En su libro anterior - Pensar el Malestar - Carlos Peña concluye que el desafío de Chile no se trata de abordar la dicotomia entre igualdad y desigualdad. El desafío consiste en distinguir entre aquellas desigualdades que son inmerecidas (aquellas que provienen de la cuna o de ventajas recibidas producto del origen) y las desigualdades que son merecidas (aquellas que son consecuencia del esfuerzo).
El libro aborda este planteamiento desde la pregunta de cuánto de lo que somos se debe al origen social, y cuánto se puede atribuir al mérito y al esfuerzo personal. Es una invitación a mirar la propia vida, recorrer la trayectoria y darse cuenta que hay situaciones que se decidieron y otras que simplemente pasaron, una mezcla entre desempeño y destino.
El título del libro viene de una particular conversación entre Sócrates y Glaucón, en la República, a través de un relato fenicio, tomado de Hesíodo, donde se sostiene que para mantener el orden en la ciudad, es fundamental esparcir un relato donde la posición social de cada individuo expresa la cualidad o el metal de la que está hecha su alma. Socrates sugiere que la ciudad funcionaría adecuadamente si, convencidos por el mito, los ciudadanos aceptaran el lugar que les tocó según sus aptitudes.
Fiel a su estilo, Carlos Peña desarrolla su visión sobre el mérito en la vida humana, citando distintos pensadores desde la sociología, el cine, la filosofía, el derecho y la filosofía política, sobre la efectividad que esta “mentira noble” tiene en la sociedad en relación al factor que el esfuerzo personal como herramienta esencial para forjar el destino. En contraposición al peso y relevancia que otros factores, también condicionantes, como el origen, la educación y el clasismo, ponderan sobre el destino del individuo.
Me sorprendió gratamente la interpretación de la parábola de los talentos en el prólogo del libro. Donde esta parábola puede ser leída, en una primera instancia, como una exaltación, un elogio al esfuerzo y cuidado personal. Se aparenta premiar el mérito y el esfuerzo, pero en realidad, consiste en atar a los servidores a una suerte predestinada.
“La meritocracia de alguna manera es una utopía, está instalada en la imaginación de la sociedad chilena y particularmente en los jóvenes”, sostiene Carlos Peña, agregando que “la vida humana es mejor cuando depende del propio esfuerzo y de las elecciones razonadas del sujeto que la vive. Y empeora cuando la estructura en medio de la que se desenvuelve lo impide… la sociedad chilena parece coincidir en que hay que hacer un lugar al mérito en la vida humana... Todavía en nuestro país es posible predecir la trayectoria vital de un niño, casi sin riesgo de error, si se conoce algo aparentemente tan nimio como el lugar donde vive", concluye el autor.