Jorge Herralde ha escrito en varias ocasiones que los libros de editores o sobre el mundo de la edición interesan muchísimo a poquísimas personas. Si esto pasa con figuras como la suya —fundamentales en la historia cultural de nuestro país— a quién interesará lo que lea o deje de leer un editor microscópico y de provincias como el que ha escrito y publicado este pequeño Lo que lee un editor.
De su libro anterior El clavo solitario —sus memorias como galerista— Javier Castro vendió siete ejemplares y regaló durante los siguientes años los restantes cuatrocientos noventa y tres. Por tanto, con que encuentre una decena de lectores este nuevo libro será un éxito respecto a su anterior incursión en la escritura. Es con la esperanza de encontrar a esos pocos lectores con la salen a la luz estos textos que fueron publicados como reseñas en el suplemento de libros del diario La Opinión de Murcia entre el otoño de 2018 y la primavera de 2019. Pero nada más lejos de una reseña que estos artículos que en realidad son un canto de amor a los libros y el catálogo de las obsesiones de su autor: Robert Walser, Praga, el Holocausto, los recuerdos del año Maricastaña, Azorín, los gatos, la fugacidad del tiempo…
¿Quién es Javier Castro? Ante todo un lector. Un lector que hace libros. Y que además sabe cómo promoverlos porque está todo el rato hablando de ellos y de su biblioteca y de su "michi" y de los nuevos libros que hacen otros y entran a sus estantes. No será fácil igualar nada de eso porque además lo hace con toda la gracia y el buen rollo que puede. Hasta para mostrar inconformidad con algún autor o alguna forma de escribir (en este libro hay un solo caso) lo hace de tal manera que parece estar disculpándose.
Este libro lo integran 27 textos breves (apenas 636 palabras, esa era la extensión requerida para la columna en un periódico de donde salieron). Así también (o quizás sobre todo) se hace literatura o se escribe sobre ella: desde la mirada inocente y desde el juego, desde el conocimiento de amor y el peso de la amistad (Javier trata a los autores como amigos, aunque sospecho que algunos no lo sepan, como cuando nos hacíamos novios de una chica en el colegio sin que ella se enterara).
A mí los libros de Newcastle me encantan porque, primero, no se parecen a ninguno, mucho menos a esos que están en las librerías en las mesas de best sellers o un poco más allá, bajo el cartel de "rebajados". Sólo se parecen entre ellos. Pero sobre todo porque son como se nos muestra su editor cada vez que puede: honesto, amable, como el amigo que no sabe esconder nada.
Me gustaría que la reseña de “Lo que lee un editor” tuviera 673 palabras, que, si recuerdo bien, son el número exacto de palabras que el autor mete en cada una de las reseñas que ejecuta. No creo que yo lo logre, advierto. Tampoco sé si Javier Castro lo hizo, porque, reconozco, no he hecho de detective malpensado. Sé que al menos (lo dice él) hay una excepción: la última historia que nos relata. Pero justifica el desliz. Y, qué manera tan excelsa de justificarlo. Hace un canto a la literatura y a la vida, esa literatura y esa vida que, por más dolorosas que a veces resulten, merecen la pena. Mis aplausos ya solo por esas últimas páginas. Por las anteriores, que conste, también.
“Lo que lee un editor” comienza sin prejuicios. Apunta que su autor vendió de su libro anterior siete ejemplares y regaló 493 entre amigos y familiares. Supongo, podría corroborar la información (como la del número de palabras, pero no lo haré) que añadirá algo así y «entre conocidos», porque si no es así, me salen o muchos de lo primero o demasiados de lo segundo. En fin, llámenme vago, o lo que quieran, pero no abriré la página correspondiente, o, al menos, no mientras escribo esto.
Si buscan un libro de reseñas al uso, sinceramente, busquen en otro lugar. Si andan buscando una curiosidad, una rareza, e incluso un buen libro, he aquí un candidato. Lo que Javier Castro propone aquí, desde mi humilde opinión, es un ejercicio de estilo donde contarse y mostrarse y hasta exhibirse él, con la excusa de contarnos cualquiera de los libros de los que habla. No hay que ser muy avispado para escribir lo que voy a escribir ahora mismo, que apenas habla de esos libros, amén de sus autores. Sin embargo, alrededor de ese «apenas» expande una atmósfera cargada de literatura que más quisieran para sí la mayoría de los reseñadores que se precien, entre los que, sí, para qué negarlo, me incluyo.
Miro mi plantilla de Word y veo lo lejos que estoy del objetivo 673. Entonces, pienso que, forzar las líneas cual chicle sería un absurdo que sencillamente no me apetece acometer. ¿O sí? Al fin y al cabo, escribir desde el mostrador de una biblioteca desolada por el inicio del verano y por el fin de los exámenes y por el comienzo de las vacaciones y por el hecho de ser viernes por la tarde, me da un tiempo precioso que ojalá tuviera con cada uno de los libros de los que trato de decir lo suficiente, como para que, el lector o la lectora con más o menos despiste que llega hasta aquí (casi nunca más de siete, por cierto) termine interesándose por el libro en cuestión.
Pero al meollo ya que llegamos al final: ¿Que si alguna de las lecturas que propone el autor me ha llamado la atención? Sí, varias, incluso muchas. ¿Que si acabaré leyendo tales propuestas? Así debería ser. ¿Que si esta reseña sobre el interesante y por momentos brillante libro de reseñas, “Lo que lee un editor”, servirá para que alguien más se anime a hincar el diente a las obras que reseña a su sui géneris manera? Definitivamente espero que sí. Llámenme optimista si quieren, pero denle una oportunidad.
No voy a llegar a las 673. Vaya, no he terminado de escribir y ya comienza la disonancia entre lo que uno espera y lo que ocurre en realidad. Pero bueno, tampoco me voy a quedar tan lejos, pisaré más allá de las 600, así que quién sabe, lo mismo alguien termina leyendo lo que dice este lector sobre lo que lee el editor Javier Castro Flórez.