21 microcuentos (microrrelatos, algunos). Algunos no alcanzan a formar una impresión -buena o mala- para cuando han terminado (esos cuentos narrados por objetos: uno por una taza y uno por sábanas), porque no pasan de ser una mera curiosidad; otros, los peores, obvian la lección en aras de maximizar el impacto del relato en el espacio breve con el que cuentan (2 páginas cada uno, como mucho -salvo un par de excepciones-): los casos más notorios en ese sentido son "Laberinto", donde el sentido del texto está explicitado durante todo el microcuento, por lo que no es necesario ver más allá en sentido alguno, y, por otro lado, "Sobre el amor y otras cóleras", que casi es un regaño de una madre -moralista y de izquierda, además: la crítica al revolucionario enojado de sillón, sin decir nada salvo eso, que no te quedes sentado- sin nada que contar salvo el regaño. Sin embargo, hay cuentos por los que considero que el libro sale a flote, y que a su modo son apreciables porque alcanzan a desarrollar una idea, peculiar o no, con el espacio suficiente para que la imagen sea no sólo un grito o una anécdota sino una historia: "Pistolas", un cuento sobre una maestra que despierta de pronto en un mundo en el que ya todo el mundo lleva pistolas, dejando obsoletos los celulares; y "Natura", donde un hombre siembra algo así como seres humanos para capricho de un familiar que acaba muriendo sin jamás haber visto a esas criaturas que, apenas nacían, morían en el acto. Ambos cuentos, me parece, son lo mejor del conjunto, porque alcanzan a cristalizar una historia y no sólo el testimonio de un objeto o un regaño-mensaje obviado. Sin ellos, sin esos dos cuentos (casi al final y al final del libro, siendo un muy buen cierre) no sabría cuántas estrellas poner en esta crítica.