de decente". Piensa incluso en heredarle todos sus ahorros, pero no sabe más que su nombre, sin apellido alguno. En un paseo a la playa, el narrador cuenta que "Inés se puso un traje de baño de una pieza que no enseñaba más de lo que hubiera enseñado la esposa de mi amigo el abogado. Tenía buen color y un cuerpo más bonito de lo que creía. Le quedaba el papel de señora de vacaciones. Uno nunca termina de sorprenderse con las putas."
Los héroes tienen sueño es corto y puntual, quizá demasiado para mi gusto. Pero tiene a su favor el hecho de que, sin ser descriptivo en demasía, logra con mucho éxito poner al lector en la escena y captar la atmósfera de la misma. También es cierto que aun cuando uno deplore el comportamiento violento y el accionar corrupto de los personajes, es inevitable tomar bando a medida que se lee, como suele pasar en las novelas y películas del género. No deja de sorprender cómo uno puede llegar a sentir, sino simpatía, al menos empatía hacia el narrador. Y eso nos dice mucho de la medida en que los seres humanos reaccionamos y nos adaptamos al entorno, demuestra cuan corruptibles somos, y habla de la capacidad humana para sublimarse o degradarse.
Algo que me llamó mucho la atención es que el libro está escrito de manera muy semejante al guion de una película. Es un principio fundamental del guion, que una página dure la media de un minuto de acción. Pues bien, Los héroes tienen sueño consta de 87 páginas, justo la extensión. Empero, es una lástima que no haya una versión cinematográfica para verla como club.
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Very brief and very interesting. I had never read a police story but this is a good entry into the genre. A través del sentido de humor del personaje principal, fui conociendo cada personaje de una manera compleja
En mi opinión, es un libro genial. Está catalogado como novela negra; sin embargo, las grandes preguntas por las angustias de la existencia humana. El sentido por la violencia, la ironía de aquellos que buscan una razón y el humor negro ante la adversidad, logran una amalgama en un relato corto pero con fuerza, presentado por Menjívar Ochoa en este libro.