En realidad este libro es un canto no tanto a Florencia, que también, sino a una manera de ver y entender la vida.
Una manera de mirar tamizada por el arte, la literatura, la cultura y sobre todo por la búsqueda de lo bello, sin prisa, de manera reposada.
Compuesto por diversos "micro-ensayos" (expresión que robo a una reseña anterior y me parece acertadísima), no es un libro para cualquiera, ya que es difícil que alguien se interese o se emocione leyendo, por ejemplo, sobre las diversas "Madonnas" que se pintaron en el Trecento italiano y cómo una de ellas , cambiando la posición de una mano, cambia la concepción de lo divino, si no se tiene cierto bagaje en el asunto (a mí por ejemplo me ha sucedido con la parte mas "literaria", en el sentido de autores de textos, del libro).
En cualquier caso, la propia brevedad de cada sección hace que esos temas en los que uno está menos versado pasen ágiles, y sobre todo, y lo más interesante, que dado el amor con el que Mario habla de los temas que uno sí que conoce, a uno le quedan muchas ganas de informarse sobre los que no conoce.
Sobre todo recomiendo su epílogo, en el que el autor justifica el libro y su estructura, su acercamiento al asunto, la belleza de mirar las cosas con la atención y el cariño adecuados, sus miedos sobre este mundo rápido, de consumo brutal y desinteresado que nos ha tocado vivir y su esperanza de que lo que él llama "cultura" y yo llamo "conocimiento" pueda salvarnos, si no a todos, sí a algunos, y que si no puede salvarnos de todo, al menos lo haga de ciertas cosas.