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403 pages, Paperback
First published January 1, 1988
Efrén Herreros hablaba con los árboles del monte y con las flores al cultivar sus plantas; le dolía cortar la rama bajera, diciéndole cómo era necesaria la mutilación para el vigor del tronco; sostenía con su mirada el vuelo de las aves altas, y regaba arroz y maíz picado en los rastrojos para hacer más fácil la vida de los pájaros pequeños; ponía cazuelas con miel, naranjas partidas en dos, plátanos maduros a los picos contentos; hacía nidos en las oquedades de los árboles, en los barrancos donde anidaría la soledad de la cola en péndulo, en las ramas encaramadas para los aficionados a la altura; daba de comer en sus manos al belfo de sus potros, y mostraba la ubre a los terneros recentales; miraba el vuelo de las palomas hasta el farallón y su regreso circundante a los palomares; sembraba cedros y sietecueros y robles y laureles y saúcos y yarumos a lado y lado de los cauces; agradecía el verano por tiempos de sol, y el invierno por los meses de agua llovida; fabricaba juguetes para los niños y daba de comer al hambriento y de vestir al desnudo; saludaba al sol cada mañana de sol y señalaba el rumbo de su luz; él invocaba a las nubes por tiempo de sequía y al viento para que las dispersara; él amaba la piedra y la montaña, los lagos y los precipicios; él arrendaba potrancas y muletos y en ellos recorría caminos suaves y caminos difíciles; él hacía cantar viejas canciones y les marcaba el ritmo de su corazón; él celebraba la luna menguante y alababa el poderío de la luna llena; él se entretenía en las tempestades con relámpagos y truenos, y daba gracias a la brisa que apenas alegraba las hojas; él bebía de su vino y saboreaba su café a la hora de recordar. Y era varonil el amor suyo: aleteaba en las mariposas, silbaba en los pájaros, florecía en las plantas, crecía en los árboles. Era nube si miraba las nubes, y era flor y luna y estrella distante. Corría en el río, se hacía invisible en el viento, verdecía en los montes; era brioso en la potranca y manso en los terneros mamantones; era cauteloso en la serpiente y eterno en la peña de su farallón. Él creía en el hombre y todas las criaturas. Él acariciaba la áspera corteza de los robles y pensaba en sus manos la dulce dimensión de las frutas. Él recreaba el mundo con su mirada nueva y propiciaba el vigor de la piedra y la montaña. Él sabía que iba a morir.