Millennials en problemas. Se visten de Papá Noel aunque sean flacos y tengan un peinado mohicano. Miran a sus padres como accesorios, personajes que se pueden enterrar sin lágrimas. Buscan la realidad y la vida en los juegos en red. San Juan de Miraflores es el escenario perfecto para sus recorridos emocionales de consecuencias inesperadas, luchar contra el vértigo del amor o de la noche. Palomino con su estilo ecléctico nos cuenta hasta de un hombre que se disfraza de Pachacútec e interpela al lector.
Nadie nos extrañará nos demuestra algo: nuestros días están pixeleados y lo único que nos queda para aplacar el vacío es burlarnos de nosotros mismos y seamos jóvenes o no, contemplar nuestros corazones adolescentes sin ningún pudor.
Muy buenos relatos, los volvería a leer con ojos cerrados. Es que la forma de narrar del autor es increíble y los cuentos toman un giro inesperado al final que me dejó bastante pasmado. Un plus fue el hecho de que el autor ambientara sus relatos en San Juan de Miraflores.
Bastante corto y fácil de leer. El libro no me decepcionó para nada aunque hubieron cuentos que no me gustaron.
En Nadie nos extrañará, Palomino se apropia del retrato de país paralizado y paralizante que somos y lo hace el protagonista indiscutible de sus nueve relatos. Una tierra de metal (rejas) y melancolía. Un territorio cuyos restos llevan nuestra cara y el peso de las tragedías no resueltas que, sin excepción, nos echamos encima sin dramas, con aplomo y con la extraña certeza (hay quien diría que es una resignación crítica) de que a la vuelta de la esquina nos espera el error, el chasco, la partida pérdida, el olvido. Y quizá sea por eso que sus personajes no temen a ese inmenso futuro desconocido y que en ocasiones es también hostil: han domesticado al fracaso, lo abrazan y para ellos ganar no representa obsesión alguna. Más aún si presienten que el triunfo de una vida satisfecha es (en el Perú) solo una ilusión excepcional, huidiza, pasajera. Ese es uno de los aciertos de Palomino, quien sugiere y golpea, esboza y exhibe descaradamente. Todo al mismo tiempo. Ahí estamos, palpitando con dislocada explicitud en historias como Turbo Berguer, Ropa interior y Una virgen para papá Noel, a mi parecer, las tres mejores del volúmen. En cada una somos ese reflejo que no queremos ver por la mañana, tras enjuagarnos el rostro.