« L'amour », disais-je à Harald ce jour déjà lointain où tout a commencé... Mais non, rien ne commence jamais. Cette histoire, par exemple, a autant de sources que le Nil qui filait devant moi, rasoir tranchant tranquillement mon oeil. Le Nil n'a pas de source, pas d'autre début que les nuages de l'équateur, les milliards de gouttes de pluie ruisselant sur le Ruwenzori, les montagnes de la Lune, les hauts plateaux d'Éthiopie, la rosée qui vêt de perles les vertes collines d'Afrique, l'urine des animaux et des hommes, et même leurs larmes entre, disons, les trentième et quarantième degrés de longitude est, et les parallèles cinq sud et quinze nord. La Grande Rivière naît d'une éponge, d'une chevelure indescriptible, d'un non-lieu immense, et chacune de nos minuscules histoires aussi. « L'amour, disais-je à Harald ce jour où j'allais faire la connaisance du doktor Vollender, est comme la terreur : une puissance énorme dans le voisinage de laquelle on passe toute sa vie, même si on a le malheur de n'avoir jamais été vraiment amoureux, ni terrifié. »
Olivier Rolin spent his childhood in Senegal. He then studied at the Louis-le-Grand high school and the Ecole Normale Superieure. He graduated in philosophy and literature.
He works as a freelancer of the French paper Libération and Le Nouvel Observateur. He was the companion of the singer Jane Birkin.
His work is inspired by May 68 and the proletarian Left, romantic adventures in Arabia, the writers Rimbaud and Conrad and his travels.
He received the "Prix Femina" for Port Sudan in 1994, the "Prix France Culture" for Tiger Paper in 2003 and the "price of Style" for The Meteorologist just now in 2014.
Me produce la lectura de esta novela ciertas afecciones y desafecciones. Las primera porque es una historia que transcurre en África, donde el aire aventurero, ya me gana. Huele a desierto, a calor y romance, el recuerdo de felices lecturas como El paciente inglés de Michael Ondaatje (la novela) a Cita en Tombuctú de Pep Subirós (una de mis favoritas de siempre, cuya relectura hice viajando rumbo a Tombuctú en el año 2000... era yo así de ingenuo por entonces), a Lawrence. Y me abalancé sobre esta novela por un artículo reciente del gran Jacinto Antón, cuyos artículos de El País, especialmente en verano, son como una necesidad parecida al gazpacho y la cerveza fría para afrontar el calor. Pero como digo me produce desafección porque a veces las expectativas pueden ser demasiado altas. Escrita de manera prodigiosa, quizás algo pedante, el personaje protagonista (que uno no sabe si es el propio autor, eso parece) me resulta un gilipollas relamido de sí mismo que no puede olvidar a la jovencita que se follaba en París, por eso de ser el su guía espiritual (de la jovencita, se entiende) y en esa desafección romántica le da por refugiarse en Sudán en plan Lowry (sin gracia) o Bowles, acompañado de una enciclopedia y conociendo a un arqueólogo alemán (Vollender), tan o más gilipollas que él. Y es por eso, lamentablemente, por lo que me alejo de lo que me cuenta el autor y empiezo a pensar en mis cosas, que yo tengo una capacidad de concentración en la lectura parecida a la de un joven de hoy viendo cualquier cosa. Pero por qué entoces le pongo tres estrellas, insistiendo en que la prosa de Rolin ya la quisiera servilleta para uno mismo: pues porque al igual que hizo Pep Subiros en Cita Tombuctú (novela desconocida en nuestras letras... en fin), mientras el personaje occidental con problemas del primer mundo se larga a llorar sus penas al cuarto mundo, le da por contar la historia de célebres exploradores (colonialistas todos ellos, pero con vidas más interesantes de la de cualquiera de nosotros en un día movidito) o militares. En este caso narra el infortunio del general Gordon, asediado en Jartum por los árabes, que tras meses de resistencia fue decapitado. Eso como hecho histórico mola, pero aún más cuando el tal Gordon era un personaje peculiar, harto de sus contemporáneos británicos, de su gobierno imperialista, y con tendencias masoquistas y suicidas, es decir, que quería terminar así. Por tanto, el verdadero protagonista de esta novela y el motivo por el que le coloco tres estrellitas porque cada vez que la narración se vuelve a él, es cuando mi cabeza se olvidaba de pensar en comida o picantes (no de comida) y volvía a retomar la lectura con fogosidad.
Meroe es una de la novelas de cabecera del estupendo Antón, dicen que de las mejores de su década (2000 al 10) y quién soy yo para negarlo. Si es por conocer la historia de Gordon, ya están tardando. Si es por conocer la historia del propio Rolin, en plan Brando lamentándose en El último tango en París, cuando tiene una bofetada a dos manos, pues ustedes verán...
Stark mäandernde Altherren-Literatur. Vor allem das Frauenbild ist sehr beunruhigend.... wenn auch symptomatisch für diese Art von Geschichten. Widerlich und langweilig.