Este texto no trata sobre Historia con mayúsculas. No es el propósito de la autora contar solo lo que pasó. Habla de la gente corriente que hay detrás de los hechos históricos, eso que Unamuno denominó “intrahistoria”. Es la historia de la autora, la madre de Rodrigo, un estudiante cualquiera, un viajero como otros tantos que perdieron la vida aquel maldito 11 de marzo de 2004, y de lo que supuso para su familia. Dicen que la Historia la escriben los poderosos y las guerras, los vencedores. En este caso el poder político intentó manipular la verdad para camuflar sus responsabilidades. Sus medios de comunicación fueron insistentes durante años. Aunque no pudieron torcerla como habían pretendido, mancillaron sin compasión el dolor y el derecho al recuerdo de los familiares de las víctimas. Todavía hoy, restos de sus teorías conspirativas ensucian con sombras de duda la memoria colectiva. Desde su humilde oficio de escritora, la autora quiere contar la historia de los que perdieron. Los de siempre. Los de abajo. Del sufrimiento por el asesinato de un hijo, multiplicado por el mal hacer de muchos conciudadanos. Redactado casi quince años después de los hechos con una serenidad adquirida con el tiempo y un esfuerzo continuado, pero muchos de los textos se escribieron en momentos muy duros y están cargados de rabia, de pena, de desesperación o de angustia. Este testimonio es valioso porque muestra la realidad de lo vivido. AUTORMarisol Pérez Urbano es filóloga y profesora de literatura. El 11 de marzo de 2004 su hijo Rodrigo fue una de las 191 personas asesinadas en el atentado que se produjo ese día en la ciudad de Madrid.
Sin duda alguna es un excelente libro, habla del dolor y del duelo por un hijo y explota con las injurias y sarta de tonterías del.gobierno que después de 18 años no esclarecen nada y no lo harán
Es una escritura que va desde el fondo del corazón ❤ de una madre doliente que nunca olvidará su pérdida
Este testimonio coloca al receptor en el mismísimo lugar de quien consigue ver por dentro el abismo. Es imposible librarse del llanto y no enmudecer ante tamaña catástrofe. Consigue comunicar de una manera demoledora la secuencia completa de un hachazo descomunal del destino-azar en forma de tragedia de una persona inocente (Rodrigo), de una familia desarbolada y de un país en estado de coma (en términos políticos, ya nada volvió a ser como antes del atentado). Demuestra que el relato testimonial, con esta estructura y los modos de expresión que adopta, es la fórmula comunicativa más eficaz de cuantas existen (la escritura queda muy por encima de las imágenes habidas y por haber).
Es un acierto conjugar el relato con tres fórmulas de escritura bien distintas: el cuaderno de bitácora (diario personal); los apuntes de un narrador más sereno que comenta, y los documentos (históricos) muy bien dosificados y colocados oportunamente.
El motivo central del relato acaba siendo la lucha denodada contra el olvido que deviene en una manera clara y distinta de permanecer vivos, erguidos y testigos de un desastre perfectamente evitable. El eje es la ausencia y la nostalgia por quien(es) nos han arrebatado, pero acaba resultando una forma imprevista de vivir y resistirse ante la muerte definitiva de otro modo original por lo vivificante, y ejemplar, porque se resiste al manejo, tanto melodramático como político, de los medios de comunicación.
Aquí se destaca el mérito de quien es capaz de seguir en pie ante el embate más fuerte y traidor que a un ser humano le puede deparar el destino. Y que se niega a rendirse ante la muerte y la encara valientemente con el recurso de la memoria activa y compartida. Y demuestra con documentos que aquello era evitable, y denuncia así el cinismo del poder político establecido.