Tómese como un 2.5 redondeado un poco a la fuerza. Desde los ojos de un fantasma de Juan Carlos Quezadas se hizo del premio El barco de vapor 2012. Las primeras 54 páginas son gloriosas, con una ciudad como protagonista en donde confluyen las voces y las historias de personajes realmente memorables. Cuando uno piensa en literatura infantil no suele venir a la mente el concepto de polifonía o de metaficción. Todo eso está en este libro, que desde el punto de vista formal es una joya. Los preadolescentes no son idiotas ni los escritores tienen por qué rebajarse e insultar la inteligencia de los lectores jóvenes. A partir de la página 55 todo se vuelve un camino lleno de baches, con más terracería que buen pavimento.
En alguna entrevista Quezadas dijo que al primer mensaje aleccionador habría que expulsar de la cancha a los malos escritores de literatura infantil. Los libros, todos, aunque queramos ignorarlo, parten de una base moral. Desde los ojos de un fantasma no es diferente. De hecho tiene un tono político muy marcado. El autor no se molesta en negarlo, y hace bien. En otra entrevista dice que su novela habla también de la globalización. Por eso es que la novela es muy agradable al bienintencionado establishment cultural, siempre ávido de promover los valores progresistas. A través de una deliberada caricatura del mundo empresarial Quezadas busca transmitir un mensaje muy sencillo: qué malas son las empresas grandes, despiden a sus empleados porque es divertido hacerlo, envenenan el agua, privatizan el oxígeno y compran niños que después comerán en estofado. Exagero, claro, pero me lo permito porque el autor también deja que la parodia se parodie a sí misma y se vuelva ridícula. Tampoco sé hasta qué punto sea buena idea seguir inoculando en los jóvenes los mismos lugares comunes de siempre. No es que este que escribe la reseña sea un globalifílico. En realidad hacen bien los escritores en hacer alarde del desencanto propio y ajeno; para eso están. Más bien me parece que, incluso desde la novela infantil y juvenil, se puede criticar la modernidad y la espantosa homogeneización de la cultura de mejor manera.
Así que, con la pena, tarjeta amarilla para Quezadas. Me reservo la segunda porque la escena de Fernando Pessoa haciendo los peores versos del mundo es genial y porque de vez en cuando, en medio de un conflicto mal planteado, aparecen capítulos entrañables, como aquellos que hablan en tono fantástico, casi mítico, del lenguaje.