Conocí a este autor el día en que leyó en voz alta uno de los capítulos de Historia Oficial del Amor, de Ricardo Silva Romero (que es mi libro favorito), y desde entonces no pude sacarme de la cabeza Canciones para astronautas, sabía que necesitaba leerlo, todos necesitamos leerlo.
Antes de iniciarlo revisé muchas reseñas y en varias de ellas se decía que no encontraban conexión con las historias. No puedo mentirles, me picó la curiosidad y lo empecé. El libro es una colección de 100 relatos, cada uno acompañado de una recomendación musical, que generalmente, y esa fue mi impresión, se inspiraban en la ausencia de alguien. Tiene un aire muy muy poético, y esta es la razón por la que yo no estuve del todo cómoda. Y es que no soy amante de la poesía, soy más de prosas extensas y cargadas de contenido. Sin embargo, no puedo considerarlo como algo negativo teniendo en cuenta que es una predisposición mía, y no un error de escritura del autor. Así mismo, el hecho de que sintiera que, a excepción de unos cuantos relatos, todos iban dirigidos a esa ausencia tampoco me encantó mucho.
Mi naturaleza es devorarme libros en uno o dos días. No acostumbro a ir con calma. Pero este libro te la exige. Fue por eso que me dí la oportunidad de leer una historia cada noche y acompañarla con la canción que correspondiese. Y allí empecé a entenderlo todo.
El profe es un viajero que se ha sentado a escuchar canciones y a escribir lo que recuerda en el momento. Y así lo sentí. Leía cada historia sin saber si fue escrita en Berlín o en Filadelfia, pero me permitía viajar con ella y dejar que calara, que me llevara a algún país y le diera la oportunidad a los personajes que tengo cautivos en mi ser y que aún no conozco, de salir, de ser, de sentir.
Muchos de los relatos me sacaron lágrimas y la razón es simple, incluso creo que puede ser el argumento del libro. Sentí que su esencia no era hacerte sentir lo que decía el relato o la letra de la canción. Era posible que alguno de ellos te hablara de un aeropuerto con una canción de Daft Punk y mi cabeza solo pensaba en aquella vez en que perdí un amigo. ¿Lo perdí en un aeropuerto escuchando Daft Punk? No. Pero esa es la magia de la música y de las letras. Está en cada lector el dejarse llegar a algún lugar y permitirse ser tocado por una melodía. Aún cuando Álvaro no sepa qué hay en tu corazón ni cómo pueden afectarte sus vivencias, hay que dejarse tocar.
Puede que nada tenga que ver esto con lo que pensó el autor cuando escribió Canciones para astronautas. Pero fui una astronauta que no sabe a donde llegó pero lo hizo. Así me sentí. Y con eso me quedo.
Hubiese querido poner una calificación más alta pero no pude conectar mucho con el libro. De verdad tenía mucha ilusión pero no resultó ser lo que esperaba. Y es claro que el problema es mío y no del texto ya que quizá no soy el tipo de lector que el libro requiere. Leo muy poca poesía y estoy interesado en historias con algo más de extensión donde el escritor me cuente una historia con algo de detalle. Lo cierto es que el Profe Álvaro González lo ha hecho bien y ha construido un texto emotivo y lleno de matices que pasa revista por diversos sentimientos y emociones humanas. Las narraciones son cortas y cada una viene acompañada con una recomendación musical. Y esto quizá sea lo que más he disfrutado, escuchar esa playlist totalmente ecléctica pero con acertadísimas elecciones. Sin duda el talento radial y melómano del Profe es un plus aquí, y eso se nota. El arte del libro también es un punto aparte. No solo la ilustración de la portada es un acierto mayúsculo sino toda la diagramación y la manera poco convencional como están distribuidos los textos y el juego de colores. Es un libro que físicamente es mu bonito. Las temáticas de las historias son variadas aunque sobresale el tema afectivo y amoroso en todos sus aspectos. También hay muchos poemas y una cantidad llamativa de micro-relatos que podrían clasificarse dentro la ciencia ficción. Y aunque los que somos lectores habituales del género podríamos sentir que son un poco "naïve" sí es cierto que agregan riqueza al conjunto del libro y lo sacan de un posible encasillamiento en el que en un principio podría intentar ubicársele. Los textos que más me han gustado son: el 22 que habla de los abuelos. El 32 que plantea una pregunta que muchos nos hemos hecho, ¿cómo sería la música (y en general el arte) de los extraterrestres? El 39 como homenaje a los libros. El 92, uno de los mejores. El 47 y el 57 como experimentos especulativos, y el 97 como una fugaz y triste radiografía de nuestro país en clave de ciencia ficción. En general, es un buen libro que recomiendo a los que gustan de la poesía y el embrujo de las palabras. Yo lo he disfrutado (aunque por momentos lo he sufrido un poco) y de verdad hubiese querido conectar más.
Es genial como el autor mezcla sus relatos de recuerdos de su vida como viajes, amores y lugares con una banda sonora para cada uno. Creo que esto fue lo que me ayudo a conectar con el libro luego de varios intentos.
Tengo que reconocer que el titulo me lleno de muchas expectativas que al final no tenían cabida en el libro y que puede que sea la razón por la que la que me costo leerlo al primer intento. Ya en el segundo intento, mas alineado con lo que piensa el autor y entendiendo su escritura, pude disfrutarlo y compartir algunos de sus recuerdos y excelente selección musical.
Conectar con el libro es difícil. No es lo que esperaba pero me sorprendió cómo cuenta cuentos cortos con banda sonora de fondo. Una lectura diferente a lo habitual
¿música y poesía? la combinación perfecta de la cultura y la pasión. te muestra un lado acogedor de lo que el autor percibía de esas canciones que siempre nos han acompañado.